Las elecciones que todos perdieron
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Con monótona regularidad, cada cuatro años, el primer martes de noviembre los norteamericanos eligen presidente. El día es siempre frío, a veces moderado por un sol tibio, otras veces rasgado por la ventisca. El ritual no tiene sorpresas porque la democracia es uniforme, previsible, y en esa regularidad encuentra su razón de ser. El martes de esta semana no fue diferente de los otros días hábiles del año: la gente se levantó temprano para ir a trabajar, los chicos fueron a la escuela, los servicios de limpieza recogieron la basura en la zona norte de mi pueblo. Yo vivo en el sur, y el centro de votación más cercano es un centro de asistencia para ancianos y jóvenes que a las 8 de la mañana estaba ya colmado de electores.
El día amaneció soleado. El aire del otoño tenía el color de la herrumbre: a veces púrpura, a veces pálido. Uno de mis vecinos, Murray Sommer, que cumple setenta años el 20 de este mes, estaba indeciso por primera vez en la vida. Siempre apoyó a los demócratas y hasta hace dos meses era un simpatizante convencido de Al Gore. Las torpezas del vicepresidente en los debates por televisión lo llenaron de dudas. "Imagínate qué mal candidato será -me dijo el domingo 5 por la tarde- para que un tipo como Bush lo esté aventajando en las encuestas. Después de ocho años de prosperidad, cualquier vicepresidente tendría la votación servida en bandeja de oro. Gore hará el milagro de perder." En mi pueblo, como en todos los Estados Unidos, siempre se sabe por quién va a votar la gente. En el jardín delantero de casi todas las casas hay pancartas verdes, azules y rojas con el nombre del candidato que prefieren las familias que las habitan. Cuando sobrevienen disidencias domésticas, dos pancartas adversarias conviven en el mismo césped. En la cuadra de mi casa, en el lado este, donde vivo, todos los vecinos prefieren a los demócratas. En la vereda de enfrente, las opiniones están más divididas: seis demócratas, dos republicanos, dos militantes del Partido Verde, de Ralph Nader.
Como el acto de votar en los Estados Unidos es un derecho, no una obligación, Murray Sommer tuvo que inscribirse. Pocas decisiones tienen consecuencias menos burocráticas. Es posible hacerlo en el correo, a la entrada de los supermercados, en las escuelas o en los bancos. A la semana, los inscriptos reciben una tarjeta que les indica cuál será su centro de votación. A Murray le tocó la mesa número 5 del Centro para Jóvenes y Ancianos. Le pregunté si podía acompañarlo y él aceptó con tanto entusiasmo que desde entonces -a mediados de octubre- no ha cesado de mostrarme las decenas de folletos de propaganda, pedidos de donación, propuestas de servicio voluntario y botones para llevar en la solapa que recibía por correo.
A diferencia de casi todos los países de América Latina, donde los electores votan por listas completas en las que hay candidatos que les gustan y otros que les parecen abominables, en los Estados Unidos se elige a los postulantes uno por uno. No son tantos: aparte del presidente y el vice, esta vez hubo que elegir en Nueva Jersey un senador, un diputado por cada distrito, un representante para el gobierno del condado y tres consejeros comunales. Hace algún tiempo, Murray oyó que uno de los candidatos a consejeros, miembro del Partido Demócrata, estaba envuelto en una compleja maniobra de corrupción inmobiliaria. Decidió por lo tanto sancionarlo inclinándose por el adversario republicano.
Cuando íbamos camino al Centro para Jóvenes y Ancianos, le pregunté a quién, por fin, prefería como presidente. "Prefiero a Gore -me dijo-, pero no quiero premiarlo. Se apartó de Bill Clinton y al final, cuando necesitó su apoyo, era ya demasiado tarde." "¿Vas a votar por Bush, entonces?", quise saber, asombrado. "De ninguna manera. ¿No le has visto la cara? Voy a votar por Ralph Nader. En Nueva Jersey, Gore ganará sin problemas. Elegir a Nader es mi acto de protesta."
