La desunión argentina

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Nunca en los Estados Unidos se habló de la Argentina con un lenguaje tan ensombrecido como el de estas semanas. Fue como si la brújula del pesimismo, que está clavada siempre en el sur, se hubiera desviado hacia las oficinas indiferentes de Wall Street, desde donde siguió reverberando en Barcelona, en Londres, en París, en Francfort. "¿Vas a viajar a tu país? -me preguntó el lunes pasado el representante demócrata de Middlesex, el condado de Nueva Jersey donde vivo-. Espero que, cuando llegues, todavía haya país." A su vez, un historiador francés me escribió: "¿Entiendes algo de lo que pasa en la Argentina? Si lo entiendes, explícalo. Nadie sabe aquí cómo empezó el desastre, y nadie tampoco sabe cómo puede terminar".

El martes 17, cuando al fin se firmó el acuerdo que reorganiza las finanzas del Estado y establece, con una sensatez incomprensiblemente tardía, que no se puede gastar más de lo que se recauda, las voces de alarma se atemperaron. Siguió en pie la idea, sin embargo, de que hay una grieta casi estructural de desunión entre los argentinos. Esa grieta se ahonda en cada crisis, luego se cierra por un tiempo, nunca demasiado largo, pero, cuando se abre otra vez, deja caer sobre la vida cotidiana una sensación de encono y desesperanza aún más insuperable.

Pasé los oscuros días de julio releyendo a Domingo Faustino Sarmiento, a Carlos Pellegrini, a Juan Bautista Alberdi. Imaginé que algunas señales de salvación asomarían en esas reflexiones del pasado. Si algo aprendí, fue que, aun en los momentos de mayor desgarramiento e inquina, aun durante los peores descalabros económicos y enfrentamientos civiles, hubo siempre en la Argentina, desde la presidencia de Justo José de Urquiza, en 1854, hasta la segunda de Hipólito Yrigoyen, en 1928, un proyecto de crecimiento que estimulaba las energías de la comunidad y lanzaba el país hacia el futuro, un liderazgo que imponía su peso y disipaba todos los desasosiegos.

Desde que el golpe militar de 1930 abrió la primera grieta, la Argentina empezó a dividirse en facciones inconciliables. Lo que construían unos era destruido o paralizado por otros. Se cerraba una etapa y la que se abría después parecía no tener nada que ver con la anterior, como si la comunidad pudiera cambiar por completo del día a la noche. Una cosa es el disenso legítimo, el desacuerdo democrático, la protesta. Otra, muy diferente, es el empeño en destruir al adversario y en anteponer el orgullo de partido o los intereses de sector y de clase al bien de la Nación.

Los argentinos dejaron de trabajar en un proyecto común. Ni siquiera Juan Perón, que fue reelegido en noviembre de 1951 con más del 62 por ciento de los votos, se dio el lujo de gobernar en franco diálogo con los partidos opositores, lo que quizás habría evitado su propia ruina. Más hondas fueron aún las divisiones en los años que siguieron, cuando se empezó a suprimir a los adversarios por medio de fusilamientos, asesinatos, desapariciones, campos de concentración.

A partir de noviembre de 1993, Carlos Menem, que había firmado con Raúl Alfonsín el pacto que le garantizó la posibilidad de un segundo mandato, vivió una breve luna de miel con la oposición y la Argentina pudo crecer entonces a un ritmo asombroso. Aunque se vendieron en condiciones desventajosas algunas empresas estatales e incontables contratos quedaron manchados por sospechas de peculado, la sensación de que la Argentina respondía sin sobresaltos a un proyecto común atrajo a los inversores extranjeros y mejoró en alguna medida la calidad de vida de la mayoría. No se mitigó la desocupación ni se fortalecieron la educación o la salud pública, pero al menos asomó la esperanza de que el crecimiento beneficiaría a todos tarde o temprano.

