Las victorias de Ben Laden
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Si al atacar las Torres Gemelas y el Pentágono Osama ben Laden quiso destruir algunos cimientos de lo que él mismo llama “el imperio americano”, hay que admitir, aun a disgusto, que lo ha conseguido. Y de la peor manera: a través del contagio. En las últimas semanas han aparecido en la costa oriental del país demasiados signos de intolerancia como para no advertir que algo muy hondo está cambiando. Día tras día se acentúa la aprobación nacional a las políticas de George W. Bush para filtrar el movimiento de extranjeros y autorizar el espionaje doméstico. Estados Unidos era un país de puertas abiertas con un respeto sacramental por las libertades individuales. No parece seguro que esos atributos se puedan recuperar plenamente cuando todo haya terminado.
Por los menos tres periodistas respetables, tanto de Washington como de Nueva York, me expresaron la semana pasada su miedo a que la autocensura se extienda como una plaga. Al principio, dijeron, ninguno de ellos tomó demasiado en serio a Condoleezza Rice, la asesora de seguridad del presidente, cuando les pidió a los directores de las cinco grandes cadenas de televisión nacional que no reprodujeran las entrevistas a Ben Laden porque podrían contener mensajes cifrados. La prensa de los Estados Unidos es demasiado celosa de sus responsabilidades como para admitir indicaciones oficiales sobre lo que debe hacer. Ni siquiera en el peor momento de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra Fría los presidentes Franklin D. Roosevelt y Harry Truman se atrevieron a ir tan lejos como la señorita Rice. Es verdad que Ben Laden ha demostrado astucia para valerse de cualquier recurso, y las imágenes televisadas podrían contener íconos, movimientos de manos o miradas que equivalieran a órdenes en clave. Pero también es cierto que la edición y el doblaje desvían en parte ese riesgo. La consecuencia real de aquella reunión en la Casa Blanca es que la televisión exhala ahora un aire triunfalista que tiñe de inverosimilitud todo lo que se dice, aunque sea verdadero.
Envalentonado por el éxito de la señorita Rice, el vocero de la Casa Blanca, Ari Fleischer, llamó por teléfono al editor ejecutivo de The New York Times, Howell Raines, para sugerirle que no transcribiera textualmente los mensajes de Ben Laden sino que los parafraseara. “Queremos evitar que sean leídos por sus cómplices de aquí”, le dijo. Raines le contestó, cortésmente, que la política de su diario es mantener a los lectores informados con la mayor amplitud posible y que, si se trataba de un problema de seguridad nacional, lo dijera con franqueza.
Esos episodios, más la censura a una inocua tira humorística por parte de diarios del Medio Oeste, ha creado una atmósfera de aprensión y desconfianza en la que cada palabra se mide como si contuviera un explosivo.
El propio gobierno norteamericano dista, sin embargo, de ser tan cuidadoso. Es ya célebre la falta de tino con que el ministro de Justicia, John Ashcroft, advirtió a la población, el 29 de octubre, que se preparara para un nuevo ataque terrorista. Que no anunciara dónde se produciría ni cómo ni de qué índole podría ser bastó para que se cancelara un tercio de las reservas hoteleras en Florida y al menos doce por ciento de los pasajes aéreos fuera postergado o devuelto. Si Ben Laden quería sembrar el terror, Ashcroft lo hizo por él, con una enorme eficacia.
Hay que remontarse a los tiempos de Ronald Reagan para encontrar la fuente de algunos de los males que se padecen ahora. Poco después de que los soviéticos ocuparon Afganistán, la CIA se movilizó, como se sabe, para organizar la guerra santa contra el comunismo. El gobierno de Arabia Saudita advirtió que el conflicto le permitía exportar a tierras afganas el wahabismo, una versión extremadamente austera del islamismo sunnita, y vengar así la profanación que, según ellos, en el siglo XIX habían cometido contra las ciudades santas los sufíes (la otra ala mayoritaria del islam). El príncipe Turki, jefe del espionaje saudita, decidió entonces enviar, a la vanguardia de esa cruzada religiosa, al millonario Osama ben Laden, con la misión de que recorriera los pueblos árabes de Medio Oriente y África del Norte.
