La Nación
                     Sección Opinión
                     Fecha de publicación 13.08.1999
 

                    Una nación frente al abismo
                     Por Mario Vargas Llosa

                     MADRID.- Lo que ocurre en Venezuela es triste, pero no sorprendente. Ha
                     ocurrido muchas veces en la historia de América Latina y, al paso que van
                     algunos países, volverá a ocurrir: decepcionados con una democracia incapaz
                     de satisfacer sus expectativas y que a veces empeora sus niveles de vida,
                     amplios sectores de la sociedad vuelven los ojos hacia un demagógico
                     "hombre fuerte", que aprovecha esta popularidad para hacerse con todo el
                     poder e instalar un régimen autoritario. Así pereció la democracia peruana en
                     abril de 1992 con el golpe de Estado fraguado por el presidente Fujimori y las
                     fuerzas armadas y así ha comenzado a desaparecer la venezolana bajo la
                     autocracia populista del teniente coronel Hugo Chávez.

                     Que la democracia en Venezuela funcionaba mal nadie se atrevería a negarlo.
                     La mejor prueba de ello es que un teniente coronel felón, traidor a su
                     Constitución y a su uniforme, esté en la presidencia del país, ungido por una
                     votación mayoritaria de sus compatriotas, en lugar de seguir en la cárcel
                     cumpliendo la condena que le impuso la justicia por amotinarse contra el
                     gobierno legítimo que había jurado defender, como hizo el teniente coronel
                     Chávez en 1992. Fue el presidente Rafael Caldera el que lo puso en libertad,
                     apenas a los dos años de prisión, en un gesto que quería ser magnánimo y
                     era, en verdad, irresponsable y suicida. El paracaidista salió del calabozo a
                     acabar por la vía pacífica y electoral la tarea de demolición del Estado de
                     derecho, de la sociedad civil y de la libertad que el pueblo venezolano había
                     reconquistado en gesta heroica hace cuarenta y un años derrocando a la
                     dictadura de Pérez Jiménez.

                     La acción de Caldera no sólo fue desleal con los electores que, todavía en
                     aquella época, apoyaban mayoritariamente el sistema democrático y habían
                     repudiado el intento golpista que pretendía imitar el ejemplo peruano. Lo fue
                     también con los oficiales y soldados de las fuerzas armadas de Venezuela
                     que, fieles a sus deberes, se negaron a apoyar el Putsch del año 92 y,
                     perdiendo algunos sus vidas en ello, derrotaron a los facciosos y dieron así un
                     ejemplo de conducta cívica a las instituciones castrenses de América Latina.
                     ¿Qué pensarán hoy día de lo que ocurre a su alrededor esos militares
                     constitucionalistas viendo cómo el ex "putschista" asciende y coloca en altos
                     cargos de la administración y del Ejército a sus cómplices de la conjura
                     golpista? Pensarán, claro está, que, con dirigentes de esa estofa, aquella
                     democracia no merecía ser defendida.

                     Delirios populistas

                     Como el teniente coronel Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales y
                     acaba de ganar de manera abrumadora las convocadas para la Asamblea
                     Constituyente, se dice que, aunque sea a regañadientes, hay que reconocerle
                     legitimidad democrática. Lo cierto es que la historia de América Latina está
                     llena de dictadores, déspotas y tiranuelos que fueron populares y que
                     ganaron (o hubieran podido ganarlas si las convocaban) las elecciones con
                     que, de tanto en tanto, se gratificaban a sí mismos, para aplacar a la
                     comunidad internacional o para alimentar su propia megalomanía.

                     Que un número tan elevado de venezolanos apoye los delirios populistas y
                     autocráticos de ese risible personaje que es el teniente coronel Hugo Chávez
                     no hace de éste un demócrata: sólo revela los extremos de desesperación,
                     de frustración y de incultura cívica de la sociedad venezolana.

                     Que en esta situación tienen buena parte de culpa los dirigentes políticos de
                     la democracia es una evidencia. Uno de los países más ricos del mundo
                     gracias al petróleo es hoy día uno de los más pobres, debido al despilfarro
                     frenético de los cuantiosos ingresos que producía el oro negro, deporte en el
                     que rivalizaron todos los gobiernos, sin excepción. Pero más que todos el de
                     Carlos Andrés Pérez, que se las arregló, en su primer mandato, para
                     volatilizar los vertiginosos 85 mil millones de dólares que el petróleo hizo
                     ingresar en las arcas fiscales.

