Para una historia de la mentira

Por Tomás Eloy Martínez

The New York Times


HIGHLAND PARK, N. Jersey.-No conozco lugar del mundo en el que haya una pasión tan fundamentalista por la verdad como los Estados Unidos y, a la vez, no conozco lugar del mundo donde se mienta tanto. Mucha gente inteligente intenta saber qué pasa cuando se dice una mentira después de una vida de verdades. Algunos salen indemnes, como Theodore Roosevelt, que inventó al menos dos guerras imperiales -la guerra contra España, la del canal de Panamá- y las ganó todas; otros, en cambio, pagan un precio más alto del que merecen.

Tal vez sea ése el caso del muy respetado historiador Joseph P. Ellis, profesor eminente de una de las universidades más elitistas de la Costa Este, Mount Holyoke College, que a mediados de agosto fue suspendido de su cátedra por mentir que había combatido en la guerra de Vietnam. El talento y la inquebrantable honestidad de Ellis le habían ganado un prestigio de acero en la academia norteamericana. Hace pocos meses recibió el premio Pulitzer por un libro sobre el origen de su país, Founding Brothers: The Revolutionary Generation ("Hermanos fundadores: la generación revolucionaria"), un modelo de investigación escrupulosa, en la que no hay un solo dato que no esté confirmado por varias fuentes.

Pero la vida de Ellis en Mount Holyoke debía de ser aburrida y gris. El pasado semestre de primavera, a comienzos de 2001, tuvo que dictar un seminario sobre Vietnam y la cultura norteamericana sustituyendo sus habituales cursos sobre las guerras de independencia. En vez de ofrecer lo de siempre, información rigurosa, inteligencia para interpretar los hechos y un continuo tedio, el profesor decidió adornar su oscuro pasado. Narró a los estudiantes un sinfín de hazañas como oficial audaz y envuelto en incesantes peligros. Les dijo que había sido asistente del comandante de operaciones en Vietnam, el general William C. Westmoreland, y que combatió cerca de My Lai días antes de que un batallón norteamericano asesinara allí a cientos de civiles desarmados. Aunque el tono de su voz era entusiasta y enfático, el relato parecía inverosímil en un hombrecito como él: tímido, miope, de sonrisa perpetua y andar vacilante.

Alguien repitió el relato de esas glorias a un periodista del Boston Globe , que las reprodujo con escepticismo primero, y después -al verificar que eran falsas- con indignado escándalo. El prestigio forjado por el profesor Ellis durante treinta años de enseñar y publicar con honestidad y brillo se vino abajo en un segundo de estupidez. Una vez que arrojó la primera mentira al aire, tuvo que sostenerla con otra mentira y siguió así, hasta que lo detuvo el Boston Globe.

Tanto en las cátedras norteamericanas como en el periodismo hay dos inquebrantables dogmas de fe: la libertad absoluta de los profesores para enseñar e informar lo que les parezca y como mejor les parezca, y la exigencia puritana de ser siempre fieles a la verdad. El método ha producido excelentes resultados, porque aunque hay universidades donde se sigue cuestionando a Charles Darwin o leyendo a Cortázar, Borges y Juan Rulfo a través de un filtro homosexual -los tres figuran en varias listas de lo que aquí se llama Queer Studies -, el nivel de las clases es en general altísimo. Y el periodismo norteamericano es, donde quiera se lo lea, tal vez el más innovador del mundo.

Pero, por naturaleza, todo fundamentalismo es una invitación continua a la transgresión. El profesor Ellis dista de ser un caso único. Casi no hay presidente de los Estados Unidos al que no se le haya deslizado alguna falsedad, y en el periodismo es aún memorable el caso de otro premio Pulitzer, Janet Cooke, que en 1980 inventó de pies a cabeza la historia de un chico de ocho años que se inyectaba heroína con el consentimiento de la madre. La mentira de Cooke sería imperdonable también en América Latina, pero tal vez a Ellis se lo condenaría allí sólo por la torpeza de su arrogancia, por la inocencia de su impostura. Nadie lo tomaría en serio.

Verificación de datos

En el periodismo, el celo por la verdad suele llegar a extremos insufribles. Fui testigo personal de esos excesos en 1989, cuando la revista Atlantic Monthly de Boston me encomendó un extenso reportaje sobre la hiperinflación argentina. A la semana siguiente de entregarlo, la oficina de verificación de datos llamó treinta y seis veces bien contadas a mi casa de Buenos Aires para que explicara de dónde había tomado tal o cual cifra, cuándo y por qué tal personaje me había dicho lo que me dijo. Más de una vez perdí la paciencia porque las inquisiciones me parecían insultantes, hasta que gente con más experiencia que yo en las costumbres de la prensa norteamericana me explicó que la situación era usual.

Uno de los personajes del artículo era un obrero de Berazategui que vivía en una casa precaria, tenía un trabajo más precario aún al que debía llegar a las seis de la mañana, y había perdido el único reloj de la casa. Se levantaba en medio de la noche, por lo tanto, caminaba hasta la parada de ómnibus y esperaba al primero que pasara para preguntarle la hora. Mi relato sonó tan inverosímil que la revista envió a un corresponsal de la oficina de verificación para hablar con el obrero. Lo que publicó el Atlantic Monthly terminó costando tres veces más de lo que me pagaron.

El afán de verdad, que es tan saludable en el periodismo como en la historia y en la vida, es una de las enfermedades puritanas más devaluadas por las últimas teorías del lenguaje y por los epígonos de la filosofía idealista, para los cuales la verdad absoluta no existe o es una convención. Pero tanto en Estados Unidos como en las culturas hispanas se ha mentido más de una vez en defensa de un fin que se creía superior.

El canallesco senador Joseph McCarthy, por ejemplo, informó a la opinión pública, en 1950, que 205 comunistas se habían infiltrado en el Departamento de Estado. La cifra era tan alarmante y a la vez tan precisa que creó un asfixiante clima de paranoia y sospecha en todas las oficinas del gobierno. Más candorosos, los monjes de la Edad Media no veían -pese a las severas advertencias de san Agustín- la menor incongruencia entre componer un poema devoto y propagar en ese poema un fraude religioso. Para Gonzalo de Berceo, por ejemplo, esas dos actividades eran vertientes de una misma obligación. Entre 1243 y 1245 estuvo involucrado en la falsificación de los Votos de San Millán, para lograr que los pueblos de Castilla y algunos de Navarra pagaran un tributo anual a su monasterio.

Lo que en América Latina puede ser un error venial, un acto de inmadurez sin consecuencias, en Estados Unidos es una irresponsabilidad sin nombre que se paga carísimo. A ningún argentino, venezolano o brasileño, por ejemplo, le habría costado la carrera política que lo sorprendieran en adulterio con una modelo de segundo rango, como le sucedió a Gary Hart cuando estaba a punto de ganar la candidatura a la presidencia por el partido Demócrata. Piedras de escándalo mayores fueron pasadas por alto en estas latitudes del sur. Pero acá o allá, tanto en la historia como en el periodismo o en la cátedra universitaria, el respeto a la verdad es un dogma sin vueltas, porque una sola mentira contamina de falsedad todo lo que se diga, aunque el resto sea verdadero.

Por eso hay más de un historiador y de un periodista que se han volcado a la ficción, donde la libertad de imaginar no sólo es legítima sino también necesaria. Lo peligroso es cuando esa tentación alcanza también a los políticos, que a veces adornan la realidad con hazañas que no existen, como las del profesor Ellis .

http://www.lanacion.com.ar/01/09/01/do_331872.asp

LA NACION | 01/09/2001 | Página 19 | Opinión

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