La mujer que quiso cambiar el mundo

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey

AUNQUE casi todas las declaraciones sobre derechos humanos se quedaron solo en eso, en retóricas expresiones de buenos deseos, al menos han permitido a la especie tomar conciencia de sus infiernos secretos y poner un límite a otros holocaustos y otras perversiones.

Escribir e imponer esas declaraciones es a veces la misión solitaria de figuras que vivieron en segundo plano y encuentran su razón de ser, de pronto, en el afán de igualdad y de justicia. Los Estados Unidos han empezado a descubrir, en los últimos años, la grandeza de una mujer a la que solo habían visto como una primera dama ejemplar. Eleanor Roosevelt era mucho más que eso. A World Made New (algo así como "Un mundo hecho de nuevo"), el ensayo de trescientas páginas que acaba de publicar Mary Ann Glendon, profesora de Leyes en Harvard, revela el laberinto de negociaciones diplomáticas y batallas contra la insensatez en que se embarcó Eleanor Roosevelt para que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre fuera aprobada hace cincuenta y tres años en Ginebra, no sin reparos serios de algunos países.

Eleanor había enviudado hacía diez meses del presidente Franklin D. Roosevelt cuando partió como emisaria de su país, a comienzos de 1946, a la conferencia general de las Naciones Unidas que iba a celebrarse en Londres. No tenía experiencia en un tema en el que habían fracasado pensadores ilustres, desde Jean-Jacques Rousseau hasta H. G. Wells, y parecía una mera figura decorativa en un cuadro que incluía a dos secretarios de Estado, un premio Nobel de la Paz y un senador prominente. Para imaginar una declaración de los derechos del hombre hace falta una dosis extraordinaria de utopía. Eleanor Roosevelt carecía de ese atributo. Lo único que le sobraba era sentido común.

Fue el sentido común lo que le permitió advertir que los hombres llevan siglos apaciguando sus conciencias con mandamientos pomposos que jamás se cumplen. La corona española vaciló durante al menos tres décadas antes de aceptar que los indios de América tenían alma y, cuando lo hizo, ya había exterminado a más de un millón. La Declaración de la Independencia de los Estados Unidos proclamaba que todos los hombres nacen iguales, pero George Washington y Thomas Jefferson tenían esclavos, y las mujeres, los negros y los indios carecían de toda protección legal. Aún hay vastas regiones del mundo donde las mujeres padecen mutilaciones y servidumbres, y en Nueva York viven hacinados centenares de esclavos chinos que trabajan hasta la extenuación y la muerte para las mafias que pagaron sus pasajes.

De un borrador a otro

Hay un abismo entre las palabras y los hechos, y Eleanor Roosevelt lo sabía mejor que nadie. Le llevó más de ochenta reuniones y ciento setenta enmiendas a los tres borradores de la Declaración Universal antes de que veintitrés de los treinta artículos fueran aceptados por unanimidad. Los otros siete artículos tuvieron opositores obstinados. Arabia Saudita no quería que se reconociera la igualdad de derechos entre los cónyuges; el bloque de países comunistas objetaba la intromisión de las Naciones Unidas en "la soberanía de los Estados miembros"; a Sudáfrica, donde regía la discriminación racial, le molestaban todas las consignas de igualdad.

Los siete apéndices del libro de Mary Ann Glendon exponen los sucesivos cambios de un borrador a otro, y cuando se lee la versión final a la luz de lo que deparó la historia después de 1948, es patético advertir cómo la mayoría de los países aprobó decisiones que luego violaría de manera flagrante. "Nadie puede ser sometido a tortura", dice el artículo 5; "todos los seres humanos tienen derecho al trabajo, a la libre elección de un empleo y a estar justamente protegidos contra la desocupación", se lee en el artículo 23; "todos tienen derecho a descansar y entretenerse, lo que significa una razonable limitación de las horas de trabajo, y a periódicas vacaciones pagadas", propone el artículo 24. Aunque en aquella época ya existían el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, nadie contaba con los efectos devastadores de la globalización ni con los desastres de las dictaduras militares. La Declaración tampoco prevé ningún derecho para los homosexuales, algo que hoy parece inaceptable en los Estados Unidos y que es imperativo cuando se piensa en todos los martirios a que aún los someten en Cuba y Afganistán. Eleanor Roosevelt era visionaria, pero no podía ser adivina.

