Retrato del poder
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Carlos Salinas de Gortari volvió a México y la irrealidad pareció regresar con él. Como todo lo que le sucedió en los últimos cinco años, sus historias de fábula son un espejo en el que podrían reflejarse otros hombres de poder, en otras latitudes. Bastó que saliera de Londres en un vuelo privado y, tras una escala en Nassau, aterrizara en el aeropuerto de Toluca a las seis y media de la madrugada del 12 de junio para que los peores fantasmas del pasado mexicano se pusieran en movimiento.
La llegada del calvo y diminuto ex presidente de cincuenta y un años exhumó historias que la gente no ha olvidado pero en las que no quiere volver a pensar: allí están, todavía calientes, las ilusiones de prosperidad en las que Salinas hizo creer a todo el país y que se acabaron cuando su heredero, Ernesto Zedillo, tuvo que devaluar drásticamente el peso diez días después de asumir el gobierno.
Allí también están las imágenes del Salinas penitente que aparecieron en la prensa cuando se refugió en una pobre casa de las afueras de Monterrey, en febrero de 1995, amenazando con morirse de hambre si no se levantaban las acusaciones de corrupción contra su hermano Raúl. Dos días después, Carlos Salinas volvió a comer y se marchó al exilio, mientras Raúl enfrentaba un proceso que terminó condenándolo a cincuenta años de cárcel por el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu.
El mandato de Carlos Salinas empezó con una fuerte sospecha de fraude electoral, en 1988, y entró en caída libre cuando el candidato que él mismo había elegido para sucederlo, Luis Donaldo Colosio, fue asesinado en Tijuana a fines de marzo de 1994, pocos meses antes de las elecciones. Nadie acusa a Carlos Salinas de nada, pero casi todo lo que él toca termina en tragedia.
Aunque América Latina abunda en historias inverosímiles de poder y despoder, hay pocas que tengan el exceso de locura y delirio que hay en las historias mexicanas. Poco antes de la llegada de Salinas, compré un libro de 550 páginas, que ha vendido en México más de 100.000 ejemplares en menos de dos meses, y que es uno de los relatos más implacables y sólidos de esa cultura política hecha de medias palabras, de afirmaciones que son negaciones y de gestos que significan lo contrario de lo que representan.
Efecto de irrealidad
El libro se titula La herencia y su autor es el notable columnista y profesor de la Universidad de Nueva York Jorge G. Castañeda. Me lo llevé a un viaje de dos horas en tren, esperando terminarlo al regreso, pero preferí faltar a las citas que tenía y quedarme en un café de la estación leyéndolo hasta que se acabó. Castañeda ha escrito algunas obras notables en los últimos años, como su ensayo sobre las izquierdas latinoamericanas - La utopía desarmada - y su biografía del Che, que en inglés se titula Compañero . De lejos, La herencia me pareció la mejor de todas.
Como todos los grandes ensayos políticos, parte de una idea tan simple que a uno le sorprende por qué no se le ocurrió antes a ningún otro mexicano: cuenta, a través de cuatro larguísimas entrevistas con otros tantos ex presidentes y de un relato armado con las conversaciones cruzadas de veintisiete testigos, la historia de ese ritual exclusivo de la política mexicana que se llama "destape", y que consiste en la elección que cada presidente hace del hombre que habrá de sucederlo, simulando que el complejo trámite es una búsqueda de consenso y que ese consenso es un proceso democrático.
Los cuatro ex presidentes que hablan son los que sobreviven: Luis Echeverría (1970-76), José López Portillo (1976-82), Miguel de La Madrid (1982-88) y Carlos Salinas de Gortari (1988-94). El relato siguiente, que se titula "La visión de los venidos", recupera las versiones de los que compitieron por el poder y se quedaron atrás, así como de unos pocos observadores privilegiados. El cotejo entre las dos historias produce un rarísimo efecto de irrealidad, porque todos parecen estar hablando con plena conciencia de su lugar en la historia -lo que muchas veces equivale a minimizar el lugar de los otros-, y el lector termina sin saber a quién creerle. No es eso lo que importa, sin embargo: lo que importa son las sutiles esgrimas del poder, las zancadillas, los espejismos, las desilusiones.
Personajes inverosímiles
Algunas desdichas son comunes. Casi todos los ex presidentes se quejan sesgadamente de la traición de sus herederos, pero las peleas son más explícitas cuando la sucesión se produce por descarte, como en el caso de López Portillo y de La Madrid. Peor es la relación entre Salinas y Zedillo, porque allí ni siquiera hay buenos modales o simulaciones. En las últimas dos páginas, Castañeda resume esa batalla: Zedillo creyó que había vencido por cuenta propia y, por lo tanto, no le debía nada a nadie, mientras que Salinas se sintió engañado por alguien que no cumplió sus promesas.
El retrato de Salinas a través de algunos testigos imparciales es magistral y revelador. La imagen que prevalecía era la de un economista seguro de sí, astuto hasta la genialidad y de una imaginación sin límites para tejer alianzas y desplazar a sus adversarios. La herencia erosiona esa imagen: descubre que, en los momentos de crisis extrema, cuando las cartas dejan de estar a su favor, Salinas se paraliza y se esconde como un niño.
Uno de los momentos más oscuros de esta oscura historia -y el más luminoso, quizá, desde el punto de vista narrativo- es el que cuenta lo que pasó el 6 de julio de 1988, cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobierna a México desde 1928, estuvo a punto de perder su hegemonía y tal vez la presidencia de la república. Un mal calculado sistema de anuncios permitió que, a eso de las ocho de la noche, se filtraran algunos resultados según los que Salinas iba perdiendo por un margen amplio, sobre todo en la ciudad de México. Se avecinaba una catástrofe.
Mientras algunos avezados oficiales del partido gobernante y los más cínicos colaboradores de Salinas organizaban el fraude, una multitud de campesinos, obreros e intelectuales del PRI se congregó en la sede del partido, a la espera de la proclamación ritual. Para que Salinas ganara, con derecho o sin él, era imprescindible que pronunciara su discurso de victoria.
Hay que contar lo que sigue en tiempo presente. Las horas pasan y el candidato no quiere salir. Se ha refugiado en un cuartito alto y sin luz del mismo edificio. No lleva saco ni corbata. Está con las manos en la barbilla, los codos en el escritorio. Su aspecto es patético. Los partidarios, afuera, se impacientan; los caudillos de su propio partido se desesperan.
El ex presidente La Madrid llama al candidato por teléfono y le ordena dar la cara de una vez. Salinas se niega: "No tengo bases para hacerlo", le dice. Diez años más tarde, se justificará explicando que "la era del partido único había llegado a su fin y no quería pronunciar un discurso que desconociera esa nueva realidad". Los que estaban cerca de él cuentan, en cambio, que lo había vencido el pánico. Estaba, insisten, "pasmado".
Tal vez sucedan historias semejantes en otras latitudes. Las de México, en cambio, son de una irrealidad devastadora. "Pongámonos a contar lo que pasa en la calle y arrojemos nuestras novelas al mar", ha dicho Carlos Fuentes. Tal vez tenga razón, porque cualquiera de los personajes de La herencia -o los Collor de Mello, los Ríos Montt y los Bussi de cada día-, que serían inverosímiles en una ficción, está a la vista de todos en los noticieros de la noche. Que lo diga, si no, Carlos Salinas de Gortari, decidido a regresar a México para otra huelga de hambre imposible.
http://www.lanacion.com.ar/99/06/19/o04.htm
LA NACION | 19/06/1999 | Página | Opinión