La otra cueva de Alí Babá

Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación

AUNQUE Borges escribió, o dijo, que todos los grandes maestros de la humanidad han sido maestros orales, los hombres siguen buscando en los libros esa suspensión de la sabiduría, ese aliento de la eterni-dad que no parecería estar en ninguna otra cosa: ni en las navegaciones virtuales de Internet ni en el fugitivo cine.

Las librerías son un muestrario infinito de ladrones, lectores de solapas, estudiantes sin dinero, buscadores de perlas, mirones, conversadores, ciegos, aspirantes al Parnaso. En las librerías gigantescas, el zoológico se multiplica en proporción geométrica, porque los sótanos, los anaqueles escondidos, los rincones y los entrepisos son propicios para que los visitantes, sintiéndose a cubierto, se desnuden.

En Nueva York coinciden por lo menos dos de las librerías más grandes del mundo. El Guinness Book of Records adjudica el primer lugar a la Barnes & Noble de la Quinta Avenida y la calle 18, que tiene 20 kilómetros de estantes. Sin embargo, hay en esa inmensidad tal acumulación de best sellers marchitos, tantas páginas muertas de diccionarios y recetas de cocina (a un promedio de 50 ejemplares por título), que los 20 kilómetros se recorren en media hora.

El verdadero edén de los bibliómanos, sin embargo, es Strand, que se precia de tener cualquier título que a uno se le venga a la memoria en los polvorientos afluentes de su casa central, situada en Broadway y la calle 12. La propaganda de Strand es modesta. Alude a un caudal de dos millones de libros. Son tres. Supone que hay 13 kilómetros de estantes. Son 16, sin contar el medio kilómetro de ejemplares raros o únicos que se guardan en el edificio de al lado y los dos kilómetros del anexo de Wall Street, en la calle John.

El encanto de Strand no está en su vetustez ni en la pasmosa erudición de sus 160 empleados, capaces de indicar en qué recodo del subsuelo están los catálogos de la joyería Tiffany o en qué área de la sección Ciencias se pueden encontrar las diez o doce enciclopedias sobre peces exóticos o extintos atesoradas en los últimos tres años. No. La gracia está en que todo cuesta la mitad.

Ante las mesas próximas a la entrada, donde carteles escuetos pregonan que los libros recién aparecidos se venden a mitad de precio, se atropellan muchachos lánguidos como algas y matronas de manos desesperadas, con más fervor del que se advierte en las liquidaciones de Macy´s. La primera vez que fui, una dama de aspecto severo se dejó llevar por la emoción y exclamó en tono tan alto que los de las mesas vecinas se sobresaltaron: "¡Vean lo que encontré! ¡Dios mío! ¡El Hearst de Nasaw por ocho dólares! Hoy es mi día de suerte, decididamente". Aludía a The Chief ("El Jefe"), la admirable biografía del magnate del periodismo William Randolph Hearst escrita por David Nasaw, una obra que nadie pone en las mesas de saldos y que los libreros más generosos venden a 30 dólares, con un descuento del 20 por ciento.

Milagros de Navidad

Las manadas se precipitan para descubrir si quedan otras copias de la ganga portentosa, pero fracasan: en Strand, rara vez sucede dos veces el mismo milagro. Hace tres o cuatro años hubo, sí, una historia que aún todos recuerdan, pero no les pasó a los clientes sino a Fred Bass, hijo del fundador y oráculo insoslayable para todas las preguntas difíciles de la librería. En una vieja casa del East Side, Bass compró cien ejemplares de primeras ediciones para su red de coleccionistas: el conjunto incluía una copia de El gran Gatsby , otra de Adiós a las armas , alguna más de La muerte de Virgilio , de Hermann Broch. La joya de la colección era una caja que nunca había sido abierta y que contenía, al parecer, uno de los cien ejemplares numerados del Ulises de James Joyce publicados por Shakespeare and Co. en París, 1922, y distribuidos sólo entre los amigos del autor y de la editora Sylvia Beach. Como no se sabía en qué condiciones estaba el libro, Bass aceptó pagar tres mil dólares a ciegas.

Era invierno, vísperas de Navidad, y el cielo estaba rojo, saturado de nieve. A las nueve y media de la noche, poco después de que la librería cerró las puertas, Bass abrió la caja, flanqueado por su hija Nancy, de veinte años, y por Marvin Mondlin, el experto de la sección de Libros Raros. Uno de los bordes de la caja estaba sellado con lacre. En el extremo opuesto se notaba el doloroso rastro de una larva de polilla. Nadie respiró. Bajo un papel de seda, Bass encontró no uno sino dos ejemplares flamantes de aquella primera edición mítica, encuadernados en cuero marrón y firmados ambos por el propio Joyce. En el colofón estaban sus números de origen: 66 y 67.

El primer Strand fue abierto por Benjamin Bass en 1929. Era un pequeño local de la calle 8, cerca de la New York University, que al principio servía para intercambiar libros usados. Cuando Benjamin se trasladó a la avenida 4, siempre en los aledaños del Greenwich Village, descubrió que algunas grandes casas editoriales aceptaban desprenderse de lo que llamaban "excesos de impresión" a bajo precio. Bass se quedaba con un margen estrecho de ganancia, y los vendía de 50 a 60 por ciento más baratos que sus competidores. En 1955 había crecido tanto, que debió mudarse. De esa época data el Strand de Broadway y la calle 12.

Contra lo que cualquiera podría imaginar, los tres millones de libros están ordenados alfabéticamente. De doce a catorce empleados pasean entre los anaqueles devolviendo a su sitio los ejemplares revueltos por los curiosos. Algunas de las secciones situadas en el fondo del local _Religión, Ciencias Políticas y Ciencias_ equivalen por sí solas a una librería completa. Hay mesas que ofrecen libros que en modo alguno son basura a 48 centavos o cinco por dos dólares. En una de esas mesas estaban, a la vez, una edición de Suspense , de Joseph Conrad, fechada en 1925 (acaso la primera); una Teoría de la semiótica de Umberto Eco lanzada por la Universidad de Bloomington, y The Bluest Eye ( Ojos azules ), de Toni Morrison, en una de las copias destinadas a la crítica.

En la vereda, más allá de las estanterías móviles que desafían el viento en el invierno, Nueva York parece una ciudad civilizada y hasta benévola. A la vuelta de Strand, frente a Union Square, se yergue la desvencijada torre de la editorial Farrar, Strauss & Giroux, abriéndose paso a duras penas entre los vendedores de castañas calientes y de pretzels untados con mostaza. Más al sur, entre los gallardetes violetas de la New York University, ale-tean las estudiantes de cine y de literatura comparada, mientras en los cafés de nombres irlandeses algunos profesionales de la conver-sación tratan de cambiar el mundo entre torrentes de cerveza.

Al caer la noche, las parejas llegan abrazadas a los cines o se detienen en las tiendas de música, hamacándose al compás de cadencias que sólo ellas oyen. Strand cierra a las nueve y media, tras doce horas de trajín, y sus escaparates oscuros se eclipsan como pájaros.

http://www.lanacion.com.ar/00/07/22/o05.htm

LA NACION | 22/07/2000 | Página | Opinión