Sufragio a botón
Aunque los lugares de votación quedaron habilitados a las 7 de la mañana e iban a seguir abiertos hasta las 8 de la noche, la gente estaba impaciente por votar. Cuando Murray y yo llegamos, había ya dos filas larguísimas. Vi gente que parecía recién levantada de la cama, corredores en ropa de gimnasia, oficinistas con bolsas de mercado y vasos de café. La atmósfera era tan distendida que daba sueño. En las esquinas de la sala se alzaban las dos casillas para votar: ambas de plástico rojizo, montadas sobre un par de ruedas. La tela de las casillas ocultaba a los votantes desde la cabeza hasta las rodillas. En cada una de ellas se había desplegado una gran planilla con botones electrónicos junto al nombre de cada candidato. Al elegirse un nombre, se encendía una luz verde. Si el votante se equivocaba, podía oprimir el botón de nuevo y borrar su voto. Pero al completar la selección y oprimir el botón rojo a la derecha de la planilla, el voto quedaba registrado y nadie tenía derecho a volverse atrás.
Aunque Murray le pidió a uno de los oficiales electorales que me mostrara el funcionamiento de las máquinas y el hombre accedió con extrema gentileza, casi no hubo tiempo para explicaciones. Una mujer joven con los hijos a la rastra protestó porque aún no había desayunado. Entró en la casilla de votación con los chicos, uno de ellos en brazos, y el plástico se le abrió y delató sus movimientos. Dos de los fiscales tuvieron que hacerse cargo de los hijos y durante cinco minutos hubo llantos indoblegables.
Invité a Murray a que viéramos juntos los resultados por televisión. Llegó a mi casa a eso de las 9 de la noche, pensando que a las 11 todo estaría definido. La mayoría de las veces, los tardíos votos de la costa oeste, aunque son muchos, no modifican el resultado. Esta vez nos sorprendió, sin embargo, que al saltar de un canal a otro, casi nadie coincidiera en las cifras. Todo parecía estar sucediendo por primera vez. Hillary Clinton apareció poco después de las diez y media, al lado del presidente y de su hija Chelsea, para celebrar su elección como senadora por Nueva York: nunca antes una primera dama había ocupado un cargo electivo. A las once y media, el Sur se había pronunciado ya por Bush, y el Este, por Clinton, pero la lucha era tan reñida que los comentaristas erraban todos sus pronósticos.
A la una de la mañana del martes no había la menor idea de quién podría ganar. Era la primera vez que sucedía desde el duelo entre Jimmy Carter y Gerald Ford, en 1976, pero cuando la duda sobrevivió hasta la tarde del miércoles 8, el récord abarcó el entero siglo XX. Como Murray señaló con prolijidad, los candidatos empataban en casi todo: a Bush lo preferían los hombres, a Gore las mujeres; por Bush se inclinaron los blancos, por Gore los negros y los hispanos. Y a la vez, los dos se dividieron por la mitad los votos católicos e independientes, que podrían haber sido decisivos.
Cada noticia del estado de Florida, que tenía a los expertos políticos con el alma en la boc, levantaba a Murray de su asiento. Se movía de un lado a otro del cuarto, con la energía de un joven de veinte años. Eran ya más de las dos de la madrugada del miércoles cuando le sugerí con delicadeza que se fuera a su casa. Lo acompañé unos metros en la noche helada, bajo un cielo cristalino. En mi pueblo, las luces se apagan a las 10. Me sorprendió, por lo tanto, advertir el resplandor tartamudo de los televisores en las ventanas de casi todos nuestros vecinos.
Después de un martes apacible, los Estados Unidos despertaron a un miércoles tempestuoso. Con alarma, con incredulidad, descubrieron que el sistema electoral es imperfecto y que, ganara quien ganara, el próximo presidente asumiría condenado a la debilidad, en una atmósfera erizada de sospechas. El imperio se asoma al nuevo siglo bajo los peores presagios.
http://www.lanacion.com.ar/00/11/11/o05.htm
LA NACION | 11/11/2000 | Página | Opinión
Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=40474&high=tomás%20Eloy%20Martínez