Meditación sobre la crisis

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey

CUANDO estalló la Gran Guerra, en 1914, Calogero Vizzini era el jefe indiscutido de la mafia en la provincia de Caltanissetta, situada en el centro de la isla de Sicilia. Zu Calò; o Tío Calò, como se lo llamaba entonces, era dueño de algunos viñedos y olivares, de una bodega que producía vinos en pequeña escala para la mesa de los príncipes, y de una próspera curtiembre que vendía sus cueros a la mafia de Palermo, desde donde eran exportados.

Aunque Zu Calò; controlaba el feudo con mano firme, la marcha de sus negocios era magra y estaba obligado a negociar con los nobles y los bandidos de la isla, en desmedro de su poder. Un contrato inesperado con el ejército italiano movió para siempre los meridianos de su fortuna. A comienzos de 1915, una comisión enviada por el ministro de Guerra llegó a Sicilia con la orden de comprar todos los caballos disponibles para los combates que se avecinaban. Esa misma noche, Zu Calò dio la bienvenida a los oficiales y los convenció de que le permitieran hacerse cargo de la búsqueda de caballos, sin cobrar sumas adicionales al gobierno pero con poderes plenos para actuar. La operación le permitió tres extraordinarios beneficios: primero, compró por sumas irrisorias todos los animales enfermos, quebrados e inservibles, y los vendió al gobierno con una ganancia del diez por ciento; luego, distribuyó emisarios por toda la isla, que robaron los mejores caballos, guardaron los más valiosos para los establos de Zu Calò y cedieron el resto al ejército por sumas altísimas; finalmente, creó un impuesto para todos aquellos que se negaban a vender sus tropillas y guardó para sí el dinero recaudado.

Cuando los caballos de Sicilia empezaron a morir de neumonía, enfermedades cardíacas o de simple vejez antes de llegar al frente, el ministro de Guerra ordenó una investigación. Zu Calò se lavó las manos y acusó a los nobles de engañar al gobierno por vender caballos mal alimentados. Dijo que las tierras donde pastaban eran de pésima calidad y que no había una sola hectárea que valiera un centavo. Los nobles contraatacaron y lograron llevar a juicio a don Salvatore, el hermano cura de Calò, que había servido como intermediario en el negocio con el ejército. Pero el escándalo que Zu Calò había creado sobre el valor de las tierras hizo que la estafa de los caballos perdiera importancia y al final se olvidara. En 1922, cuando la guerra había ya terminado y Mussolini estaba a punto de tomar el poder, Zu Calò compró las tierras de los nobles a precios ridículos, casó a sus lugartenientes con las hijas de los príncipes arruinados y logró que don Salvatore fuera nombrado obispo. Ese día dio una gran fiesta en su palacio de Villalba y recibió a todos los invitados con una frase que luego se convirtió en santo y seña de la mafia: Salutiamo agli amici. La crisi é finita ("Saludamos a los amigos. La crisis se acabó").

Desde hace ya algún tiempo -tal vez desde la Guerra de los Treinta Años, a comienzos del siglo XVII-, la palabra crisis está usándose lo mismo para un barrido que para un fregado. Cualquier disputa sin resolver o todo asomo de rebelión recibe el baño lustral de ese vocablo, cuyo sentido acabó apagándose con el uso. Crisis es un término singular, porque se escribe y se pronuncia casi igual (con las obvias diferencias ortográficas y fonéticas) en todas las lenguas occidentales y quizá también en las otras. Hay crisis de identidad, de adolescencia, conyugales, militares, políticas, espirituales, de abastecimientos y hasta crisis de orgullo.

En la Argentina de mediados de abril, durante la reunión cumbre de mandatarios americanos en Quebec, se sucedieron dos episodios, acaso no vinculados entre sí, que desataron una seguidilla de titulares con la palabra crisis : uno fue la crisis de la familia Yoma, cuyo jefe, Emir Fuad, también conocido como el Tío, fue enviado a la cárcel y procesado por presunto organizador de la corporación ilícita que vendió ilegalmente armas a Croacia y a Ecuador. Casi al mismo tiempo sobrevino el otro episodio: la crisis de la economía argentina, cuando las acciones de la Bolsa se derrumbaron más allá del seis por ciento en un solo día y la figura conocida como "riesgo país" subió a 1046 puntos.

