Libros cada vez más libres
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. J.
EN un rincón perdido del Museo Británico, en Londres, hay una minúscula tabla de arcilla en la que están grabados algunos versos sobre el diluvio. Esos versos, que pertenecen al poema babilónico Gilgamesh , fueron escritos en caracteres cuneiformes hace cuatro mil trescientos años y sólo un puñado de seres humanos -tal vez doscientos, tal vez mil- podía entonces descifrarlo, porque el resto de la humanidad no sabía leer. En la remota Babilonia nadie soñaba con el libro. Lo único que perpetuaba las historias era la voz humana, la voz del rapsoda que cantaba e improvisaba mientras los demás oían.
Después de su largo amanecer iletrado, la humanidad descubrió el libro hace apenas quinientos años. Ahora, vivir sin él parece inconcebible. Con frecuencia se oye vaticinar que el libro, o el objeto que llamamos libro, será sustituido por el lenguaje virtual de la electrónica. Hay bibliotecas enteras condensadas en la misteriosa superficie lisa de unos pocos CD que, sin embargo, no significan lo mismo. Las letras están allí, pero rara vez en ese laberinto se encuentra lo que se busca.
Páginas blancas
En el laboratorio de medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) han empezado a trabajar, hace ya cinco años, en la invención de un volumen que combina el papel electrónico con la tinta digital y que permite leer, mediante botones encajados en el lomo, una selección de cien o más libros. El artefacto será, sin duda, una versión primitiva de algo más complejo: páginas blancas de papel que se irán cubriendo virtualmente con las imágenes y palabras de una biblioteca convencional.
Borges imaginó un objeto aún más vasto y anárquico en El libro de arena , un relato de 1974. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela, cuya numeración era arbitraria y que no podía ser releído. Una vez cerrada una página, no era posible volver a encontrarla. Tal vez los técnicos se entusiasmen con el proyecto ambicioso del MIT. La imaginación humana seguirá prefiriendo, en cambio, el monstruoso e infinito libro de Borges.
Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro sacramental: la Biblia , los Evangelios , la Torah , el Corán , el Shu y el Yi de Confucio, el Buddhavacana canónico de los budistas. Los libros han sido no sólo la brújula que señala la identidad y la diversidad de los seres humanos, sino también el punto de referencia imprescindible para entender lo Otro y a los otros.
Tanto en la feria de Francfort como en las de Buenos Aires y Guadalajara, los editores se quejan de los pocos libros que se venden y de lo poco que se lee. Decían lo mismo en 1950 y seguirán diciendo lo mismo dentro de medio siglo. En 1950, antes de que la televisión fuera un lugar común en América Latina, la lectura y la radio eran las dos grandes vías de escape y de información de la clase media. Los best sellers de aquel momento se llamaban Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie, precursor prehistórico de los libros de autoayuda; Una hoja en la tormenta, de Lin Yutang, abuelo remoto de Paulo Coelho, y La hora veinticinco , del rumano Constantin Virgil Gheorgiu, la novela que encendió una de las primeras llamas en la hoguera de la guerra fría. Por esos mismos años, los grandes relatos de la literatura latinoamericana carecían de lectores. Obras como Bestiario , de Julio Cortázar; La vida breve, de Juan Carlos Onetti; El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, o El Aleph, de Borges, que en la década del 60 venderían decenas de miles de ejemplares, no sobrepasaban entonces un promedio de doscientos ejemplares por año.
Cuando América Latina empezó a industrializarse y a alfabetizarse, y se produjeron los vastos éxodos de campesinos a las ciudades, los narradores pudieron salir al encuentro de un público lector que hasta entonces les había vuelto la espalda. Una de las razones principales del florecimiento de la novela de América Latina en las décadas del 60 y del 70 es que empezaron a contarse historias con las que la gente podía identificarse, en un lenguaje que se asemejaba al habla de todos los días. Los jóvenes que leían a Cortázar en 1963 ó 1964 creían estar oyéndose a sí mismos, y la literatura parecía estar entonces al alcance de cualquiera.
Océanos de información
Las batallas de estos tiempos de globalización no se libran ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, como hace treinta años, sino para que el mercado no los deseduque, para que los lectores no pierdan la costumbre de ver el libro como un modo de verse también a sí mismos. Junto con océanos de informaciones por procesar y de libros por leer, la globalización ha engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles de imaginar. Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a ninguna forma de educación, y más de tres de los cuatro quintos restantes no pueden comprar libros porque lo que antes era un artículo de primera necesidad ahora es un lujo. La comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias, y con frecuencia lo que se gana ni siquiera alcanza para eso. Mil quinientos millones de personas carecen hoy de agua potable y más de mil millones viven hacinados en casas miserables, indignas de la condición humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir. Mil trescientos millones de personas viven con menos de un dólar por día. ¿Cómo podrían pensar en comprar libros? ¿De qué les sirve el ambicioso proyecto del MIT si el magro presupuesto ni siquiera les alcanza para las ofertas de best sellers en los supermercados?
Los cielos de la tecnología
La gente lee más, es cierto. Pero los que leen más son, en términos relativos, muchos menos. La globalización, que nos está llevando a la velocidad de la luz por los cielos de la tecnología, también está operando el prodigio de hacernos retroceder en el tiempo. Dentro de poco, al ritmo que llevan las desigualdades sociales, sólo unos pocos letrados van a seguir leyendo, como en la Edad Media, cuando los libros se copiaban a mano. Podríamos asistir a la paradoja de que una biblioteca entera se condense en un solo CD o en un libro de papel electrónico al que tendría acceso sólo un porcentaje ínfimo de los lectores potenciales. Todo el conocimiento humano podría caber en una mano, pero esa mano no sería la de todos los hombres.
Los que leen ahora son menos, pero compran más. Compran más, pero lo que compran tiene que ver sobre todo con el uso. Se compra no por el goce de la lectura sino por la utilidad que depara, por la información que esa lectura podría destilar. La enorme franja de lectores de clase media, de maestros y profesionales latinoamericanos para los que el libro era antes un bien indispensable, ahora ha tenido que renunciar a ese bien para no privarse de alimentos, vivienda y hospitales.
La globalización ha acentuado la dependencia de los países menos desarrollados y la miseria de los seres humanos, pero a la larga tal vez abra los ojos de más gente. Los que viven en la periferia del mundo también están en el centro, porque la ignorancia iguala a todos. Un campesino de Ohio sabe tan poco de la física cuántica o de la técnica de las exploraciones espaciales como un campesino de Chiapas o de la Patagonia. Tal vez el campesino de Ohio pueda ver sin problemas las imágenes de Marte que se transmiten por la televisión y tal vez al campesino de la Patagonia se le corte la luz cuando las está viendo. Pero en esencia, lo que equipara a los dos no es lo que saben sino lo que ignoran.
En esa orfandad del universo global, el libro es el único vehículo de entendimiento, el sistema circulatorio que comunica a todos. Lo que a lo largo de la historia han hecho las armas para separarnos y devolvernos al pasado ha sido compensado por lo que el libro ha hecho para unirnos y situarnos en el futuro. © La Nación
http://www.lanacion.com.ar/00/05/13/o04.htm
LA NACION | 13/05/2000 | Página | Opinión