Santa Claus en Seattle

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Todos los pueblos de los Estados Unidos tienen su Santa Claus. En el mío, un suburbio de doce mil habitantes situado cuarenta kilómetros al sur de Manhattan, Santa Claus es un irlandés con pómulos de manzana y un humor estrepitoso. Se llama Seamus, como casi todos los irlandeses de por aquí, pero nadie se acuerda de su nombre. Los vecinos lo llaman Santa, y hasta en el banco le pagan los cheques a la orden de Santa O´Hare.

Durante los diez primeros meses del año es un prodigioso carpintero remendón, que restaura mecedoras, armarios viejos y camas de dosel con más arte del que tenían en su estado virginal. Todos los días se lo ve ir y venir por las soñolientas calles de Highland Park en una camioneta destartalada que rebosa de tablones, molduras, leznas, serruchos y pinturas, acompañado por alguno de los infinitos hijos que ha traído al mundo y que reproducen los mismos pómulos de manzana y la misma estampa jubilosa del padre.

Pero desde principios de noviembre a Santa ya no le interesa otra cosa que prepararse para la Navidad. Tiene por lo menos media docena de trajes púrpura con cuellos y puños de piel artificial, que se hinchan con algodones de mentira y cámaras de aire, una colección de anteojos de marco cuadrado, y grandes barbas blancas que se ajustan a la cara con artificios de actor profesional para que los niños incrédulos no puedan despegarlas. En estos menesteres, lo más importante es la resistencia del disfraz. Más de una vez, las barbas de Santa han estado a punto de sucumbir entre las uñas de los escolares que van a sacarse fotos con él en el enorme centro comercial de Menlo Park.

Todos los diciembres, desde la inmemorial inauguración del centro, Santa trabaja de las 10 de la mañana a las 10 de la noche al pie de un enorme globo de colores, junto a un trineo de cartón pintado que navega por un lago de vidrio. Todo lo que hace es servir de modelo para las postales de Navidad y, hasta 1999, nunca le había ido mal. Santa tiene una enorme familia por alimentar y las propinas de diciembre le aportan más dinero que las carpinterías de todo el año.

Dos de sus hijos se marcharon hacia la costa oeste hace algún tiempo. Son excepcionales jugadores de hockey y, como tales, consiguieron una beca para estudiar en la Universidad del Estado de Washington. Los padres quisieron ir a visitarlos más de una vez, pero el viaje a la otra costa les resultaba demasiado caro y, por una u otra razón, lo fueron postergando. El hijo mayor encontró, al fin, una solución providencial. No sólo consiguió que el padre fuera contratado como Santa Claus por la tienda Niketown, de Seattle. También se las ingenió para que la madre fuera aceptada como señora Claus, con un disfraz más sencillo: largo vestido púrpura, delantal blanco de encaje, peluca de abuelita y los infaltables anteojos cuadrados.

¿Cómplice de la explotación?

Seattle es la ciudad más lluviosa, apacible y con mejor calidad de vida de los Estados Unidos. Alrededor de la Universidad y en las elegantes avenidas del centro abundan las cafeterías Starbucks, donde la gente se reúne a leer y a conversar por horas, sin que nadie la apremie. Santa O´Hare y su esposa llegaron a la ciudad el domingo 28 de noviembre, y el lunes 29 empezaron a trabajar bajo la marquesina de Niketown, uno de los centros mundiales de distribución de los productos Nike. La única obligación de la señora Claus era agitar las campanillas de Navidad, mientras el señor Claus alzaba en brazos a los niños y les decía las mismas palabras de ilusión que había aprendido de memoria en las eternas veladas de Menlo Park.

Ese lunes 29 todo les pareció maravilloso e inolvidable. Al regresar al hotel que les habían reservado sus hijos, en la calle Seneca, contaron las propinas y descubrieron que entre los dos habían recaudado casi quinientos dólares. A ese ritmo, podían regresar a New Jersey con una pequeña fortuna.

