Libros del tamaño del mundo
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- En todas las ciudades hay algún museo secreto, a contramano de las modas, donde la imaginación del hombre resuena de un modo único como jamás se oyó antes y como tal vez jamás se vuelva a oír.
El deslumbrador monumento a los libros que J. Pierpoint Morgan decidió construir en la avenida Madison, entre las calles 36 y 37 de Nueva York, es uno de esos prodigios. Treinta años antes de que Borges hubiera escrito La biblioteca de Babel , J. Pierpoint Morgan ya había construido un palacio que prefigura un paraíso o una pesadilla comparable a los del cuento. La biblioteca de Borges cifraba su riqueza en la cantidad; incluía todos los libros del pasado y los del futuro. Esa vastedad la tornaba inútil. La fama de la biblioteca de Morgan deriva de la calidad. Sólo conserva los libros que la humanidad ha considerado imprescindibles, pero con un atributo invariable: todos son ejemplares únicos, volúmenes condenados a la eternidad.
A fines de febrero, el palacio de Morgan incurrió en un pleonasmo: cobijó en sus galerías otra biblioteca de la misma riqueza, acumulada con la misma obsesiva imaginación, por otro millonario, Paul Getty. El efecto, que es de vértigo, aporta una rara certeza: los libros son eternos.
Profecía equivocada
Este siglo pesimista, que ha oído predicar la muerte de casi todo -la muerte de la novela, del cine, del socialismo, y hasta el fin de las religiones-, también ha vaticinado que los libros van a ser inservibles. La profecía data de 1945, cuando se inventó una monstruosidad llamada Memex, que acumulaba cuatrocientas páginas de información virtual. Ahora, sin embargo, los libros se venden por Internet, y hay un duelo de gladiadores entre dos cadenas electrónicas: barnesandnoble.com y amazon.com. Mientras tanto, en los archivos nacionales de Washington D.C. los técnicos se agarran la cabeza porque han acumulado demasiada información virtual, y millares de documentos que tienen sólo quince años ya no pueden ser leídos por las nuevas computadoras, mil veces más veloces. La decisión oficial de copiar en papel las fotografías y los textos que realmente interesan, reconoce así la función redentora que las hojas de papel tuvieron siempre en la cultura.
Las delirantes bibliotecas de Morgan y de Getty tienen poco que ver con el conocimiento. Son, más bien, un canto a las glorias de la edición y de la escritura. En el escrupuloso catálogo que acompaña la exhibición de Getty se refiere que el billonario petrolero, nacido en Minneapolis en 1892, descubrió su pasión mientras buscaba obras agotadas de F. Scott Fitzgerald que ansiaba leer. En 1984, advirtió que tenía demasiados libros para convivir con ellos y les construyó una especie de templo con fachada griega y torres normandas en Wormsley, al oeste de Londres.
El grotesco y fantástico monumento, del que se muestra una minuciosa maqueta, es superior a la bellísima biblioteca de Morgan por el caudal de obras antiguas y extrañas. A Nueva York han llevado sólo una ínfima parte de esa riqueza: lo poco que se ve basta para cortar el aliento. Allí están las imágenes del Apocalipsis de Burckha-Wildt, que fueron explicadas en infinitos sermones entre los años 900 y 1150. De esas imágenes nació casi toda la imaginería del demonio y de los infiernos que llega hasta La divina comedia . Sin embargo, durante siete siglos nadie había podido volver a verlas.
Allí están, también, la primera Cosmografía de Ptolomeo -cubierta de mares tenebrosos y de tierras incógnitas-, el mapa de Utopía dibujado por Tomás Moro, el libro de salmos que acompañó durante toda su desdichada vida a Ana Bolena, la madre de Isabel de Inglaterra.
A treinta pasos de la exhibición Getty, más allá de una galería que despliega todas las versiones manuscritas de El cuervo , el poema de Edgar Allan Poe, se abre la biblioteca del banquero J. Pierpoint Morgan (1837-1913), que tal vez leyó pocos libros pero que aprendió a comprarlos con la sabiduría de un erudito. Durante un viaje a Europa en 1860, Morgan consiguió, vaya a saber cómo, el manuscrito de Endymion , un poema en cuatro libros que John Keats había publicado en 1818. Hacia la misma época convenció a Charles Dickens de que le cediera por casi nada el cuaderno donde había escrito A Christmas Carol , uno de los relatos más populares de la historia de la literatura.
Deslumbramientos
Después de esas conquistas, Morgan se entregó a una orgia de adquisiciones. Aconsejado por su sobrino Junius, compró tabletas asirias, evangelios iluminados por monjes medievales, la primera Biblia de Gutenberg, la primera impresión de Vidas paralelas de Plutarco (Venecia, 1478), la primera edición de las comedias, historias y tragedias de Shakespeare (Londres, 1623), el manuscrito de Principia mathematica , en el que Newton formuló la ley de gravedad, la Encyclopédie editada por Diderot, todas las ediciones imaginables de Alicia en el país de la maravillas y de El principito de Saint-Exupéry.
A Getty lo deslumbraba la riqueza de las encuadernaciones; a Morgan, las primicias. En su palacio de la avenida Madison hay manuscritos más valiosos que en el Museo Británico. Allí están los únicos fragmentos sobrevivientes del Paraíso perdido de John Milton, la última versión del Ensayo sobre el entendimiento humano de John Locke, varias cartas de Goerge Washington, de Jane Austen y de William Thackeray, el original de Ivanhoe de Walter Scott, el Don Juan de Byron, el texto completo de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y las treinta y cinco páginas en las que Einstein explica cómo se le ocurrió la teoría de la relatividad.
Esa lista es incompleta, y seguiría siéndolo si se añaden los manuscritos de partituras que son también parte de la colección: la cantata 112 de Bach, la sinfonía 91 de Haydn, la sinfonía Haffner y el concierto para piano K.467 de Mozart, la décima sonata para violín de Beethoven, la Polonesa Opus 53 de Chopin, Aída de Verdi, Los maestros cantores de Wagner, la primera sinfonía de Brahms, Perséphone de Stravinski.
Señales de vitalidad
Aunque Borges escribió -o dijo- que todos los grandes maestros de la humanidad han sido maestros orales, los hombres siguen buscando en los libros esa suspensión de la sabiduría, ese aliento de la eternidad que no parecería estar en ninguna otra cosa: ni en la oratoria ni en el fugitivo cine.
En Nueva York conviven no sólo la biblioteca inestimable de Morgan y -en estos días- la de J. Paul Getty. También están las dos librerías más grandes del mundo: la Barnes & Noble de la Quinta Avenida y la calle 18, que tiene veinte kilómetros de estantes, y Strans, situada en Broadway y la calle 12, que acumula tres millones de libros.
En medio de tantas señales de vitalidad, sería desatinado pensar que la información virtual acabará con el libro. El propio William Gates, dueño de Microsoft, acaba de explicar en uno de sus discursos que eso es imposible: "Leer en una pantalla es una experiencia sin duda muy inferior a leer en papel. Aun yo, que tengo a mi disposición las más costosas pantallas, prefiero copiar en la impresora los textos que tienen más de cuatro o cinco páginas".
Los libros ayudan a descubrir las cosas, escribió o dijo Borges. En Nueva York, sin embargo, eso no es posible: allí los libros son las cosas, y tarde o temprano todos terminan dándose cuenta de eso.
http://www.lanacion.com.ar/99/03/13/o04.htm
LA NACION | 13/03/1999 | Página | Opinión