La estirpe de los rasputines
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey
Vladimiro Montesinos ha sido llamado "el Rasputín de los Andes" tan a menudo como hace un cuarto de siglo José López Rega era también evocado, más en sordina, como "el Rasputín de la pampa". Ambos hombres tenían en común con Grigory Yefimovich Rasputin, favorito del último zar de Rusia, la pasión por el esoterismo, la codicia y el afán de poder absoluto. Sin embargo, su mayor fortaleza fue la supuesta posesión de secretos tan extremos, tan ominosos, que la simple amenaza de revelarlos aterrorizó a sus antiguos cómplices y aliados.
Durante las últimas semanas Montesinos ha mantenido en vilo a los poderosos del Perú anunciándoles que oculta treinta mil videos capaces de enlodar a un sinfín de jueces, ministros, generales y diplomáticos. "Si me acosan, voy a abrir mi caja de Pandora", advierte ahora, con la misma malévola arrogancia de sus tiempos de esplendor, pero con el cuerpo vencido: más flaco, más viejo, de movimientos más lentos.
También López Rega sembraba el terror entre políticos, sindicalistas y jefes militares cada vez que anunciaba un viaje fugaz a la residencia de Puerta de Hierro, en Madrid, donde había convivido durante más de seis años con Juan Perón y su esposa Isabel, y donde escondía, según él, miles de documentos, cartas y cintas grabadas que podían destruir otras tantas vidas.
Los seres humanos son imperfectos y casi todos tienen alguna vergüenza que disimular. Los rasputines acumulan secretos y vergüenzas para infundir el respeto que no conseguirían por medios lícitos y para dirigir desde las sombras los movimientos del poder. Cuanto menos se exponen, más fuertes son, porque se consideran a sí mismos el símbolo de todo misterio, la encarnación del Secreto, la cara oculta de lo que vendrá. Pocos ejercicios intelectuales son tan tentadores como cotejar las estrategias de esos personajes oscuros.
El más indescifrable de todos fue, sin duda, el propio Rasputin. En 1892, a los veinte años, era un granjero casi iletrado que se incorporó a la secta de los flagelantes y adquirió en ella la idea de que pecar era el requisito imprescindible para salvar el alma. Llegó a San Petersburgo en 1903 precedido por una fama de curandero milagroso. En 1905 fue presentado a la familia imperial, atormentada entonces por la hemofilia del zarevich Alexis, heredero del trono, que tenía apenas un año. Apenas Rasputin impuso sus manos sobre el niño, este pareció mejorar súbitamente. Ese síntoma bastó para que la zarina lo adoptara como a un santo y consintiera todos sus abusos de poder.
Situaciones paródicas
Ante la familia imperial, Rasputin posaba de humilde y reservado. Fuera de la corte era un huracán lujurioso. Como su credo flagelante le permitía pecar con desenfreno, se rodeó de amantes devotas y exigió cuantiosas donaciones de dinero a los nobles. En 1911, la lista de sus excesos fue presentada al zar Nicolás II para que lo expulsara, pero tanto este como su esposa, temiendo que cualquier represalia contra Rasputin pusiera en peligro la salud de Alexis, desterraron a los que lo acusaban. Fue necesaria una conspiración de príncipes y médicos conservadores, en diciembre de 1916, para que el favorito saliera de la escena. Lo invitaron a una comida en la que le sirvieron pasteles y vino con tanto veneno como para exterminar a una tropilla de caballos. Al final de la noche se sintió algo mareado, pero aún parecía saludable. Al verlo marcharse indemne, uno de los conspiradores lo atacó a balazos, sin derribarlo. Hizo falta una segunda serie de disparos para acabar con él.
Una secular superstición imagina que la salud de esos personajes providenciales o mágicos está unida a la suerte de los gobiernos a los cuales sirven. A veces, la superstición crea situaciones paródicas. El marqués de Villaverde, yerno del generalísimo Francisco Franco, imaginaba que España se vendría abajo cuando muriera el Caudillo, y lo retuvo más de veinte días vivo, a fuerza de transfusiones y máquinas de respirar, mientras las arterias de Franco estallaban como una cadena de géiseres.
