Pasiones brasileñas

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Más de una vez, en las calles de Río de Janeiro o en las de San Pablo, la gente se ha preguntado si está caminando dentro de una telenovela. La pasión es un lenguaje tan común en Brasil, tan cotidiano, que los autores de ficción no necesitan inventar nada, porque la realidad lo inventa antes que ellos. Los crímenes de amor suceden a menudo en las favelas, pero también ocurren entre los personajes famosos, porque en Brasil la efervescencia de los sentimientos no reconoce diferencia de clases.

El domingo 20 de agosto, a las dos y media de la tarde, Antonio Marcos Pimenta Neves, de sesenta y tres años, asesinó de dos balazos a Sandra Gomide, de treinta y dos. Ambos trabajaban en la misma empresa y habían sido amantes durante tres años. Desde hacía meses, Sandra quería romper la relación, pero el obsesivo Pimenta, enfermo de desesperación y de despecho, no se lo permitía. Imaginaba que ella se había enamorado de otro hombre más joven, y para sorprenderla, abría el correo de su computadora, la perseguía -ciego de celos- en automóviles que iba estrellando por las calles, vigilaba las sombras de su casa por las noches, como James Stewart en La ventana indiscreta .

Contado de esa manera, el crimen parece uno de tantos. No lo es. Pimenta Neves, al que conocí fugazmente durante un almuerzo, en 1996, era uno de los periodistas más poderosos de Brasil. De modales cautos, formales, reflexivos, nadie habría dicho que era capaz de una pasión violenta. Cuando coincidí con él en un restaurante japonés de San Pablo, descubrimos que habíamos sido críticos de cine en la misma época y que habíamos amado las mismas películas. Pimenta acababa entonces de regresar de Washington, donde había servido como asesor del Banco Mundial, y dirigía Gazeta Mercantil , el diario económico más prestigioso de Brasil.

Supe que sus dos hijas gemelas, nacidas en 1972, vivían en Washington con la madre, y que la soledad a veces le pesaba. Al año siguiente de nuestro encuentro lo nombraron director de O Estado de São Paulo y en ese momento lo perdí de vista. El Antonio Pimenta Neves que conocí es, por lo tanto, anterior al de la tragedia.

En algún momento de 1997 se enamoró de Sandra Gomide, la editora de la sección Empresas & Negocios en Gazeta Mercantil , y cuando pasó a O Estado se la llevó consigo. En pocos meses, Sandra vivió ascensos de vértigo. Su salario de redactora especial, mil dólares, subió casi cinco veces. Era una mujer llamativa y sensual y, al parecer, de una asombrosa inteligencia. Estaba haciendo estudios de posgrado en el Instituto de Investigaciones de San Pablo y sus artículos sobre las fusiones en las empresas brasileñas de aviación fueron citados por toda la prensa del país a comienzos de año.

Algo debía de andar mal entre ella y su enamorado, porque hace un par de meses, en una reunión de editores de O Estado , Pimenta se quejó de que Sandra estaba descuidando su trabajo y anunció que le había pedido la renuncia. En la redacción del diario vieron al director investigando en el correo privado de la computadora de Sandra para leer los mensajes que ella habría recibido de un empresario ecuatoriano del cual -creía Pimenta, sin razón alguna- la joven se había enamorado.

La historia no parece diferir de otras que son ya célebres en la ficción, como la historia de Carmen en la novela homónima de Prosper Merimée y la de Lola Lola o Rosa en El ángel azul , de Heinrich Mann. Los crímenes brasileños son movidos, sin embargo, por pasiones más complejas. A veces los desata el amor propio o la honra herida, pero la causa más frecuente es el afán de posesión.

Los ejemplos abundan, y algunos siguen aún vivos en la memoria de la gente, como el inolvidable crimen del escritor Euclides da Cunha, autor del clásico Os sertões .

