Las sombras del Primer mundo
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Nunca amaneció tan límpido y azul el cielo de la costa oriental de los Estados Unidos como en la mañana que siguió al paso del huracán Floyd. Casi no se veían pájaros, el graznido de los patos era más ensordecedor que de costumbre a orillas del agua y los árboles lucían un verde brillante, recién lavado. Me sorprendió que, a las 7 de la mañana, me llamaran para decir que no habría clases en la universidad ni en las escuelas. Aunque todo parecía tan calmo como siempre, los puentes estaban anegados y nadie podía ir de un lugar a otro. Los pueblos de los suburbios de Nueva York, que crecen a orillas de una nervadura de ríos, se habían convertido en islas.
Nada de eso sería extraño si el huracán no hubiera desnudado las debilidades profundas del imperio norteamericano, revelando que el Primer Mundo, a veces, es tanto o más frágil que el Tercero.
Desde hace más de dos semanas, en la vasta franja de ciudades que van desde Carolina del Sur hasta el norte del Bronx, en Nueva York, la gente tiene que hervir el agua porque los detritus de los animales y las filtraciones de las cloacas han contaminado las grandes cisternas. Un cuarto de la población quedó sin electricidad y sin teléfono, y las reparaciones, que usualmente se hacen en horas, esta vez tardaron de tres a cinco días. Los parques invadidos por las aguas, en los que estaban los campos deportivos comunales, siguen cerrados al público tres semanas después. El intenso olor de la podredumbre es llevado y traído por la brisa, y tanto los cercos de las canchas de béisbol como las redes de las de tenis todavía están cubiertos por la maleza y por las basuras que arrastró la tempestad.
Lo peor de todo, sin embargo, es el extraño mosquito que ya estaba en Nueva York antes del huracán y que sigue reproduciéndose en las aguas estancadas. Al principio, cuando tres personas murieron de encefalitis y otras catorce llegaron infectadas a los hospitales, se pensó que el virus era el Saint-Louis y, como tenía un nombre inglés o francés, la enfermedad fue observada con familiaridad.
La última semana de septiembre, sin embargo, decenas de pájaros que estaban en el zoológico del Bronx o los alrededores sucumbieron a una plaga inusual. Los investigadores insinuaron entonces, con extrema cautela, que quizás el virus asesino no era el Saint-Louis, sino otro exótico y desconocido, llamado Kunjin o Nilo Occidental, oriundo del çfrica y del sur de Asia. Sólo en la costa del Golfo de México, muy al sur de los Estados Unidos, había noticias remotas de sus peligros. Ahora se sabe que viaja con los pájaros, y que de ellos se transmite a los mosquitos y a los seres humanos.
Nunca se había visto nada semejante en Nueva York, donde la naturaleza es indulgente y no hay tornados, terremotos, huracanes ni inundaciones graves. Esta vez, sin embargo, el propio alcalde de la ciudad anunció con una voz helada que tal vez las víctimas del virus no eran tres sino más: siete, diez, setenta, una cifra impredecible.
Quebranto de la ambición
Pero las catástrofes naturales pueden suceder en cualquier parte y no son ellas las que delatan las fragilidades del Primer Mundo, sino los recursos y las habilidades de los seres humanos para enfrentarlas. La certeza de que todo está bajo control en los Estados Unidos es tan inquebrantable que, cuando sucede algo fuera de lo común, los responsables tardan a veces en reaccionar, y esas vacilaciones llegan a ser fatales.
Desde hace años pueden observarse síntomas inquietantes en la vida cotidiana de los Estados Unidos. No tienen nada que ver con el huracán Floyd, pero sí con la pérdida de la imaginación y de la iniciativa o, lo que tal vez sea peor, con el quebranto de la ambición.
Mientras la investigación tecnológica avanza a tanta velocidad que los expertos no alcanzan a aprender un lenguaje nuevo cuando ya está apareciendo otro en el mercado, los vendedores de las tiendas de computación no entienden nada de lo que venden. Si el cliente no llega con los datos exactos de lo que necesita, no habrá quien lo rescate. Algo peor sucede en casi todas las grandes librerías de Manhattan, Filadelfia o Washington. Cuando un cliente se acerca a la mesa de informaciones a preguntar por un libro que no ha encontrado en los estantes, hay que deletrear con cuidado el título y el nombre del autor a la persona que atiende. Si la ubicación del libro y los ejemplares aún disponibles aparecen en la computadora, todo marcha más o menos bien. Pero si el sistema está caído, no hay salvación posible.
Hace algún tiempo fui a comprar el volumen de las cartas que Simone de Beauvoir le escribió a uno de los grandes amores de su vida, el novelista Nelson Algreen, y cuyo título en inglés es A Trans-atlantic Love Affair . Estuve un largo rato explicándole a la vendedora la ortografía de la palabra Beauvoir , y cuando lo conseguí, me mostró que la pantalla no registraba ningún autor con ese nombre. "¿Qué más escribió ese tipo? _preguntó_. A lo mejor lo pescamos por otro lado. Usted sabe, cuando el anzuelo no entra por la boca se engancha a veces en la cola." Le sugerí que a lo mejor estaba como De Beauvoir , pero la explicación empeoró las cosas. Intentamos entonces con la palabra transatlantic , y ya habíamos avanzado más allá de unos veinte títulos, todos los cuales versaban sobre el hundimiento del Titanic, cuando se cayó el sistema. Tuve que marcharme desalentado.
Instintos adormecidos
Algunos expertos insinúan que las torpezas son tal vez culpa de la globalización. Cada vez hay menos puestos de trabajo para gente especializada, porque a ellos hay que pagarles mejores salarios y costosos seguros de salud. Las grandes empresas de venta al público contratan entonces golondrinas de paso, por un mes o dos, con la única exigencia de que sepan manejar las computadoras y reconozcan un pago al contado de otro con tarjeta de crédito. Luego las sustituyen por nuevos empleados igualmente indolentes.
Algo parecido sucede en las compañías de gas y de electricidad, en las de servicios cloacales y aguas potables, en las de aire acondicionado y en las de aviación, que enredan todos los vuelos ante el menor percance meteorológico y rara vez explican a los desvelados pasajeros qué está pasando. Es verdad que en el Primer Mundo hay una vastísima gama de ofertas para mucha más gente que en el Tercero (o lo que antes era el Tercero), pero se pierde un tiempo infinito en la búsqueda y casi siempre se llega a los mismos resultados.
Aparte de la investigación científica y de los hospitales, lo que mejor funciona en los Estados Unidos es el servicio postal. Todos los pagos se pueden hacer por correo sin temor a que los cheques se pierdan por el camino; los carteros entregan la correspondencia bajo soles asesinos o nevadas inclementes, y no es raro que un sobre cualquiera viaje desde las mesetas de Oregón hasta la costa de Maine en tres días, con sólo una estampilla de 33 centavos.
El Primer Mundo es sin embargo una trampa. En la Patagonia o en Nigeria los seres humanos se levantan cada día con los instintos preparados para sobrevivir a lo impredecible. En Nueva York o en Boston, en cambio, uno confía en que la técnica, el dinero y la mítica eficiencia norteamericana pondrán a la gente a salvo de toda catástrofe. Pero de pronto un huracán barre la costa con más fuerza de lo esperado o entra en escena un mosquito desconocido, y el mundo se viene abajo. Es entonces cuando el Primer Mundo echa de menos las riquezas de imaginación que abundan en el Tercero.
http://www.lanacion.com.ar/99/10/02/o04.htm
LA NACION | 02/10/1999 | Página | Opinión