El único frágil punto de unión entre las dos historias tal vez esté en el alboroto que armó el ex presidente Carlos Menem cuando aconsejó a los argentinos que, con "la mayor rapidez posible", convirtieran en dólares los pesos que tuvieran en el bolsillo, al afirmar que la eventual ampliación de la convertibilidad monetaria equivalía a una devaluación encubierta. Los mercados se agitaron y la Argentina tembló por algunas horas, mientras se olvidaba de las acusaciones contra Emir Fuad Yoma, ex cuñado de Carlos Menem y uno de los hombres más poderosos de su gobierno. Que la opinión pública se distrajera de la venta ilegal de armas no tiene necesariamente que ver con las declaraciones del ex presidente, pero así fueron los hechos.

Mafias de ahora

No siempre el origen de las palabras explica sus contenidos, porque las palabras son sonidos que se van llenando con los sentidos que les asigna el uso, el paso del tiempo y las mudanzas de la cultura. Así, por ejemplo, en su remoto origen, la palabra mafia , que viene del árabe, quería decir "lugar de refugio o de asilo". ¿Qué secreta asociación puede encontrarse en ese significado con las mafias de ahora? En cambio, la palabra crisis , que los romanos tomaron de los griegos, tiene que ver con la enfermedad: es el súbito y grave cambio que padece el cuerpo enfermo y que deriva hacia una mejoría o un empeoramiento.

En general, desconfío de los diccionarios desde que leí en el mejor de todos, el de María Moliner, que día es el "espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra", lo que devuelve a la humanidad a los tiempos de Tolomeo. Pero en el caso de crisis , la palabra está asociada al momento en que un cuerpo enfermo puede quebrarse para siempre o mejorar, y así aparece tanto en los diccionarios españoles como en el Robert francés y en el Oxford de la lengua inglesa.

Si se lo ve de ese modo, ¿cómo se podría decir que lo sucedido en la Argentina a mediados de abril fue una crisis? El país vive en estado de enfermedad perpetua desde hace quién sabe cuántos años, esquivando golpes militares y económicos, corruptelas a toda escala, caídas del salario, hiperinflaciones y actitudes o declaraciones irresponsables de algunos políticos encumbrados. Lo peor es que nadie sabe cuándo ni cómo salir de ese estado de enfermedad que ha empezado a convertirse en una segunda naturaleza.

De ahí que la Argentina se haya convertido en un país ciclotímico (otra forma de enfermedad), tan propenso a los terrores agudos como a los optimismos infundados. Así como no hay por qué dudar de que el gobierno hará todo lo posible por honrar su atroz deuda externa, aun con todo el costo que significa para su crecimiento, tampoco hay que entusiasmarse demasiado con las promesas de salvavidas que George W. Bush le hizo al presidente Fernando de la Rúa en Quebec. Los Estados Unidos de 2001 no son los mismos de 1995, cuando Bill Clinton corrió en auxilio de México para mitigar los desastres del efecto tequila -ahora hay un atisbo de recesión y la prosperidad de hace apenas un año está cayendo en picada-, y tampoco Bush dispone de la amplitud de maniobra que tenía Clinton. Es un presidente de legitimidad dudosa, con un apoyo legislativo que debe negociar todos los días. Y el estrepitoso abrazo que dio en Quebec a las democracias latinoamericanas no es algo con lo que está de acuerdo la clase dirigente de su país, mucho más inclinada hacia Europa occidental y las potencias asiáticas. También Bush y sus promesas atraviesan un momento de crisis.

Lo único que puede hacer ahora la Argentina es apretar los dientes y seguir su rumbo sin dudar, tanto para enderezar la economía como para sancionar la corrupción. Las vacilaciones ya han hecho mucho daño. Si no cesan las dudas, todos los Zu Calò que andan por ahí medrarán con el lánguido cuerpo del país enfermo. El Zu Calò de Caltanissetta se preciaba de haber no dudado ni una sola vez en la vida. No lo hizo ante Mussolini ni ante los aliados ni ante la policía de Nueva York. Era ya muy viejo cuando un día tardó diez minutos en responder si pagaría o no una deuda que le estaban reclamando de mala manera. Por esa única flaqueza lo abatieron de diez balazos. Sus últimas palabras fueron, vaya a saber por qué: La crisi é finita .

http://www.lanacion.com.ar/01/04/28/do_301088.asp

LA NACION | 28/04/2001 | Página 19 | Opinión

Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=301088&high=tomás%20Eloy%20Martínez