Pero a la mañana siguiente la ciudad estaba ensombrecida por malos augurios. Miles de manifestantes se habían concentrado cerca del Centro de Convenciones del Estado de Washington, justo detrás de Niketown, para protestar contra la conferencia mundial sobre libre comercio.Ya estaban allí los delegados de 135 países y, al parecer, no había razón para que las cosas salieran mal.

A eso de las 11 de la mañana, sin embargo, un joven de anteojos y barba rala se acercó a la señora O´Hare y le dijo en voz baja: "¿No le da vergüenza trabajar acá? ¿No sabe que los zapatos que venden en este lugar se fabrican con la sangre de niños esclavos que ganan 10 centavos por hora en Malasia y en Singapur? ¿Qué clase de Santa Claus son ustedes?" La señora O´Hare, perturbada, interrumpió una de las bendiciones de su marido y le contó lo que acababa de oír. En ese instante, dos policías con armaduras de tortugas ninja y un arsenal de granadas lacrimógenas en la cintura, se apostaron ante la puerta del negocio y enarbolaron, amenazantes, largos bastones de madera.

Santa siempre fue un buen hombre y se quedó pensando en lo que había dicho el joven de anteojos. Quizá fuera verdad, quizá no. Más de una vez había oído historias como és, y en su propio país, en Irlanda, algunos niños trabajaban como esclavos. Pero una cosa eran las fatalidades y otra muy distinta era ser cómplice de la explotación. ¿Sería eso lo que estaba ocurriendo?

Palos y piedras

No entendía mucho de globalización ni de libre comercio. Había leído que la globalización estaba aportando prosperidad, fuentes de trabajo y también algunos inevitables daños ecológicos. En verdad, le había sorprendido ver en Seattle a muchas mujeres con tapados de piel. Hacía años que habían desaparecido las pieles para evitar que los militantes ecologistas las arruinaran con pinturas y fumigadores de ácido, como a principios de los 90. Pero ahora estaban allí de nuevo, imperiales e impunes.

Casi en seguida se desató una cruel batalla campal en todas las calles próximas a Niketown. Al final del día, había medio millar de detenidos y decenas de vidrieras rotas. Algunas de ellas habían hecho suspirar de admiración a la señora O´Hare el domingo de su llegada: Nordstrom, Old Navy, F. A.O. Schwarz, Banana Republic. También las vidrieras de Niketown sucumbieron a las pedradas de los manifestantes. Pero en ese momento, Santa y su mujer ya se habían refugiado en el sótano y se habían quitado las ropas de Navidad, con la terrible certeza de que el día estaba perdido, y tal vez el día siguiente, y todos los demás días de aquel diciembre feliz.

Era ya casi medianoche cuando lograron deslizarse hasta el hotel de la calle Seneca, esquivando las ruinas de las batallas. Estaban levantándose para trabajar a la mañana siguiente cuando les avisaron que Niketown cerraría sus puertas por algún tiempo y que la Navidad se había acabado. Los delegados de la conferencia de libre comercio estaban oyendo los últimos discursos, y pronto regresarían a sus países sin haber resuelto nada.

Santa, con su mujer, también tuvo que atrapar el primer vuelo libre a Nueva York para no perderlo todo. En Menlo Park le habían prometido un trabajo de consuelo, con la condición de que se presentara antes del 5 de diciembre. Sus hijos fueron a despedirlo al aeropuerto, y ésa fue la única ocasión que tuvo de abrazarlos. Ahora está otra vez al pie del globo de colores, junto al trineo de cartón, pero tiene que compartir las propinas con otro Santa Claus. Es raro el día en que consigue más de treinta dólares.

Tal vez haya tantas desigualdades en este final de siglo como en el anterior. Tal vez sean idénticos los abusos, la corrupción, las esclavitudes y la codicia, porque la condición humana no cambia de un día para el otro, ni de un milenio a otro. Pero la globalización y el libre comercio, que han aumentado la riqueza de tantos hombres ricos, acaso deberían inventar también un Santa Claus como Seamus O´Hare, que fuera capaz de compadecer, de compartir y de rezar todos los días por un mundo más solidario.

http://www.lanacion.com.ar/99/12/24/o05.htm

LA NACION | 24/12/1999 | Página | Opinión