Pero el segundo gobierno de Menem, como el segundo de Perón, fue una sucesión de desesperanzas. Al final de esos diez años, ya no quedaba en pie ninguna de las infinitas promesas del principio. Fernando de la Rúa, elegido por un movimiento que simbólicamente se llamaba Alianza, pareció que rescataría al país de la ya escandalosa descomposición gubernamental y enderezaría con austeridad la maltrecha economía. Las nunca resueltas denuncias de corrupción en el Senado y el progresivo aislamiento del presidente crearon, en parte, el caldo de cultivo para la desorientación administrativa y la desconfianza política que pusieron el país al borde de la cesación de pagos.

Salida de emergencia

Algunos análisis que se publicaron en estas últimas semanas indujeron a suponer que el país estaba dividiéndose, otra vez, entre dos alternativas inconciliables: la del modelo capitalista, que continuaba el proyecto esbozado por Menem en 1991 y truncado por los gastos alegres de su segunda presidencia, y la de un modelo socialista que exigiría a la administración una mayor equidad social. Se llegó incluso a señalar que la plena obediencia al modelo capitalista impulsaría la Argentina hacia el luminoso puerto donde anclan las naves del Primer Mundo.

El ajuste finalmente concertado (o "plan de ahorro", como lo llama con un raro eufemismo el presidente De la Rúa) se parece más a una inevitable salida de emergencia que a un proyecto capitalista, pero suponer que recordarle al Gobierno que la calamitosa situación social corresponde a "un socialismo pasado de moda" -como se ha dicho- parece una reflexión fundamentalista, que contribuye a la desunión.

Los países más prósperos han logrado armonizar ambas corrientes ideológicas, creando sociedades donde la libertad no excluye la justicia: los escandinavos son un ejemplo claro de esa visión política. Todos los ciudadanos pagan impuestos altísimos, pero la alta calidad de vida es también allí un valor estable. Hasta los Estados Unidos, donde el capitalismo alcanza sus expresiones más extremas, han logrado conciliar la libertad y la justicia. Hay en este país un reparto equitativo de las obligaciones impositivas, sanciones implacables a la corrupción (severísimas en el caso de los funcionarios públicos) y la certeza de que hasta el último centavo que se descuenta para jubilaciones será pagado con intereses al beneficiario o a sus herederos apenas lo reclamen. Todo ciudadano sin trabajo cobra un seguro de desempleo durante un lapso razonable. Los impuestos son para eso: para garantizar la justicia, no para exagerar las ganancias ni para crear privilegios.

Se ha escrito en estos días que la Argentina vive una oportunidad única para dejar atrás de una buena vez su larga historia de divisiones y desuniones, sus querellas sin sentido, su ciega guerra civil no declarada entre los que tienen pensamientos adversarios. Tal vez se esté clausurando ahora el círculo de la educación autoritaria en la que se formaron los argentinos de las últimas tres o cuatro generaciones.

A nadie le gusta lo que está pasando, pero, ¿hay otra manera de evitar la quiebra que se ha cernido una y otra vez sobre el país desde que empezó, hace más de dos décadas, la imparable cadena de endeudamientos? Si esta vez se fracasa, no hay salvavidas. El presidente George W. Bush puede ofrecer toda la solidaridad que quiera, pero carece de la libertad de maniobra necesaria en su propio país para sacar a la Argentina del pantano, como Bill Clinton pudo hacerlo con México en 1995.

Es imposible saber ahora si la Argentina saldrá adelante. Lo peor que podría suceder es que salieran solo unos pocos y que el resto se hundiera. Si eso pasa, no habrá país entonces, tal como temía el representante de Middlesex. Habrá una división sin fin y una grieta que ya no podrá cerrar ningún poder humano. Porque la encrucijada que se abre ahora, más que política, social o económica, es la encrucijada de una nueva identidad. El siglo XXI nos encontrará unidos o dominados, solía decir Perón. O no nos encontrará, podría añadirse en estas semanas aciagas.

http://www.lanacion.com.ar/01/07/21/do_321464.asp

LA NACION | 21/07/2001 | Página 19 | Opinión

Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=321464&high=tomás%20Eloy%20Martínez