                     El sueño de opio en que vivía la Venezuela adormecida por el sistema de
                     subsidios cesó cuando los precios del petróleo cayeron en picada. El despertar
                     fue brutal. El gobierno -el segundo de Carlos Andrés Pérez, para mayor
                     paradoja- se vio forzado a desembalsar los precios, que subieron hasta las
                     nubes. El pueblo, desconcertado, sin entender lo que ocurría, se lanzó a las
                     calles a saquear supermercados.

                     Desde el Caracazo todo ha ido empeorando, hasta llegar al coronel
                     paracaidista, que asegura a los venezolanos que la lastimosa situación del
                     país (el producto bruto interno cayó el 9,9 por ciento en los últimos tres
                     meses y en ese mismo período la recesión pulverizó medio millón de puestos
                     de trabajo) se acabará cuando desaparezcan los corruptos partidos políticos y
                     los ladronzuelos parlamentarios se vayan a sus casas, y una nueva
                     Constitución le garantice a él la fuerza para gobernar sin estorbos (y para
                     hacerse reelegir).

                     Para facilitarles el trabajo, el teniente coronel Chávez ha entregado a los
                     flamantes miembros de la Asamblea Constituyente un proyecto de la nueva
                     Carta fundamental, y la orden perentoria de que lo aprueben en tres meses.
                     Uno se pregunta para qué semejante pérdida de tiempo, por qué el teniente
                     coronel no la promulgó ipso facto, sin el trámite de los robots.

                     Discursos deletéreos

                     El teniente coronel Chávez, como muchos personajes de la especie que
                     representa -el caudillo militar-, tiene la peregrina idea de que la sociedad
                     venezolana anda mal porque no funciona como un cuartel. Éste parece ser el
                     único modelo claro de organización social que se delinea en los deletéreos
                     discursos con que anuncia la futura República Bolivariana de Venezuela. Por
                     eso ha trufado los entes públicos de militares, militarizado la educación
                     pública y decidido que las fuerzas armadas participen, de manera orgánica,
                     en la vida social y económica del país. Está convencido de que la energía y
                     disciplina de los oficiales pondrán orden donde hay desorden y honradez
                     donde impera la inmoralidad.

                     Su optimismo hubiera sufrido un rudo traspié si hubiera estudiado los
                     ejemplos latinoamericanos de regímenes militares y advertido las
                     consecuencias que trajeron a los países víctimas semejantes convicciones. Sin
                     ir muy lejos, al Perú, donde la dictadura militar y socializante del general Juan
                     Velasco Alvarado (1968-1980), que hizo más o menos lo que él se propone
                     hacer en Venezuela, dejó un país en la ruina, sin instituciones, empobrecido
                     hasta la médula, y con un Ejército que, en vez de haber regenerado a la
                     sociedad civil, se había corrompido visceralmente a su paso por el poder.

                     A diferencia del Perú, cuya suerte no le importa mucho a la comunidad
                     internacional, que ha visto con una curiosidad irónica, y a veces con cierta
                     complacencia, la implantación del pintoresco régimen autoritario y corrupto
                     que allí impera, Venezuela es, gracias a su mar de petróleo, demasiado
                     importante como para que aquélla se cruce de brazos mientras este país se
                     va al abismo al que la demagogia y la ignorancia del teniente coronel Hugo
                     Chávez lo conducirá si pone en práctica las cosas que pretende. Es probable,
                     pues, que en este caso los organismos financieros internacionales, y los
                     países occidentales, empezando por los Estados Unidos -que importan buena
                     parte del petróleo venezolano-, multipliquen esfuerzos para moderar los
                     excesos voluntaristas, verticalistas y planificadores del estentóreo caudillo y
                     exijan de él, en política económica, un mínimo de sensatez.

                     Pero que haya o no democracia en Venezuela le importa una higa a la
                     comunidad internacional, de manera que ésta no moverá un dedo para frenar
                     esa sistemática disolución de la sociedad civil y los usos elementales de la
                     vida democrática que lleva a cabo el ex golpista, con la entusiasta y ciega
                     colaboración de tantos incautos venezolanos. Una siniestra nube negra ha
                     caído sobre la tierra de donde salieron los ejércitos boliviarianos a luchar por
                     la libertad de América, y mucho me temo que tarde en disiparse. © La Nación
 

                    Copyright 2000 S.A. LA NACION | Todos los derechos reservados