Los engaños de la gloria
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- El tiempo, que todo lo modifica, desplaza con eficacia no sólo el significado de las palabras sino también el significado de las vidas. Antes de escribir el Quijote , Cervantes fue esclavo de un funcionario argelino y pasó más de cinco años en la cárcel, acusado de complicidad en una estafa primero, y después, en la muerte de un hombre. Para algunos de sus contemporáneos -Góngora y Lope de Vega, por ejemplo-, Cervantes era un poeta ripioso y un narrador sin gracia. Ahora, tan sólo cinco siglos después, su nombre es uno de los sinónimos de España y también uno de los sinónimos de la literatura.
Otras dos figuras escarnecidas en su época han sido iluminadas en estos meses por una incesante glorificación. A esos equívocos de la fama, que a veces considera siniestra la vida de un hombre y al año siguiente la encuentra sublime, están dedicadas las historias que cuenta esta columna.
Uno de esos ejemplos es el de Simón Rodríguez, que debe su eternidad a un único dato, tan verdadero como insuficiente: haber sido el maestro de Simón Bolívar y uno de sus compañeros más tenaces en la lucha por la independencia de América. Con ese título ha vuelto a canonizarlo el comandante Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela, en una entrevista publicada por The New Yorker . Rodríguez fue, en verdad, el maestro de Bolívar, pero sus métodos pedagógicos eran tan incómodos para la sociedad de su época -las primeras tres décadas del siglo XIX-, que a menudo se lo descalificó como "delirante".
En su larga vida de peregrino (nació en 1769 y murió a los ochenta y cuatro años en la aldea de Amotape, Perú, acusado de hereje y en una miseria más absoluta que su soledad), Rodríguez habría podido alcanzar los mismos niveles de reconocimiento que tuvieron Andrés Bello, Bolívar y Antonio José de Sucre, sus tres conciudadanos más famosos, pero prefirió ser un rebelde perpetuo, que andaba siempre a contramano del poder. Creía que para enseñar anatomía los maestros debían desnudarse, y él lo hizo siempre, sin temor al escándalo. Defendía la eficacia de la educación comunal y mixta, y mantuvo escuelas que observaban esos preceptos pero que se caían a pedazos. Habría podido aceptar los subsidios que le ofrecían los gobiernos en Bolivia, Ecuador y Venezuela y enderezar esas ruinas, pero le pedían que cambiara sus métodos pedagógicos y eso le parecía inadmisible.
Durante más de treinta años frecuentó casi todos los oficios: inventor, fabricante de velas, tipógrafo, maestro de inglés y de francés, traductor. Fue también el primero en denunciar las falsías del lenguaje político, tejido con promesas vacuas, mediante el simple y genial procedimiento de descomponer la escritura, separando las palabras con espacios en blanco, llaves, corchetes, cursivas, capitulares, negritas: todo un mapa de significaciones que obliga a tomar distancia de lo que el orador o el escritor quieren decir, y a sentir el verdadero peso de lo que se dice.
Nada de eso está en las biografías oficiales de Simón Rodríguez. A lo sumo, admiten que fue un niño expósito, tal vez hijo de un cura y, como tal, hermano de un músico famoso, Cayetano Carreño, pero omiten que se haya casado con una india, que se desnudara en público, que jamás se haya tomado en serio a sí mismo. "Maestro del Libertador Simón Bolívar" es el único título de nobleza que se le concede, sin explicar qué significaba ser maestro para Simón Rodríguez.
La otra gran figura entronizada en el panteón de este nuevo siglo es Arthur Rimbaud, sobre el que el inglés Graham Robb, profesor de Oxford, acaba de publicar una biografía imponente y exhaustiva, la mejor de las doce o quince que se conocen hasta ahora. En ese libro hay cuatro capítulos que me hicieron recordar "Birds in the Night" (así se llama en castellano), el maravilloso poema que el andaluz Luis Cernuda incluyó en su último libro, Desolación de la quimera , un año antes de morir en su exilio mexicano, en 1963.
Lo que los vivos dicen de los muertos
El poema es un lamento sobre la hipocresía del mundo y la fugacidad de las famas. Evoca la placa que el gobierno francés, "¿o fue el gobierno inglés?", puso en la casa de Camden Town, Londres, donde "Rimbaud y Verlaine, rara pareja,/ vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,/ durante algunas breves semanas tormentosas". Hay toda una estrofa biográfica en el poema que vale la pena comparar con la biografía de Robb. Cernuda escribe: "Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho/ y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente./ Mas podemos pensar que acaso un buen instante/ hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno/ que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa".
Robb sitúa esas semanas en un contexto que permite ver a los personajes casi como en un reality show . En Londres, afuera, un costoso conjunto de lámparas eléctricas acababa de instalarse en la torre del reloj del emblemático edificio del Parlamento. La reina Victoria esperaba la visita del sha de Persia, que llegaba desde San Petersburgo. Puertas adentro, Verlaine luchaba para conseguir dinero como pudiera. No podía. A mediados de junio de 1873 puso un aviso en el diario The Echo , en el que "dos caballeros" se ofrecían, sin mucho sentido de la realidad, a dar lecciones "de latín y literatura en lengua francesa, a precios moderados". Nadie acudió, por lo que una semana más tarde modificaron la oferta: "Lecciones de francés, en francés, a cargo de dos caballeros parisienses".
Para Verlaine fueron semanas de pesadilla. Temía todo el tiempo que Rimbaud lo abandonara, le horrorizaba que su homosexualidad tomara estado público, y la tensión entre la vida "normal" a la que aspiraba junto a su esposa, Mathilde Mauté, y la pasión por su joven amigo lo deslizaron por la pendiente del alcohol, por el deseo del suicidio y por la tentativa del crimen. Para Rimbaud, en cambio, esa vida tempestuosa, de peleas incesantes y de celos vitriólicos, fue una lección de poesía. Algunos de los mejores poemas de Una temporada en el infierno nacieron en esas semanas de extrema tensión emocional, mentiras y sentimientos de culpa.
La historia que siguió es ya menos secreta: Verlaine se reconcilió con Mathilde, se refugió en Bruselas y desde allí, desesperado, llamó a Rimbaud, que acudió a verlo con ánimo belicoso. Cuando los conflictos entre los dos se volvieron insoportables, Verlaine hirió a su amigo, estuvo a punto de matarlo y pagó su arranque de locura con dos años de cárcel. Su amor era atormentado, pero genuino. Rimbaud, en cambio, era un canalla. La gloria, que no tiene moral, ha olvidado casi por completo al primero y ha convertido al segundo en el padre de la poesía moderna. Cuatro líneas maravillosas de Cernuda evocan esa injusticia: "...se recitan trozos del Barco ebrio y del soneto a las Vocales ./ Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda/ [...] ¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?/ Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable".
Tanto Rimbaud como Simón Rodríguez y Cervantes vivieron vidas de escándalo y fueron felices o desventurados con eso. No importa: eran sus vidas. El tiempo las convierte en otra cosa, y así los seres humanos terminan por no ser nunca lo que son: ni cuando viven, porque la fatalidad los lleva de un lado a otro, ni menos aún cuando mueren, porque la posteridad les cambia el pasado como se le da la gana.
http://www.lanacion.com.ar/01/10/13/do_342717.asp
LA NACION | 13/10/2001 | Página 21 | Opinión
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