Una fe autoritaria

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


Ehighland Park, N. Jersey

En otros tiempos, las guerras de religión duraban generaciones enteras. Aunque las provocaba una intrincada red de intereses políticos y económicos, el pretexto formal era siempre un acto de intolerancia: imponer a otros la idea propia de Dios.

Los ecos de esa intolerancia llegaron a la Argentina en 1943 y acaso no se hayan marchado aún. Sesenta años antes de esa fecha, en junio de 1884, el gobierno de Julio A. Roca había sancionado la ley de enseñanza laica y obligatoria. El caudaloso flujo de inmigrantes que llegaba entonces al país imponía un mayor respeto por la diversidad cultural o por lo que ahora se llama la "otredad". Pero en 1943, el novelista Gustavo Martínez Zuviría, ministro de Educación de aquel régimen militar, decidió invertir la tradición. Dijo que era preciso "cristianizar el país" y extirpar toda doctrina que predicara "el odio y ateísmo". En menos de tres meses, logró expulsar de las universidades a los profesores sospechosos de simpatizar con el comunismo y promovió un decreto que exigía la enseñanza religiosa en las escuelas del Estado. Ambas cruzadas sobrevivieron durante once años, respaldadas por los gobiernos de Juan Perón, hasta que este mismo presidente, en un ataque de ira contra la Iglesia Católica, restituyó el laicismo.

Cursé la escuela secundaria en Tucumán durante aquellos años de intolerancia y, como todos, asistí a las clases forzosas de religión, que se impartían solo a los católicos. Los que no profesaban ese credo -casi todos, judíos, salvo una minoría entonces ínfima de evangelistas y presbiterianos-, debían resignarse a una asignatura que se llamaba Moral. Eran siete u ocho en una clase de treinta personas y, mientras el profesor nos hablaba del paraíso terrenal, del becerro de oro y de los diez mandamientos, veíamos a los otros estudiantes, confinados en el patio, con un libro de Moral que les explicaba conceptos de Aristóteles y de Hobbes. Desde el principio me pareció denigrante para ambas partes esa discriminación religiosa, y nunca entendí qué se ganaba con ella.

Discriminación en el aula

En 1951 me eligieron secretario de la juventud de Acción Católica y empecé a interesarme por aquellas lecturas de los "otros". Pronto advertí que conocían las historias bíblicas mucho mejor que nuestro profesor de Religión. De hecho, la lectura de la Biblia se consideraba entonces "difícil y poco recomendable", y la única versión que se podía conseguir era la de Casiodoro de Reina, vetada por los obispos. Durante algunos meses estuve bregando en el colegio para que, en vez de atender pasivamente las clases y repetir después en los exámenes lo que decían los manuales, pudiéramos discutir todos juntos, los estudiantes de Religión y los de Moral, aquellas historias del Dios Padre que teníamos en común.

Nos permitieron un debate único de tres horas. Lo hicimos en el aula mayor, una mañana de primavera, y los católicos perdimos por demolición. Los judíos conocían infinitamente mejor que los demás la genealogía de Jesús, y sabían a la perfección quiénes eran Josafat, Osías y Manasés, que aparecen en el árbol de antepasados escrito por San Mateo. Los presbiterianos citaban de memoria a los padres apostólicos (Bernabé, Clemente, Policarpo), de los que ninguno de nosotros había oído hablar. El argumento de los católicos era la fe; el de los judíos, la comprensión.

Aquella mañana aprendí que cualquier forma de exclusión es empobrecedora, y que no hay creencia religiosa que no se fortalezca y se fertilice cuando entra en diálogo con otras. Pero no fue esa la idea que prevaleció en la Argentina, y en los años que vendrían se vivieron las consecuencias.

La tolerancia parecía ya una lección aprendida, hasta que las aguas salieron de su cauce en Catamarca. Una ley de 1999, apuntalada por un artículo de la Constitución provincial, sancionaba otra vez la enseñanza forzosa de la religión en las escuelas del Estado. A fines de abril pasado, el gobierno revocó esa decisión por pedido de las instituciones judías, que invocaban razones de concordia. Un sector de la Iglesia Católica se irritó, la disputa subió de tono y algunos prelados insinuaron un boicot a los comercios judíos. El primer día de junio, el gobierno ofreció mantener la enseñanza religiosa, pero fuera del horario escolar y de los programas oficiales. Esa concesión atemperó el incendio, pero las arduas cruzadas ideológicas del mes de mayo han dejado una moraleja desalentadora: el autoritarismo no ha muerto en la Argentina.

Paisaje de Catamarca

Pasé muchos veranos en las montañas de Catamarca, pero la única vez que fui a San Fernando del Valle, la capital de la provincia, me impresionó la pintoresca romería alrededor del santuario de la Virgen, cuya imagen fue descubierta -por milagro, dicen- a pocos kilómetros de la ciudad. Debía de ser quizás el mes de diciembre, hacía un calor de infierno y las calles estaban desiertas. Las únicas voces que se oían eran canciones lejanas, himnos religiosos y rezos de peregrinos. La capital tiene ahora poco más de cien mil habitantes, casi la mitad de los que hay en toda la provincia, y el porcentaje de católicos es altísimo, más del 90 por ciento. Las capillas, los exvotos, las cruces, dominan la atmósfera de la ciudad. Cuando la vi, Dios parecía estar en todas partes. El crimen de una estudiante de escuela secundaria, María Soledad Morales, demostró hace una década que debajo de esa superficie beatífica se agitaba una lava de infierno.

Todos los catamarqueños se encuentran en la misa de los domingos, todos se conocen entre sí y los secretos van y vienen como las agujas de una hilandería. Que no haya enseñanza religiosa es imperdonable para muchos, pero entre esos muchos hay algunos que no se alarman -o no se alarmaron, hace una década- por la corrupción, el abuso de drogas y las costumbres prostibularias de algunas figuras todopoderosas de la sociedad. La beatería asume a veces formas hipócritas y Catamarca no ha sido -no es- la excepción a esa regla. Hizo falta la indignación moral de miles -acaudillados por una monja católica, dicho sea de paso- para que el crimen de María Soledad Morales fuera esclarecido. Las estelas de corrupción, los feudos, los privilegios, no son fáciles de extirpar, y la enseñanza religiosa no ha demostrado ser eficaz contra esas lacras.

La vasta Catamarca tiene quizá los paisajes más misteriosos y desconocidos de la Argentina: montañas amarillas, violetas y cobrizas en los Valles Calchaquíes; lagos fosforescentes en los Andes; pequeños pueblos de alfareros y tejedores que aún parecen inmóviles en el pasado. Y, a la vez, es una provincia desierta y desamparada, donde la fe es el principal legado que se deja a los hijos.

Todos los seres humanos que imaginan a Dios creen que su dios es el único, el verdadero. Millones de personas mataron y se dejaron matar por esa fórmula simple e intolerante. Si Dios existe, sin duda es más comprensivo y misericordioso, y su gloria, la gloria de Dios, consiste en no ser jamás el mismo, como tampoco lo es el corazón de los hombres.

http://www.lanacion.com.ar/01/06/09/do_311290.asp

LA NACION | 09/06/2001 | Página 19 | Opinión

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