López Rega, que se infiltró en la vida de Perón en 1966, cuando la inteligencia del ex presidente ya empezaba a languidecer, logró convencerlo de que un invisible cordón umbilical unía la salud del anciano a la de su servidor, y que podía ver las vísceras de Perón en movimiento, como si fuera un radar ambulante. Al final, ni siquiera pudo vaticinar su propia muerte. En 1976 inició un largo eclipse que lo llevó a Madrid; a un pueblo próximo a Locarno, en Suiza, donde fue vecino de la novelista Patricia Highsmith, y finalmente a Miami, donde la Interpol lo apresó en marzo de 1986. Tres años después, en junio de 1989, lo derrotó una suma de males que iban desde la diabetes hasta la insuficiencia renal.
A López Rega lo abandonó la logia Propaganda Due, a la que estuvo asociado cuando era el hombre fuerte de la Argentina y a través de la cual mantuvo lazos con algunos cofrades de la dictadura que sucedió a Isabel Perón. A Vladimiro Montesinos lo abandonó la CIA, de la que fue empleado durante al menos una década, incluso en los años en que dirigía el Servicio de Inteligencia Nacional en Perú. Por más secretos que acumulen los rasputines, hay un momento en que ya no les sirven de nada, porque nadie les cree o nadie los oye. Los mismos poderes que antes los usaron, y a los que ellos creían usar, los dejan desplomarse de las alturas como lastres fastidiosos.
El refugio de Fujimori
Montesinos invoca día y noche la fuerza destructora de sus videos como si fuera la espada de un arcángel. "Va a caer Keiko" -dijo, aludiendo a la hija del fugitivo ex presidente Alberto Fujimori-. Van a caer rusos, norteamericanos, franceses. Voy a provocar una crisis internacional. Y no diré dónde están esas cintas hasta que llegue el momento. Ellas son el seguro de vida que necesito para negociar la libertad de mi familia."
Nadie duda de que Montesinos arrastrará a Fujimori en su caída, pero este no piensa abandonar el cómodo refugio que ha encontrado en Tokio, donde frecuenta a funcionarios y hombres de negocios, sin la menor inquietud por su casi imposible extradición. También arrastrará a otros cómplices en sus operaciones de lavado de dinero, tráfico de armas y tráfico de drogas, pero para que todos esos secretos sean eficaces, necesita que alguien los difunda y que muchos más los crean. Frente al Palacio de Justicia de Lima, donde Montesinos está detenido, hay un largo muro de la vergüenza con fotos de funcionarios del régimen de Fujimori acusados de corrupción. Pero los días pasan y las fotos empiezan a deslucirse, a caer y a ser arrastradas por los vientos.
Montesinos es mucho más astuto que López Rega, más agresivo que el marqués de Villaverde e infinitamente más cultivado y mundano de lo que fue Rasputin. Sabe que los peruanos, abrumados por el caudal de videos con que los amenaza, han empezado a conformarse con que lo condenen a cadena perpetua, y a dejar que el próximo presidente, Alejandro Toledo, haga el trabajo de limpieza que aún resta. Por eso ha iniciado una huelga de hambre: como una señal de impotencia, como una confesión tácita de que los secretos que posee ya le sirven de poco.
En los rasputines, en los segundones, el poder absoluto suele acabar, casi siempre, en olvidos absolutos. Las cenizas de López Rega fueron esparcidas en el mar y su nombre ya nada dice; el cuerpo de Rasputin fue hundido en las aguas heladas del río Neva y nunca regresó a la superficie. Acaso la amenazante memoria de Montesinos, esa caja de Pandora que le sirve de escudo, también se convierta pronto en nubes sin lluvia, como las que están suspendidas siempre en el cielo de Lima.
http://www.lanacion.com.ar/01/07/07/do_317936.asp
LA NACION | 07/07/2001 | Página 19 | Opinión
Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=317936&high=tomás%20Eloy%20Martínez