Las flores aztecas
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey
DESDE el crimen del candidato Luis Donaldo Colosio y el estrepitoso descrédito del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, ya no hay en México más lugar para la imaginación, porque todo lo inverosímil sucede en la realidad. Hace apenas un año, el legendario Partido Revolucionario Institucional (PRI) parecía invencible. Durante siete décadas de presidencias hereditarias, el PRI había logrado controlar todo el sistema circulatorio del poder. El único escollo que se oponía a su eternidad era Vicente Fox Quesada, abanderado del conservador Partido Acción Nacional (PAN), un ex gerente de Coca Cola que usa botas tejanas y cinturones de hebillas descomunales. En el otro extremo del arco iris ideológico asomaba el subcomandante Marcos, adalid de los derechos indígenas y revolucionario implacable, que oculta su identidad detrás de un pasamontañas de lana y una pipa perpetua.
¿Quién iba a decir que un año después, el alicaído México que vi en abril de 2000 iba a estar convertido en un país que exhala optimismo, con un desempleo que llega apenas al 2,3 por ciento, una moneda que se fortalece todos los días y un acelerado crecimiento del producto bruto interno? Cuando volví a la capital mexicana, el 27 de marzo pasado, había problemas serios en el aeropuerto, por el que circulan más aviones que en el John F. Kennedy de Nueva York. Una de las dos pistas de despegue estaba inutilizada por reparaciones, y la mayoría de los vuelos salían demorados o se cancelaban a último momento. Cientos de personas iban y venían por los pasillos en busca de alternativas para sus viajes frustrados. Sin embargo, ninguna de ellas se quejaba o le echaba la culpa al gobierno. Los temas de conversación eran el subcomandante Marcos, que al día siguiente debía hablar ante la asamblea legislativa, y la disputa del presidente Fox -al que le parecía bien que Marcos usara cualquier tribuna democrática- con los líderes de su propio partido, el PAN, indignados por la presencia de indígenas en un recinto tan solemne como el Congreso Nacional.
Esa noche, durante un encuentro con el ex director del diario Reforma , Ramón Alberto Garza, y con el novelista Gabriel García Márquez, supe que la popularidad de Fox había crecido del 85 al 89 por ciento en los últimos tres meses, y que el combativo Marcos predicaba que "ninguna negociación puede tener éxito si, antes de empezarla, las partes no renuncian a vencer". México se había convertido en un país tan distinto del de un año atrás que hasta la atmósfera contaminada de la capital parecía estar purificándose.
Garza y el autor de Cien años de soledad , que han unido fuerzas para lanzar la edición mexicana del semanario Cambio a comienzos de mayo, me permitieron ver una copia secreta del número cero, cuyo inusual nivel de calidad periodística impresiona desde la portada. El propio García Márquez está trabajando en la revista como reportero sin sueldo. A las once de la mañana del día siguiente, el 28, tenía una entrevista con Fox en el Palacio de Gobierno, justo a la hora en que Marcos debía aparecer ante los miembros del Congreso.
Si Cambio tiene éxito en México -y no hay razones para dudar de eso-, Garza y García Márquez lanzarán ediciones diferentes del semanario en la Argentina y en Chile, pero el novelista no regresará a Buenos Aires para el lanzamiento. Desde su única visita, en 1967, jamás ha vuelto a la ciudad que lo descubrió porque -como repite cada vez que se lo preguntan- no quiere "echar a perder los recuerdos de aquella fiesta irrepetible".
Hace un año, Fox era el gran ogro conservador y Marcos encarnaba las nuevas utopías de la izquierda. Ahora nadie podría asegurar que Fox esté a la derecha del subcomandante, porque tal vez las cosas son al revés. Marcos ya no es sólo el abanderado de los indígenas de Chiapas sino el cruzado de todas las minorías, incluyendo a homosexuales y prostitutas. Predica el derecho a ser diferente, lo que sin duda es progresista pero no necesariamente de izquierda. Fox, a su vez, está asumiendo de verdad el papel con el que se ilusionaron, sin éxito, tantos otros presidentes, desde Carlos Menem hasta Hugo Chávez: el de mediador o "puente" (como él prefiere decir) entre los Estados Unidos y las naciones latinoamericanas, y el de unificador de estas naciones en un frente diplomático y comercial sólido.
Ilusiones latinoamericanas
Tal vez los sueños del mandatario mexicano terminen solo en eso, en sueños, pero el éxito del encuentro que tuvo con George W. Bush en su propia finca cerca de la frontera, el viaje que emprendió a comienzos de abril para fortalecer los nexos de su país con Venezuela y Colombia, y la profunda reforma fiscal que ha enviado al Congreso, con el propósito de obtener más fondos para salud y educación, han instalado en México una euforia que se bebe los vientos. Desde las mujeres que hacen tortillas en el mercado de Mixcoac y los vendedores de jícamas con chile apostados junto a la Catedral hasta los conductores de autobuses y los empleados de banco, todos creen que están mejor ahora que a comienzos de 2000, y que estarán aún mejor el año que viene. "Ojalá pudiéramos seguir con Fox otro sexenio, hasta 2012 -me dijo un mozo de café en el barrio de Polanco-. Pero la nueva democracia impone que el presidente se renueve, y cuando se vaya Fox encontraremos otro todavía mejor."
Al día siguiente de mi llegada volví a ver a García Márquez en su casa del Pedregal de San çngel. Acababa de entrevistar a Fox, que lo había recibido en mangas de camisa y había respondido con soltura a sus preguntas y las de Roberto Pombo (otro de los creadores de la versión mexicana de Cambio ) sobre las complejidades del Plan Colombia. Más allá de las previsibles declaraciones retóricas contra el narcotráfico y el crimen organizado, el presidente mexicano se había mostrado tajante en oponerse a toda interferencia de los Estados Unidos en la soberanía colombiana. "Si el plan conduce a un proceso de militarización, vamos a ser los primeros en alzar la voz", les dijo.
Pero los comentarios sobre la entrevista fueron pronto desplazados por el pase de magia político del subcomandante Marcos, que esa mañana había renunciado a su discurso ante la asamblea legislativa para ceder la palabra a los líderes del movimiento indígena. Al terminar la ceremonia, Marcos anunció que la peregrinación de los zapatistas a la capital había terminado y que todos regresarían a la selva de Chiapas al día siguiente. Las tres semanas de manifestaciones sin disturbios y el fin de fiesta en paz fue uno de los mayores triunfos políticos de Fox. Al permitir que los zapatistas se expresaran sin censuras ni represiones había logrado, a la inversa de sus belicosos predecesores, demostrar que el miedo a los otros, o a lo otro, es siempre miedo a lo peor de uno mismo.
Dos días más tarde viajé a Monterrey, la capital industrial del país, donde la ocupación plena y la atmósfera de seguridad urbana dan una clara medida de la velocidad y la confianza con que México está creciendo. "Somos el país del mundo con más tratados de libre comercio -me dijo un empresario de cemento-. Hay un total de diez convenios, incluyendo los que tenemos con los dos vecinos del Norte y con la Unión Europea. Nunca es fácil hacer buenos negocios, pero hacía mucho tiempo que no contábamos con tantas ventajas."
Muchas de las grandes ilusiones de América Latina se han desbarrancado de un día para otro, y tal vez en México haya un mar de fondo más agitado de lo que se ve. De todos modos, a nadie le viene mal un poco de felicidad después de tanta desventura.
http://www.lanacion.com.ar/01/04/14/o04.htm
LA NACION | 14/04/2001 | Página | Opinión
Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=59922&high=tomás%20Eloy%20Martínez