Matices No. 10, verano 1996

Evita, el nunca acabado mito argentino

por José Manuel Rodríguez


Santa Evita, novela en la que Tomás Eloy Martínez (Tucumán 1934) trabajó más de siete años, marca el momento de culminación de su obra y de su intento de reconstruir una saga narrativa que abarca las grandes experiencias políticas y sociales argentinas del último medio siglo.

”La novela no trata de reconstruir ninguna verdad, sino de reconstruir un mito” afirmó el autor en varias entrevistas, donde también explicó cómo con los recursos del periodismo, la historia, el cine y la cultura popular ha ido elaborando un soprendente relato del país, a través de sus mitos más visibles y, paradójicamente, más desconocidos.

Todavía hoy, a cuarenta y tres años de su muerte, sigue colgando en la mayoría de los hogares argentinos, el retrato de Evita, junto a la imagen de San Cayetano o la Virgen de Luján. Metida deliberadamente por la ”historia oficial” entre los parámetros del fascismo o del populismo, Evita Perón fue una figura singular, políticamente muy discutida, cuya memoria no ha quedado recluida entre los límites de esa historia argentina que marcó de un modo decisivo; la cultura de masas que siempre rodeó al personaje, se apoderó hace ya años de ella a punto extremo tal de, por ejemplo, convertirla en la protagonista de esa falacia que es la ópera de rock de Rice y Weber, que Broadway difundió por el mundo, con su tan típico americanismo farandulero y superficial, a la hora de interpretar nuestros hechos históricos latinoamericanos.

En los últimos tiempos prestigiosos (?) directores norteamericanos pretenden filmar su vida, y el cine y la televisión argentina se han ocupado del personaje con fortuna desigual. Sólo en este momento hay tres películas en marcha y otros dos proyectos en duda, lo que hace que, a fines de 1996 y 1997, cuando se estrenen la mayoría de estas producciones, se convertirán en el bienio de la gran batalla cinematográfica de Evita. No hay que olvidar tampoco la avalancha bibliográfica que precede a todo esto: libros aparecidos de José Pablo Feinmann, María Sáez Quesada, Marysa Navarro, Abel Posse y Alicia Dujovne Ortiz, que describen desde distintas perspectivas a la mujer que cambió la historia de la Argentina.

Y son éstas aquí las circunstancias que mar-can la aparición en escena de esta nueva novela de Tomás Eloy Martínez. Elementos de todo tipo contribuyeron a la cristalización del mito irredentista de Eva Perón (véase cap. ocho del libro, por ejemplo). Pero la odisea de su cadáver, que fue embalsa-mado por un médico español, Pedro Ara, y que durante años estuvo sepultado en diferentes lugares de América y Europa, encerraba suficientes virtua-lidades narrativas, novelescas. Y es éste el material, que con muy buen tino, se ha aprestado a explotar el autor. Material sobre el cual se proyecta el personaje mismo, en el frágil hilo entre lo mítico y lo verdadero.

El resultado es la historia de un cuerpo que sobrepasa a cuantos lo rodean, un cuerpo canonizado por vastos sectores irredentos de la población argentina; la historia también de un extraño personaje, aupado hasta el poder mismo por la marginación y el resentimiento.

Pero Santa Evita es asimismo la historia de la misma historia que se cuenta. Novela poblada con personajes reales reconstruye las investigaciones del propio autor (técnica ya conocida en él, véase la Novela de Perón, por ej.), convertido en personaje de su fábula tras los márgenes, la oscuridad y lo indecible del personaje. De este modo, la narración fabula libremente sin dejar de vincularse a un tiempo y a una realidad histórica. Conjugando con notable habilidad lo ensayístico y lo periodístico, junto a la estricta narración, consigue unos tiempos y modos que dan a la novela mucha soltura y fluidez. Se despliega así, un texto plural, rico en resonancias y motivos, ejecutado y escrito con evidente brillantez expresiva.

El recurso a los informantes (testigos presenciales de la vida de Evita) y a las fuentes documentales (cartas, libros, diarios, declaraciones, etc.), se encastra a la perfección con la estructura narrativa propiamente dicha, lo cual marca también y condiciona a algunos de los personajes que se escapan de su origen para convertirse en caricaturas autónomas, dotadas de valor propio (el coronel Koenig, por ejemplo, que acaba enlo-quecido con el misterioso cuerpo).

La fascinación del cuerpo errante por el mundo, y el punzante recuerdo del extraño personaje, evocados en sus días de dolor y de gloria (desde la soledad de la hija natural, y la insignificante actriz hasta los delirios corales de las adhesiones populares); evocado e igualmente inventado y recreado, esta fascinación se entrelaza, se anuda hasta tejer un discurso que novela páginas capitales de la historia argentina, porque ese cuerpo fue la forma de un ser muy especial que roturó hasta el paroxismo esa historia, y fue además durante años la expresión fetichista de una situación política no resuelta (sobre todo a posteriori de 1955). Pero este discurso narrativo novela también tramos sustanciales de determinadas configuraciones de las sociedades contemporáneas. Hasta el punto que Evita-Santa Evita está investida de los atributos típico-épicos de las mitologías de nuestro tiempo, lo cual podría llevar al error de descontextualizar al personaje; convierte al mito en la expresión de un anhelo colectivo o de su neurosis, según como se lo quiera-pueda interpretar.

Tomás Eloy Martínez sugiere con justeza el trasfondo popular de la protagonista, su poder de convocatoria, su condición psicológica que la llevó por igual al populismo y al resentimiento, a la acumulación de riquezas y a la filantropía en muchos casos arbitrarias y equívocas. En términos literarios no es relevante el juicio que sobre el personaje histórico pueda tener el autor, lo pertinente y valedero es la capacidad de convicción que tiene su personaje novelesco y la maestría con que sabe insertarlo en el devenir narrativo explotando a fondo las increíbles peripecias del cuerpo embalsamado y segre-gando en torno suyo, espesas y congruentes acumulaciones de sustancia novelesca.

La novela comienza el día de la muerte de Eva Perón, el 26 de julio de 1952. A partir de este momento tres historias se entrelazan sutilmente. Una descifra, yendo cronológica-mente hacia atrás, algunos de los grandes enigmas de su biografía: la intensidad de su amor por Perón, el extraño renunciamiento a la candidatura vicepresidencial, los malos entendidos en su audiencia con Pío XII, el encuentro con Perón en el Luna Park, sus desventuras de actriz joven, su llegada a Buenos Aires, su infancia en Junín.

Otra de las historias narra, hacia adelante, el larguísimo calvario que sufrió el cadáver embalsamado de Eva Perón, sometido durante años a las intrigas del poder, a la locura de unos y la devoción de otros por perderlo o recuperarlo. La novela sigue el enloquecido peregrinaje del cuerpo desde un cine hasta el altillo de un capitán, y el despacho del Jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, las travesías hacia Bon y Géneva, y se detiene en el momento en que el cuerpo es enterrado en Milán.

La columna vertebral que une esas dos vertientes narrativas son las obsesiones, emociones y desconciertos que la figura de Evita va desatando en la cultura y en la imaginación de los argentinos, y por supuesto, también en el autor-narrador.

Tomás Eloy Martínez. Santa Evita. Barcelona, Seix Barral, 1995. 398 págs. 28,80 DM.

Encontrado en: http://www.matices.de/10/10revita.htm