La carrera del oro

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


HIGHLAND PARK, N. Jersey

Uno de los más persistentes mitos de la imaginación latinoamericana es que la política y su premio inmediato, la función pública, son los caminos más rápidos para volverse rico. El mito ha durado décadas y en algunos países sigue más vivo que nunca. El servicio público entendido como un privilegio y no como lo que debe ser, una carga, ha sido casi tan dañino para la salud de la democracia como el mesianismo de algunos caudillos constitucionales.

En los Estados Unidos, en cambio, uno de los principios esenciales de la democracia supone que cualquier ciudadano puede llegar a ser lo que quiere -presidente, senador, jefe comunal- si demuestra que tiene méritos y voluntad de hacer bien las cosas. Pero ese postulado, que tal vez fuera verdadero en los tiempos de Abraham Lincoln, es ya letra muerta desde hace tiempo. Las últimas tres carreras presidenciales de los Estados Unidos, y sobre todo la última, demuestran que para tener alguna mínima posibilidad de éxito político hay que ser rico. Y si se quiere llegar lejos, hay que ser muy rico.

Así como en América Latina el fin precede a los medios, en los Estados Unidos los medios son indispensables para lograr un fin. La igualdad de oportunidades, el reconocimiento del esfuerzo, la originalidad y la eficacia de lo que se promete, todas esas promesas de la democracia valen ahora infinitamente menos que el dinero volcado en las campañas, las alianzas de poder y las estrategias de las empresas de imagen para recaudar fondos. Tal vez esas condiciones no difieran demasiado de las que se exigen en cualquier país europeo para ganar una elección mayor. Pero en los Estados Unidos hay un axioma infalible que no se encuentra en otras partes: cualquier multimillonario, por el solo hecho de serlo, se considera con derecho a aspirar a la presidencia de la nación y a lanzarse a una campaña triunfal. En cambio, es improbable que un ciudadano decente pero sin fortuna personal pueda llegar siquiera a las elecciones primarias.

El primer vicio

Es tan pernicioso para la democracia hacer política para volverse rico como ser rico para volverse político. En América Latina, el primer vicio tiene un nombre de oprobio -se llama corrupción- y, cuando las instituciones se purifican de sus lastres autoritarios, la corrupción puede ser identificada y castigada. En los Estados Unidos, en cambio, no hay todavía un nombre para el otro vicio y, por lo tanto, no hay leyes que lo condenen. Que a los ciudadanos les parezca natural la decisión de Donald J. Trump de competir por la presidencia es ya un síntoma de que algo anda mal en el sistema. Trump es un magnate inmobiliario algo megalómano, famoso por la ambición de sus proyectos urbanísticos y por sus escándalos matrimoniales. Su mayor mérito no son los servicios a la comunidad (algunos ha prestado), sino su fortuna.

A fines de 1945, Juan Perón creía que una persona capaz de crear de la nada una fortuna personal y administrarla con cierto genio podía ser un ministro de Economía ideal. Jamás se le habría ocurrido pensar, sin embargo, que esas mismas cualidades bastaban para ser presidente. La idea de Perón, que ya entonces parecía ingenua, amenaza con volverse un artículo de fe en la política norteamericana.

En un país donde las leyes estimulan la filantropía, que un ciudadano invierta decenas de millones en exaltar su imagen en vez de ofrecer ese dinero a hospitales o museos es, por lo menos, una extravagancia. Uno de los candidatos más tenaces ha sido Steve Forbes, que heredó de su padre, Malcolm, un imperio periodístico valuado en 400 millones de dólares. En 1996, Forbes compitió en las primarias del Partido Republicano y no le fue tan mal: gastó casi 46 millones en su campaña y obtuvo casi un millón y medio de votos. Este año, volvió a presentarse. El 9 de febrero, luego de haber invertido 37 millones, renunció a sus aspiraciones. En dos meses de campaña tiró la casa por la ventana, no conquistó ni un solo delegado y obtuvo un total de 61.800 votos. Cada voto le costó, por lo tanto, una cifra de locura: 600 dólares.

Los cuatro candidatos que llegaron a la recta final en las primarias por la presidencia de los Estados Unidos son hombres de considerable fortuna. El menos rico es Al Gore, tal vez porque se ha empobrecido durante sus ocho años en la vicepresidencia, con un salario anual inferior a los 200.000 dólares que incluye los gastos de representación. Aunque los bienes de Gore derivan de la mítica sensatez con que ha invertido la herencia familiar y de la austeridad extrema con que le gusta vivir, su historia dista de ser la de un hombre que se hizo de la nada. Hijo de un senador, estudiante distinguido de Harvard y senador él mismo por Tennessee de 1985 a 1992, tejió desde la adolescencia una red de alianzas con los centros de poder en Washington que le han permitido salir indemne de las tempestades de la administración Clinton. Un ejemplo casi milagroso de su destreza política es que, a pesar de ser el vicepresidente de la nación, se mostró fiel al presidente durante el escándalo Lewinsky y, a la vez, se situó a distancia de él.

Bill Bradley, el finalmente derrotado candidato demócrata, fue campeón de básquet con los Knicks de Nueva York en los años 70 y amasó entonces una fortuna casi tan caudalosa como la que tiene ahora Michael Jordan. Tampoco venía de la nada: era un graduado de Princeton, donde construyó la base de su poder político. Que sea uno de los directores más respetados de J. P. Morgan es una indicación de su peso en el cerrado mundo de las finanzas.

Aires de renovación

El caso de John McCain es el más singular. Por su pintoresco y agresivo estilo político y los aires de renovación que había introducido en las filas republicanas, es una lástima que haya quedado fuera de carrera. Ya por su origen, McCain está signado por la rareza: nació no en uno de los cincuenta estados de la Unión sino en la Zona del Canal de Panamá, donde su padre servía como oficial. Tampoco es un hacedor de fortuna como los otros candidatos. Toda la que tiene -inmensa- pertenece en verdad a su segunda esposa, Cindy Hensley, única hija de un distribuidor de cerveza de Phoenix, Arizona. Las contribuciones para su campaña apenas superaron los quince millones de dólares: cuatro a cinco veces menos de lo que tenía el hombre que lo derrotó.

Ese hombre, George W. Bush, es el más insulso de los cuatro candidatos y, a la vez, el que tiene más posibilidades de vencer. La facilidad con que despedazó a McCain en las primarias de California y Nueva York el martes 7 es una señal de lo lejos que podría llegar. Educado en Harvard y en Yale, hijo de un ex presidente, hermano del gobernador de Florida y él mismo gobernador de Texas desde 1994 (en 1998 lo reeligieron con un índice abrumador: 69 por ciento), Bush es el más conservador de la familia y probablemente sería, si vence a Gore en noviembre, el más conservador de los presidentes norteamericanos después de Ronald Reagan. Casi nadie en la política norteamericana tiene tanta facilidad como él para reunir dinero. Aunque su fortuna personal es vasta, gracias a sus inversiones en minas, empresas de alimentación aérea y clubes de béisbol, las donaciones que está recibiendo para su campaña son también portentosas. Si la familiaridad con el dinero fuera el primer requisito para ganar la presidencia de los Estados Unidos, George W. Bush ya tendría el puesto asegurado.

Uno de los principios fundadores de la nación norteamericana establece que todos los hombres han sido creados iguales. Eso tal vez sea cierto para todo, pero no en tiempos de elecciones.

http://www.lanacion.com.ar/00/03/18/o04.htm

LA NACION | 18/03/2000 | Página | Opinión