Sorpresas te da la vida

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N.J.

DESDE hace por lo menos tres décadas, todos los gobiernos mexicanos se cerraron con algún desastre. El de Gustavo Díaz Ordaz quedó mancillado para siempre por la matanza de estudiantes en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. El de Luis Echeverría Alvarez, por el despilfarro enloquecido de los dineros públicos y por el golpe de censura que desalojó del diario Excelsior a dos de las mayores figuras intelectuales del país: el periodista Julio Scherer y el escritor Octavio Paz. En 1982, José López Portillo se marchó tras un terremoto financiero que dejó el país en estado de quiebra: la deuda externa había pasado en seis años de 26.000 millones a 80.000 millones de dólares, y el peso mexicano cayó de 22 a 150 por dólar. En julio de 1988, Miguel de la Madrid aprobó el fraude electoral que concedió la presidencia a Carlos Salinas de Gortari: la noche de los comicios, la derrota del candidato oficial era tan evidente que se inventó un desperfecto técnico en el escrutinio para manipular el resultado.

Parecía que a México no podía irle peor, pero le fue, en los doce años que siguieron. Salinas construyó una imagen -falsa- de presidente modelo, hasta que el país se le cayó encima. Once meses antes de marcharse, el 1º de enero de 1994, nueve mil guerrilleros zapatistas tomaron tres ciudades en el Estado de Chiapas. Poco después, en marzo, caería asesinado Luis Donaldo Colosio, candidato a la sucesión. En septiembre habría otro crimen, el del secretario general del partido de gobierno, y esta vez se sabría casi con certeza que el autor intelectual del crimen era el propio hermano del presidente.

Todos pensaron que la fatalidad iba a encarnizarse también con la figura elegida de apuro para gobernar a México durante el sexenio siguiente. El descolorido Ernesto Zedillo heredó una presidencia autoritaria, casi monárquica, un partido esclerosado y renuente a ceder espacios de poder y una corrupción tan enquistada ya en la vida pública que los mexicanos la creían consustancial a las desdichas del país.

Democracia imperfecta

México le debe ahora a Zedillo haber demolido todos esos obstáculos con discreción extrema. Cuando él se haya retirado de su lugar de mando, el 1º de diciembre, el país será por completo diferente. No se ha disuelto la corrupción, pero la democracia ha dejado de ser imperfecta, como lo fue durante casi toda la historia mexicana. Al regresar a México en 1976, después de una ausencia de diez años, Octavio Paz escribió que cualquier transformación que se intentara en su país exigía, "como condición previa, la reforma democrática del régimen". Veinte años después, Zedillo hizo pedazos la esclerosada osamenta del partido de gobierno, el PRI, e inició un profundo y sincero proceso de modernización política. En el PRI lo detestan, pero México se lo agradece.

Es ya difícil que, faltándole tres meses para irse, lo alcance la fatalidad que persiguió a sus predecesores. Zedillo pagó el precio de la mala suerte al principio de su mandato, cuando toda la armazón económica de Salinas se le derrumbó en las manos, y México fue salvado de la bancarrota por el salvavidas que le arrojó el gobierno de Bill Clinton.

Los reflectores se han concentrado ahora en Vicente Fox, el candidato de oposición elegido inesperadamente para sucederlo. Con Fox, las esperanzas de México han subido a las nubes. Yo no compartí ese entusiasmo, y creo que lo escribí en esta columna. Desconfié de su estilo populista, de sus desaprensivas contradicciones y de las promesas que iba regando a su paso, en todas las cuales me pareció advertir cierta irresponsable tendencia a la exageración. Dudé de que el ex gobernador de Guanajuato y ex presidente de la filial de Coca-Cola, de cerrada formación conservadora, pudiera ejecutar la revolución estructural que predicaban sus partidarios de izquierda. El opaco Zedillo había sido capaz de hacer milagros, pero Fox parecía estar lleno de ruido y escaso de nueces.

Sorpresas te da la vida fue el título de un libro en el que Jorge G. Castañeda, uno de los más cercanos asesores de Fox, narró las turbulencias de 1994. Las sorpresas, en verdad, son el pan cotidiano de México. A los pocos días de ganar las elecciones, Fox dio una serie de pasos que reflejan la madera de un estadista en serio. Visitó a los candidatos derrotados y les pidió disculpas por las frases de menoscabo que les había dedicado durante la feroz campaña. Declaró que abriría la petroquímica a los capitales privados. Aseguró que mantendría la empresa nacional de petróleos, Pemex, en la esfera del Estado, pero evitando que siguiera siendo el coto de caza donde se concedían favores a los políticos.

La fatalidad geográfica

A principios de agosto, emprendió un viaje a los países del Mercosur con una propuesta que, cuanto más utópica parece, más atractiva se revela: la unidad de América Latina para enfrentar la hegemonía económica de los Estados Unidos. Parecía que, por tradición y por formación, Fox iba a inclinar la balanza hacia el Norte. Sucedió al revés: abrazó los proyectos forjados por uno de los más audaces pensadores de México, Daniel Cosío Villegas, quien proponía convertir "la fatalidad geográfica de los países latinoamericanos" en una ventaja: "Factores históricos más fuertes que las ideas y los sentimientos de los hombres", escribió Cosío en 1948, "trabajan a favor de la unidad".

Fox fue a explorar un territorio poco frecuentado por los empresarios mexicanos -Chile, la Argentina, Uruguay, Brasil-, pero no nuevo para él. En una entrevista que le hizo el escritor Martín Caparrós poco antes de las elecciones, declaró que sus convicciones neoliberales habían ido derivando con firmeza hacia la social democracia después de sus encuentros con el Grupo Latinoamericano, que armó Castañeda y del cual son miembros Raúl Alfonsín, Ricardo Lagos y Carlos Alvarez, entre otros. Conocía los problemas del Sur, por lo tanto, casi de primera mano.

En vísperas de otra gira de Fox, esta vez a los Estados Unidos, supuse que iban a repetirse las contradicciones en las que el presidente electo incurrió tantas veces durante su campaña. No es así. Fox no sólo está dispuesto a exigir que haya fronteras abiertas para los trabajadores mexicanos -que van y vienen todos los días, por millares, de un lado a otro del río Grande-, sino que también quiere construir, en sociedad con los Estados Unidos, un mercado gigantesco que enlace los países del Tratado de Libre Comercio con algunos socios potenciales del Mercosur: Brasil, Chile y la Argentina. "Junto con México -dijo-, esos países forman las cuatro máquinas que harán de América Latina uno de los grandes poderes del siglo XXI."

Sea ilusoria o no, la diplomacia de Fox es ahora una de las más agresivas y con mayor imaginación de América Latina. En muchos de esos arriesgados movimientos de ajedrez puede adivinarse el consejo de un intelectual notable y de vasta experiencia internacional: Jorge G. Castañeda. Pero el mayor mérito es del propio Fox, que cambió su arrogancia de candidato por la humildad de un vencedor que sabe hacia dónde sopla la realidad.

http://www.lanacion.com.ar/00/08/19/o04.htm

LA NACION | 19/08/2000 | Página | Opinión