La cueva de Montesinos
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. Jersey
TAL vez nunca se conozca la trama oscura que desembocó en la fuga de Vladimiro Lenin Montesinos hacia Panamá, poco antes de la medianoche del día 23. El ex jefe de los servicios de inteligencia del Perú y eminencia gris del gobierno de Alberto Fujimori llegó a su refugio a las tres de la madrugada del domingo 24, en compañía de una pareja de servidores, y se desvaneció en la nada.
El tejido de los hechos es intrincado y confuso, aun para quienes los han vivido paso a paso. La caída de Montesinos parecía inevitable ya a mediados de mes, cuando un canal de televisión independiente lo exhibió pagando un soborno de 15.000 dólares a un legislador de la oposición. Saber que Montesinos corrompía todo lo que tocaba no era ninguna novedad en el Perú; lo novedoso era verlo en acción, con sus modales untuosos, su sonrisa de soslayo, el breve mechón de pelo aplastado sobre la frente espaciosa.
A partir de ese momento, todo sucedió a velocidad de vértigo. Forzado por la comunidad internacional y por los sectores medios de las fuerzas armadas -aquellos a los que Montesinos no había enredado todavía en su maraña de complicidades-, el presidente Fujimori anunció que llamaría a elecciones en el más breve término y que no se presentaría como candidato (después postergó las elecciones hasta julio del 2001). Y aunque no aludió al futuro de Montesinos, prometió desmantelar el servicio de inteligencia, que era la fuente de su inmenso poder. El sábado 23, todos creían que Montesinos estaba entre la espada y la pared: el propio Fujimori había asegurado que lo haría salir de su secreta cueva para someterlo a un juicio por corrupción. El ex asesor contraatacó amenazando con un golpe de Estado. Contaba, sin duda, con fuerza suficiente para darlo, porque el presidente y su canciller presionaron con desesperación a por lo menos cuatro países de América Latina para que le concedieran un refugio precario. Panamá aceptó, a regañadientes.
Gustavo Gorriti, director asociado del diario La Prensa de Panamá y uno de los hombres que mejor conoce a Montesinos, reveló que las llamadas de once presidentes latinoamericanos y del secretario general de la OEA, César Gaviria, convencieron finalmente a la presidenta Mireya Moscoso, que se había negado a darle asilo. La palabra asilo, además, resultaba absurda para describir la situación del fugitivo. ¿Cómo el propio gobierno de Perú podía pedir asilo para uno de sus funcionarios? ¿Asilo contra qué o por qué? ¿Quién lo estaba persiguiendo?
Sólo está claro que la salida de Montesinos desde el aeropuerto militar de Lima, con protección oficial, era el único modo de proteger un sistema que se estaba cayendo a pedazos porque Montesinos mismo lo había erosionado. Quedan en pie cientos de preguntas. ¿Qué sabe de Fujimori el ex jefe de inteligencia y por qué el presidente le teme? ¿Cuánta información acumularon los espías dirigidos por el ex asesor sobre jefes militares, ministros y jueces? ¿Cuántos de los funcionarios de Fujimori le deben a Montesinos sus cargos y cuántas de sus familias están amenazadas?
La historia no sólo importa como revelación de los tormentos a que Perú estuvo sometido desde que Montesinos urdió la trama para que Fujimori disolviera el Parlamento, en abril de 1992, y asumiera poderes dictatoriales. También arroja luz sobre un tipo de personaje que no es nuevo en las intrigas palaciegas de América Latina: el del emisario que se mueve en las sombras y termina por ser más poderoso que su amo.
"Svengali de Fujimori" llamó Gustavo Gorriti a Montesinos en un célebre artículo que se difundió a mediados de año, cuando pocos habían visto alguna fotografía del fugitivo y casi nadie conocía su pasado como oficial del ejército peruano vendedor de secretos militares, abogado de narcotraficantes, agente de la CIA, torturador sin misericordia y tal vez asesino. El apelativo "Svengali" alude al hipnotizador de una mediocre novela que George du Maurier publicó en 1894, que posee la asombrosa capacidad de convertir a sus pacientes en zombis ejecutores de su voluntad.
El miedo que protege
Karen de Young, una de las editoras principales de The Washington Post, reveló también que los servicios norteamericanos lo llamaban "El Doctor", "El Brujo" o "Rasputín", y que Montesinos se les había tornado indispensable por su habilidad para infiltrar gente suya en las guerrillas (de hecho, fueron sus espías los que permitieron arrestar al sombrío Abimael Guzmán en 1993 y desmantelar a Sendero Luminoso) y para desactivar casi todas las destilerías de cocaína del país.
Esos apelativos y la confusa fuga evocan el destino de José López Rega, al que la presidenta argentina María Estela Martínez de Perón envió a un exilio dorado en 1975 en un desesperado movimiento para evitar su propia caída. ¿Alguien se acuerda aún de López Rega? No era oficial del ejército como Montesinos, sino cabo de la policía. En mayo de 1974, cincuenta días antes de morir, Juan Perón lo ascendió quince grados en el escalafón de la fuerza y lo convirtió en comisario general. Ya era la eminencia gris del gobierno y había forjado alianzas con jefes militares a través de la logia Propaganda Due y con los servicios de inteligencia norteamericanos por sus emboscadas contra los opositores izquierdistas del régimen, a los que él invariablemente calificaba de comunistas.
López Rega era más inculto y más torpe que Montesinos. Pudo mantenerse menos de dos años en el poder, en vez de los diez que lleva ya el fugitivo. Después de la muerte de Perón fue el amo absoluto de la Argentina y el Svengali de la presidenta viuda. Nadie hubiera osado llamarlo "doctor", aunque él se arrogó alguna vez el título -falso, por supuesto- de "doctor en astrología". Pero en cambio fue conocido, también él, como "Rasputín" y "El Brujo".
A fines de junio de 1975 su poder era tan absoluto que decidió quién sería comandante en jefe del Ejército y puso bajo su control a todos los miembros del gabinete. Por arrogancia, dio un paso en falso: impuso a un ministro de Economía incompetente que, de un día para el otro, redujo a la mitad el poder adquisitivo de los salarios y se enemistó con la CGT, que entonces era intocable. Huelgas y manifestaciones feroces exigieron su cabeza. A diferencia de Fujimori, la viuda de Perón no dio la cara. Se recluyó con su eminencia gris en la residencia de Olivos y no quiso recibir a nadie. Los diarios publicaron que, cada tanto, tenía accesos de histeria y que, para calmarla, el ex ministro la abofeteaba. López Rega había renunciado ya a todos sus cargos, pero mantenía su influencia intacta. El 19 de julio de 1975 se marchó al exterior en una supuesta misión oficial. Tres meses más tarde, nadie sabía dónde estaba. Nadie lo supo, tampoco, en los ocho años que siguieron.
Uno de los temores que suscitó la partida de López Rega fue el caudal de secretos que podía haber llevado consigo y la amenaza latente de que podía darlos a conocer. Ese mismo miedo es el que protege ahora a Montesinos en su cueva panameña. Ambos hombres fueron la semilla de una hoguera que, en el caso del argentino, se desvaneció en la ridiculez y el patetismo, pero que en el otro caso sigue viva, quién sabe por cuánto tiempo. Ambos han dejado detras de sí una estela de sangre y absolutismo difícil de olvidar. La corrupción es la única enfermedad del poder que consume sin producir nada a cambio.
http://www.lanacion.com.ar/00/09/30/o05.htm
LA NACION | 30/09/2000 | Página | Opinión
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