En enero de 1906, Da Cunha era miembro de la Academia Brasileña de Letras, superintendente de Obras Públicas y una de las personalidades más notables del país. Al regresar de un viaje de catorce meses por el Amazonas, encontró embarazada a su esposa, Saninha. En vez de repudiarla, decidió adoptar al niño. Al cabo de otro año, nació un segundo hijo que tampoco era suyo, y también lo admitió sin reproches. Sólo reaccionó cuando, en agosto de 1909, Saninha abandonó el hogar conyugal y se fue a vivir con el amante de todos esos años, Dilermando de Assis.

Da Cunha, que había admitido el adulterio, no pudo tolerar el abandono. Se presentó en la casa de su rival y luego de disparar su revólver al aire, apuntó al corazón de Saninha. Se le adelantó Dilermando, que era campeón nacional de tiro al blanco, con un balazo certero en el pecho. La muerte de Da Cunha fue una tragedia por la que Brasil guardó tres días de luto público.

El crimen de Pimenta Neves

Tampoco Pimenta quiso aceptar el abandono de Sandra. Se presentaba en su departamento a cualquier hora del día o de la noche, con pretextos diversos, y en algunas ocasiones la abofeteaba. Sandra lo denunció a la policía por "invasión de domicilio y agresiones", pero nada pasó. Los investigadores imaginaron que se trataba sólo de reyertas triviales entre un hombre de inmenso poder y la mujer que amaba.

El 20 de agosto al amanecer Pimenta llegó al haras Setti, cerca de San Pablo, donde solía descargar sus tensiones cabalgando y donde la familia de Sandra guardaba dos caballos. Sabía que en cualquier momento ella aparecería, como todos los domingos. Esperó hasta las dos y media de la tarde. Cuando la vio llegar, desenfundó el revólver Taurus calibre 38 que llevaba consigo y le dijo que iba a matarla y a suicidarse si insistía en abandonarlo. Sandra gritó: "¡No lo hagas, Pimenta! ¡No!" Se oyeron entonces dos balazos: uno acertó a la víctima en un pulmón; el otro, mientras caía, le fue disparado a la cabeza, desde una distancia de cuarenta centímetros, un poco por arriba de la oreja izquierda.

Pimenta recogió con parsimonia las dos cápsulas servidas y huyó en su automóvil. Durante horas vagó por la zona rural de Ibiúna, en las cercanías del haras, hasta que decidió buscar refugio en casa de un amigo. El martes por la tarde escribió una carta de despedida a sus hijas gemelas en la que dijo que había perdido todo interés por la vida. Tomó una dosis excesiva de Lexotanil y se tendió en la cama a morir. Lo encontraron a las dos horas y lo rescataron del coma en que estaba sumido.

Ahora Pimenta se ha convertido en acusador de la muerta. Sostiene que ella lo engañaba "personal y profesionalmente", que burló su honra y que le contagió una enfermedad venérea. ¿El crimen fue entonces un acto de pasión ciega, la trama de una venganza o la destrucción del objeto amado por un enfermo que ya no podía poseerlo? Dos de las mujeres más inteligentes de Brasil, la novelista Nélida Piñón y la socióloga Rosiska Darcy de Oliveira, consejera del presidente Cardoso para asuntos de la mujer, suponen que la violencia sigue siendo el único modo de expresión de todo macho que siente su orgullo herido. "La propia sociedad es cómplice -dice Rosiska-. El Código Penal no prevé ningún castigo para el hombre que golpea a la mujer. Y de allí al crimen hay sólo un paso."

Recluido en un hospital de reposo, Pimenta se ha desentendido ahora de todo arrepentimiento y asume, confiado, el papel de víctima. Sabe desde hace tiempo que ha entrado en una telenovela. Lo que no sabe es que los condenados a ese infierno ya jamás pueden salir de él.

http://www.lanacion.com.ar/00/09/02/o07.htm

LA NACION | 02/09/2000 | Página | Opinión