La batalla por la verdad
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. Jersey
Pocos conceptos han cambiado tanto en el último cuarto de siglo como el concepto de verdad histórica. Algunos de los historiadores más respetables de estos tiempos son también novelistas -o, si se prefiere, narradores-, con todo el escepticismo por la verdad que suscita ese oficio. Ya no se puede dialogar con la historia como verdad sino como cultura, como tradición. La llamada nouvelle histoire o la microhistoria o la historia intelectual han adoptado las herramientas técnicas y los recursos narrativos de la literatura para rehacer, a su modo, la historia tradicional. Hay algunos grandes nombres en esa bravía corriente: el de Robert Darnton, por ejemplo, que ha enseñado a ver la época de Luis XV, en Francia, con el lente de las pasiones contemporáneas, o el de Simon Schama, autor de Ciudadanos , obra maestra sobre la Revolución Francesa, y de Los ojos de Rembrandt , sobre la vida cotidiana y la cultura de los grandes pintores flamencos. Pero el que yo prefiero es Carlo Ginzburg, un italiano de sesenta y un años que lee la historia como si fuera una novela policial.
Aunque el lenguaje de Ginzburg es tan seductor y convincente como el de Schama, lo que le interesa no son los personajes mayúsculos y las tragedias ejemplares, sino los márgenes de la historia, las pequeñas comunidades o individuos que se han resistido a la cultura dominante. Su libro más famoso es El queso y los gusanos (1976), sobre un molinero de la Edad Media, pero el más inquietante es Historia nocturna , de 1990, en el que reacciona contra las imágenes supersticiosas de la brujería y descubre que en algunos archivos judiciales de Italia se habla de "brujos buenos", que salían de sus cuerpos para proteger a sus comunidades contra los malos espíritus.
Un solo testigo
Ginzburg es hijo de una de las mayores novelistas italianas de este siglo, Natalia Ginzburg, traductora de Proust y autora de una novela clásica, Las palabras de la tribu (1963). Su padre, Leone, era un judío ruso emigrado que organizó una de las milicias más eficaces contra el fascismo, fue capturado por los nazis y asesinado en cautiverio hacia 1944. Formado en la Escuela Normal de Pisa, Ginzburg comenzó a enseñar en la universidad de Bolonia a fines de los años 70. En 1989 se desplazó a la Universidad de California en Los Angeles y allí está todavía, creando revuelos con cada uno de sus libros.
Los nuevos recursos de la historia han influido también sobre el periodismo, para bien y para mal. Por un lado, han enseñado que cualquier noticia puede ser narrada sin que pierda su seriedad y sin que la información deje de ser consistente. Aplicado por The New York Times o por el semanario The New Yorker , ese principio ha creado una nueva masa de lectores fieles y llenos de pasión, pero sólo porque todos los datos que se publican son verificados una y otra vez y porque cuando se desliza un error, ambos medios lo declaran de inmediato en un lugar que siempre es el mismo y que, por lo tanto, resulta fácil de encontrar. Pero en manos más inescrupulosas, la idea puede ser fatal. Uno de los más célebres casos de la desviación ética a que puede llevar una noticia manipulada o inventada con ínfulas de novelista fue el de Janet Cooke, que en 1980 publicó en The Washington Post la historia de un niño marginal adicto a la heroína y ganó con eso el premio Pulitzer. La mentira fue descubierta pocos meses después, porque era inverosímil: ¿de dónde podría un chico marginal sacar el dinero para pagarse un vicio tan costoso?
Aunque los historiadores añoran las libertades con que trabaja la ficción, jamás se permiten esos desvaríos. A lo sumo, establecen conjeturas a partir de un documento de veracidad probada. El más arriesgado de todos ellos siempre fue Ginzburg. Dos ensayos que escribió en los años 80 levantaron una tempestad cuyos ecos siguieron oyéndose hasta hace poco. En uno de ellos, "Mitos, emblemas, rastros", abogaba por una indagación psicoanalítica de ciertos indicios históricos. En otro, "Unus testis" analizaba un pogrom en la Edad Media y postulaba la idea de que un solo testigo _ unus testis _ era suficiente para establecer cómo habían sucedido los hechos.
Contra esa idea acaba de sublevarse ahora el propio Ginzburg. Cuando la historia golpea en los afectos más personales, ciertos principios suelen desmoronarse. El último de sus libros, El juez y el historiador , acude en defensa de un amigo al que se ha declarado culpable de asesinato por la confesión de, precisamente, un solo testigo.
El caso es uno de los más notorios de la política italiana reciente. En 1969, una bomba estalló cerca de un banco, en el centro de Milán. Dieciséis personas murieron y varias decenas más quedaron heridas. Aunque más tarde se supo que los responsables del atentado eran asesinos de extrema derecha apoyados por los servicios secretos de la policía, las primeras investigaciones señalaron a los anarquistas. Mientras era interrogado en la oficina del oficial Luigi Calabresi, uno de los anarquistas detenidos saltó o fue arrojado por una ventana de la comisaría y pereció en el acto.
Un amigo cercano de Ginzburg era entonces el máximo dirigente de la pequeña agrupación de ultraizquierda llamada Lucha Continua. En el periódico del movimiento, ese amigo, Mario Sofri, escribió una serie de editoriales elocuentes que denunciaban a Luigi Calabresi y exigían su castigo. En 1972, tres años después de la "muerte accidental del anarquista", Calabresi fue asesinado cuando salía de su casa, en las afueras de Milán.
Cuando no hay duda posible
Aunque la policía sospechó desde el principio de Lucha Continua y llevó a sus dirigentes a juicio, no pudo probar nada y el juez tuvo que absolverlos. Pero en Italia se puede juzgar a un hombre dos veces por el mismo crimen. En 1988, un desertor del movimiento, Leonardo Marino, declaró espontáneamente que era él quien conducía el automóvil en el que habían huido los asesinos de Calabresi y que el atentado se había cometido por orden directa de dos jefes de Lucha Continua. Uno de ellos era Sofri. Volvieron a juzgarlo y esta vez lo condenaron.
En su libro sobre el proceso, Ginzburg redescubre el valor de las pruebas y cuestiona el derecho de los jueces a decidir si algo es verdadero o no a partir del contexto histórico. Un juez, sostiene, debe tener en cuenta sólo las evidencias y determinar que alguien es culpable sólo cuando no hay duda posible. Un juez no puede preguntarse, como el historiador, si Lucha Continua fue un foco que estimuló la violencia italiana en los años 70. La confesión de un cómplice al que se presenta acosado por el remordimiento, como el Raskolnikov de Crimen y castigo , no basta -argumenta el libro- para enviar a la cárcel a un hombre de ideas.
Ginzburg parece estar señalando que la historia, al trabajar con el lenguaje de la novela, se ha metido en un terreno peligroso. La historia, como la justicia -y como, en cierto modo, también el periodismo- es un acto de afirmación, mientras que la literatura es un ejercicio de dudas. Pero la afirmación de una verdad no es necesariamente la verdad. ¿Dónde está, entonces, la verdad histórica? Tal vez en algo más que en las pruebas irrefutables reclamadas por Ginzburg: tal vez esté en la tradición, en el consenso colectivo de que algo es verdadero. La verdad, entonces, no está aquí ni ahora: está lejos de nosotros, en la historia. Es decir, en el tiempo.
http://www.lanacion.com.ar/00/04/01/o04.htm
LA NACION | 01/04/2000 | Página | Opinión