Es paradójico que la Declaración Universal de los Derechos Humanos haya marcado el principio de la Guerra Fría. Durante una de las infinitas reuniones, en marzo de 1947, la delegación de los Estados Unidos quiso imponer lo que entonces se conocía como la Doctrina Truman. Planteaba a las naciones la obligación de elegir entre la libertad y el totalitarismo. En la Argentina, Juan Perón aprovechó el momento y lanzó su idea de la "tercera posición". Los soviéticos, a su vez, reaccionaron indignados contra lo que consideraban una hipocresía norteamericana, porque se predicaba la libertad en un país donde aún había discriminación racial en las escuelas y donde los negros no podían lavarse la cara en las mismas piletas que los blancos. Eleanor Roosevelt acusó el golpe con resignación. Habría podido replicar mencionando los gulags del Padrecito Stalin, pero el mundo no estaba enterado de ese oprobio.

Personas e ideas

La viuda del presidente contó con tres formidables aliados en su cruzada, a los que alude in extenso el libro de Mary Ann Glendon: uno fue René Cassin, un judío que había escapado por milagro de los nazis y que presidía el Consejo de Estado en Francia. Lo animaban dos ideas tan incuestionables como simples: cada ser humano tiene derecho a ser tratado como cualquier otro ser humano, y no hay razas superiores a otras, como Hitler había predicado. El segundo gran aliado era el libanés Charles Malik, un filósofo tomista para el que la cuestión de los derechos humanos estaba íntimamente ligada a la definición de qué se entiende por hombre: ¿un ente social, económico, un animal pensante? El tercero y más enigmático era un chino educado en la universidad de Columbia, Peng-chun Chang, para el cual la Declaración no podía ser válida si no aceptaba que todo pueblo tenía una cultura específica, y que esa diversidad era también su derecho.

Los treinta artículos de la Declaración no cambiaron el mundo ni atenuaron la desigualdad o la injusticia, pero siguen siendo invocados con un respeto tan sacramental como los Diez Mandamientos. Casi todas las naciones africanas que se independizaron después de 1950 han copiado esas normas básicas y el texto ha servido de modelo para diecinueve constituciones de otros tantos países asiáticos y europeos.

Cuando Eleanor Roosevelt llegó a Londres para su primera misión de paz, en enero de 1946, llevaba entre sus notas un comentario de Abraham Lincoln que resumía su propio afán de sensatez. Glendon la cita en su libro y puede resumirse así: "La Declaración de la Independencia de 1776 no pretendía asegurar que todos los seres humanos gozaban de igualdad. Simplemente quería declarar el derecho a que fueran considerados iguales y a inspirar a las sociedades para que llevaran adelante ese ideal".

La tarde en que Eleanor pronunció su último discurso ante la asamblea geneal de las Naciones Unidas, el 9 de diciembre de 1948, se retiró agobiada por la incertidumbre. "¿Cómo puede un ideal ser obedecido si, al mismo tiempo, no hay normas legales que obliguen a acatarlo? -escribiría más tarde-. ¿Cómo una simple declaración de derechos puede convencer a los hombres de que, violándola, se agreden a sí mismos?" Las preguntas siguen en pie desde entonces y seguirán quién sabe por cuánto tiempo todavía. Tal vez el mundo sea perfecto, pero los seres humanos no lo son.

http://www.lanacion.com.ar/01/05/26/do_307787.asp

LA NACION | 26/05/2001 | Página 19 | Opinión

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