Países de mentira

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N.JERSEY.- Cuando era chico, me entretenía inventando países. Los situaba en lugares imaginarios que suponía inexplorados -al sur de las Malvinas, al oriente de la isla de Pascua, en los desiertos de Australia-, y en un cuaderno Avon narraba sus industrias, la apariencia de sus habitantes, las películas que filmaban. Yo tendría once o doce años, y a pesar de que en mi casa se hablaba incesantemente de política, por lo general con acento sombrío (eran los años del apogeo peronista), no sentía interés por ninguna de las palabras pomposas que fluían en las conversaciones: libertad, injusticia, opresión, poder. En mis países de mentira no había clases sociales ni leyes o códigos. Yo vivía, por supuesto, sumido en una realidad injusta y desigual, pero me habían educado para que no me diera cuenta.

El juego de los países inventados se me ocurrió leyendo las novelas de Julio Verne, donde personajes dementes y sensatos eligen ciudades ilusorias para dirimir pleitos, que siempre terminan sensatamente. Repetí el juego durante meses hasta que, aburrido de la esclavitud del cuaderno, me fui con la música de mis países a otra parte. A veces llevaba tablas a los árboles, y en ellas dibujaba mapas o asentaba ciudades de cartón y desiertos de papel de lija. Otras veces me asomaba a unas tierras en pendiente que se veían desde atrás de mi casa, e imaginaba que todo el paisaje -un circo, baldíos de tártagos, casas chatas en las que vivían adivinas y mecánicos, a veces un campamento de gitanos- era el país falso donde sucedían mis imaginaciones.

El hechizo comenzó a desmoronarse cuando leí La isla a hélice , una de las últimas (1895) y más extrañas fantasías de Julio Verne. Muchas de las novelas de Verne deslizan vaticinios que el tiempo ha revelado certeros: el nazismo y los campos de concentración asoman en Los quinientos millones de la Begun y en La asombrosa aventura de la misión Barsac , el Nautilus en Veinte mil leguas de viaje submarino , la bomba atómica en Bajo la bandera , el avión en Amo del mundo ; Lautréamont y Rimbaud fueron precedidos por los involuntarios poemas del capitán Nemo.

En esas vísperas de mi adolescencia no se podía saber que el primer vuelo tripulado a la luna sería casi un calco del viaje previsto por Verne: el Apolo XI de la NASA y el proyectil del Gun Club en De la tierra a la luna partieron desde el mismo sitio, tenían el mismo peso, siguieron idéntica trayectoria y regresaron a la misma zona del inmenso Pacífico. Tampoco era posible imaginar que los hologramas de El castillo de los Cárpatos , tan irreales en la novela de 1892, nacerían siete décadas después al conjuro de los rayos láser.

Don de profecía

El mérito de Verne no consiste en "traficar con hechos probables", como afirma la célebre calumnia de Borges. Si su obra perdura es porque hay en ella símbolos que reflejan la ridiculez, el patetismo o aun la nobleza de la especie, y porque sus personajes, como los de Dickens, no son diferentes de los que aparecen ahora en las páginas de los diarios.

Eso fue lo que me conmovió cuando leí La isla a hélice : el don de profecía. Mientras yo imaginaba países imposibles, los países de pesadilla narrados por Verne podían, tarde o temprano, convertirse en reales.

Ya no recuerdo con claridad las intrigas de aquella novela. Son inolvidables, en cambio, sus metáforas sociales y algunos de sus nombres. La historia comienza hacia el fin del verano. De la metrópoli húmeda y brumosa donde vivían, huyen los que Verne llama "dueños del mundo y reyes del capital financiero". El lugar que les sirve ahora de refugio es una isla metálica de siete kilómetros de largo y cinco de ancho, movida por motores descomunales. En el centro está Miliard City, un conjunto de casas de aluminio y paredes transparentes donde los millonarios celebran fiestas obscenas servidas por aduladores profesionales y criados ciegos.

En las primeras páginas de la novela, el lector supone que asistirá a un interminable desfile de proezas mecánicas, inverosímiles a fines del siglo XIX: lluvias artificiales, aire acondicionado, dínamos que controlan la fuerza de los músculos y la rutina del corazón. Pero ya en el tercer capítulo comienzan a insinuarse otros signos: la isla navega bajo la bandera de los Estados Unidos, que en esa época se han expandido hasta ocupar los territorios de México, Canadá, América Central y el Caribe. Los únicos millonarios que se toleran a bordo son los que provienen de esos parajes o de países con los que Miliard City mantiene lo que Verne llama "relaciones de parentesco"-.

Verne era o se declaraba conservador. Más que una novela social, La isla a hélice es una vasta alegoría contra las perversidades del dinero y contra las clases ociosas, a las que opone las virtudes de la naturaleza y del trabajo. El único poder ante el que se someten los pobladores de la nave es el del dólar. Lo único que añoran, extrañamente, es la música: sólo la oyen a través de fonógrafos y teatrófonos.

Para poner fin a ese deseo, secuestran a un cuarteto de cuerdas de origen francés de gira por California. Lo que imaginan como placer termina sin embargo como catástrofe. Cuando el cuarteto llega a bordo, los millonarios deciden dar una fiesta para celebrar el cumpleaños del más viejo de los bufones. La fiesta debe comenzar con el baile de cincuenta odaliscas que sólo conocen música oriental. El cuarteto es incapaz de ejecutarla. En su repertorio sólo aparecen (y aquí cito uno de esos pasajes de Verne con los que ejercitaba mi memoria de adolescente) "el genio a la vez cándido y brillante de Haydn, la estrella sublime de Beethoven, la sensibilidad exquisita de Weber, y sobre todo, Mozart. Mozart no es un rey. Yo diría que es un dios, puesto que se tolera que Dios exista".

Precio de la impunidad

La fiesta deriva en combate, el combate en rapiña, la rapiña en la destrucción de la isla navegante. En uno de los últimos párrafos, Verne afirma que cuando el hombre pierde conciencia de sus propios fines, la ruina es inevitable. "Todo el que se cree impune termina por ser una caricatura de sí mismo", escribe, "y en esa caricatura encuentra su castigo".

La isla a hélice disipó las ilusiones de mi niñez. Dejé de inventar países y presté más atención a lo que en mi casa se entendía por injusticia y opresión, que a veces era lo contrario de lo que afirmaba Verne. Con el tiempo, a medida que se iban cumpliendo las profecías de sus novelas, empecé a buscar en qué realidades de la historia podían caber las terribles metáforas de la isla enloquecida por el dinero.

Pensé primero en los Estados Unidos, a los que Verne dedicó veinte libros y sobre los que escribió con tanta admiración como inquina. La voluntad de expansión es allí cierta (e incesante), pero no lo es la impunidad del poder. Imaginé, con esa infantil costumbre de creer que los lugares ilusorios pueden ser reales, que Miliard City era Cape Cod, o Monte Carlo, o el yate de Onassis o, ¿por qué no?, Pinamar y Punta del Este, un verano cualquiera.

Pensé que el lugar y la época debían coincidir. Y entonces vi la isla a hélice en la Roma de La dolce vita , en los palacios flotantes de Donald Trump hace cinco años, en las riberas del río de la Plata al terminar 1999. No todas las profecías tienen por qué cumplirse. Pero las que se cumplen, suelen hacerlo más rápido de lo que se tarda en pensarlas.

http://www.lanacion.com.ar/00/01/08/o04.htm

LA NACION | 08/01/2000 | Página | Opinión