La Argentina que nos queda
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- La Argentina nunca se parece a sí misma. Cada vez que regreso -dos o tres veces por año-, tengo la impresión de que el país ya se ha convertido en otro, como si fuera un teatro donde alguien está cambiando constantemente el telón de fondo. Las historias son iguales a las de antes, pero ya no suceden de la misma manera.
En Buenos Aires tropecé, como siempre, con frecuentes manifestaciones de bombos y banderas que cortaban el paso entre el norte y el sur de la ciudad, pero ninguna de ellas era desafiante o violenta. Todas parecían cansadas antes de empezar. Un día estaban movilizándose los camioneros y en los días siguientes lo hacían los trabajadores del campo, o los maestros en ayuno perpetuo, o los desocupados de la provincia de Corrientes, que acamparon en la Plaza de Mayo y hasta bailaron chamamés y polcas frente a la Casa de Gobierno.
Impotencia y resignación
El descontento popular era idéntico al de diez años atrás, durante los meses de agonía del gobierno de Raúl Alfonsín. Había menos desenfreno, pero también más desencanto: como si las promesas del año 2000 se hubieran apagado y, de repente, nada quedara en el horizonte, salvo el país vacío. Más de una vez oí decir: "Si todo ha sido vendido ya, ¿qué Argentina tenemos? ¿Habrá, en el año 2000 un país en el que aún se pueda crear, imaginar, desear, empezar de nuevo?" El presidente Carlos Menem, mientras tanto, mantiene su endeble popularidad como puede: decenas de avisos cotidianos en la prensa y la televisión le recuerdan al país las hazañas pasadas del Gobierno. Como ya no hay remedio para lo de adentro, Menem procura dar que hablar a los de afuera: uno de sus éxitos mayores es la restauración de los viajes a las Islas Malvinas, pero el resto son fracasos o concesiones. Postuló que algunas tropas argentinas fueran a combatir contra la feroz guerrilla colombiana, y le rechazaron cortésmente la invitación. Intentó también que el país fuera aceptado como miembro pleno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y le recordaron que la inoportuna geografía ha situado a la Argentina en el Atlántico Sur. Menem no se arredra. Una de sus secretas esperanzas es que se repita de algún modo la historia de 1989: que el país se vuelva otra vez ingobernable para los sucesores y que, una vez más, le entreguen la presidencia antes de tiempo, dentro de tres o cuatro años. Ser el salvador, el redentor, el único: eso es lo que ha sentido siempre como su destino.
El 20 de julio pasado, el corresponsal de The New York Times en Buenos Aires, Clifford Krauss, escribió que algunas fuentes anónimas, citadas por las revistas argentinas, describían la imagen final de un Menem solitario, deprimido y lleno de amargura, al que abandonaban los amigos. La foto que ilustraba el artículo mostraba sin embargo a un Menem feliz, abrazado a los Rolling Stones. Diez días más tarde, en el mismo diario, se lo veía también muerto de risa, trenzado en otro abrazo con el presidente de Brasil, al que visitó de improviso para aliviar las tensiones del Mercosur.
Menem ha cambiado a la Argentina, nadie podría negarlo. Pero aún no se sabe a qué precio, ni si todo lo que ha hecho fue para bien o para mal. Hace diez años, en los caóticos días finales del gobierno de Alfonsín, la Argentina estaba llena de frustración, pero también de proyectos y utopías. Ahora da la impresión de haber bajado los brazos, como si el telón de fondo que alguien mueve todos los días en el foro del teatro se cayera a pedazos y nadie tuviera fuerzas para repararlo.
En algún momento de mi último viaje estuve también en Tucumán, donde el desencanto ha tocado fondo y la gente parece moverse por un territorio arrasado. Pocas cosas les costaron tanto a los tucumanos como haberse librado del despótico gobernador Antonio Domingo Bussi, pero en vez del clima de victoria que imaginé encontrar, los ánimos habían llegado a su más sombrío nivel de impotencia y pesadumbre. Los síntomas de la desocupación se dejan ver más en Tucumán que en el resto del país, y también las señales de miseria que hay a cada paso terminan por desesperar a la persona más insensible. Aunque hace ya medio siglo que la provincia es pobre, ahora se ha resignado a ser miserable.
Sorprendente naturalidad
Las campañas electorales tucumanas del mes de junio costaron una fortuna, porque cada partido político se dividió en un infinito laberinto de lemas y sublemas, a tal punto que muchos electores tardaron entre media hora y cuarenta minutos en descubir, en la maraña de boletas que inundaban el cuarto oscuro, aquella que habían elegido para votar. Oí las confesiones de varias decenas de votantes que, por tener empleos que dependen del Gobierno, no se animaron a decir a los encuestadores que habían optado por algún adversario de Bussi.
Esa comedia de errores hizo que todos los diarios anunciaran antes de tiempo el triunfo del hijo del gobernador, y que hasta el propio vencedor -un peronista- se declarara derrotado. El recuento de votos ya estaba terminando en la capital de la provincia, mientras en los pueblos perdidos del interior la gente seguía esperando en larguísimas filas que avanzaban al ritmo de cuarenta minutos por votante: los que tardaba cada uno en encontrar la boleta de su preferencia.
Al día siguiente de llegar fui al letárgico pueblo de Lules a visitar a un amigo de la infancia. Vi a unas mujeres que iban de un lado a otro cargando hatos de leña en las espaldas y a hombres que contemplaban la infinita nada ante las puertas de sus casas. Le pregunté a uno de ellos cómo le iba y me contestó: "Como siempre, viviendo para no morir". "¿No tienen trabajo?", dije. "¿De dónde vamos a tener? -respondió-. Antes, comíamos un día sí y otro día no. Ahora ya no comemos: el día nos come a nosotros."
Entendí mucho de lo que está sucediendo en la Argentina de fines de milenio cuando, al volver a Buenos Aires, vi Mundo grúa , la austera película de Pablo Trapero, en la que el desencanto del país se expresa con unos pocos gestos y una red de palabras triviales que, en el afán de no decir nada, están diciéndolo todo. El personaje central es uno de los jóvenes que querían cambiar el mundo en los años 70, y que ahora vaga de un lugar a otro, en busca de un trabajo imposible, en el que siempre hay alguien menos gordo y menos viejo antes que él.
La atmósfera es kafkiana, desesperanzada, pero tanto los personajes como los espectadores viven todo lo que pasa, o lo que no pasa, con una sorprendente naturalidad, como si fuero lógico que el país anduviera mal, o que la vida se moviera entre la gente sin rozarla. La Argentina de hace treinta años se bebía los vientos y creía que todo era posible en el futuro. La Argentina de Mundo grúa desnuda un país resignado a lo que venga: un país que está lleno de afectos, pero que no sabe dónde ponerlos.
Tal vez todas las historias que ahora suceden en la Argentina ya sucedieron antes. La diferencia está en que antes la gente era abiertamente feliz o desdichada y moría o vivía para defender sus ilusiones, y ahora uno tiene la sensación de que nada le importa a casi nadie.
http://www.lanacion.com.ar/99/08/07/o04.htm
LA NACION | 07/08/1999 | Página | Opinión