Nace una leyenda
Fue una elección ventajosa. En pocos años, Ben Laden repartió dádivas y tierras entre los pobres de las regiones más desvalidas, convenció a los estudiantes de que la guerra santa contra los infieles era imprescindible para acabar con la decadencia del Islam, unió las tribus dispersas e inflamó la imaginación de todos con sueños de grandeza. Los servicios de inteligencia norteamericanos lo retrataron entonces como un nuevo Lawrence de Arabia, y esa imagen se grabó a fuego en los países musulmanes. Un atributo insuperable beneficiaba al millonario saudita: a diferencia de T. E. Lawrence, él es árabe.
A la leyenda de Ben Laden se sumó hacia 1994 la de un campesino de la etnia pashtun llamado Mohammad Omar, que después de haber luchado con fiereza contra los comunistas se creó fama de justiciero en la ciudad de Kandahar, al rescatar a dos mujeres y a un muchacho violados por comisarios regionales. El heroísmo de Omar se acrecentó cuando reclutó a las elites universitarias afganas para la causa de los talibanes y las lanzó a la más ciega de las guerras santas. Omar y Ben Laden no sólo son suegros y yernos a la vez: son también las dos caras de un mismo fanatismo. En pocos años han logrado el milagro de unir a un pueblo disperso y desalentado, y de sumir en el terror al más poderoso imperio de la historia con un arma de simplicidad escalofriante: seres humanos dispuestos al suicidio.
El gobierno de los Estados Unidos ya está admitiendo que la guerra podría ser larga, más aún que la de Vietnam, y que los dos blancos principales, Omar y Ben Laden, tal vez nunca puedan ser alcanzados. Mientras tanto, los norteamericanos se consuelan con baños incesantes de patriotismo. Las canciones más populares de rock, rhythm and blues, rap y pop se difunden en las radios y en la televisión con letras alusivas a la grandeza de Estados Unidos y a la perversidad de los talibanes. Al menos en los suburbios de Nueva York, quedan ya pocos automóviles que no exhiban dos, tres banderas, y frases de amor arrebatado a su nación.
Mi vecina Fay Klein es quizás el mejor ejemplo de esa drástica y veloz transformación del espíritu norteamericano. Hasta hace tres meses, era una inquieta ex maestra que abogaba por todas las buenas causas. Participó en la marcha del millón de madres sobre Washington, en mayo de 2000, contra la venta libre de armas y la violencia en las escuelas; firmó al menos tres manifiestos en el semanario de Highland Park sobre el derecho de las mujeres a tomar decisiones sobre el aborto, y protestó frente a la alcaldía contra la destrucción de espacios verdes.
El domingo 4 de noviembre, la señora Klein visitó la exposición “Oscar Wilde en seis actos”, de la Morgan Library, que reúne un conjunto impresionante de cartas, fotografías y manuscritos del genio irlandés. La honestidad y la grandeza de Wilde que asoma en cada uno de esos documentos –junto a su rara ilusión de que era un ser invulnerable– son conmovedoras para cualquiera. No para la señora Klein. Cuando le pregunté qué le habían parecido el manuscrito del De Profundis y las cartas que uno de los hijos de Wilde envía al otro cuando muere su madre, hizo un gesto despectivo. “No son momentos éstos para admirar a un escritor decadente”, me dijo. Ni el propio Ben Laden debió de imaginar la magnitud del daño que su guerra santa está causando en un país que, hasta hace poco, era otro.
http://www.lanacion.com.ar/01/11/10/do_350087.asp
LA NACION | 10/11/2001 | Página 19 | Opinión
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