ANDRÉS ELOY BLANCO
Por Valmore Muñoz Arteaga, Docente
Andrés Eloy Blanco ha sido uno de los grandes éxitos de la propaganda política nacional, sin menoscabar su reconocido talento para desarrollar el arte de las palabras. Su obra llegó a calar de tal forma en el pueblo venezolano que, este último, lo asumió como su voz más auténtica. Aun, en algunas casas venezolanas, pueden escucharse las líneas de algunos de sus poemas más célebres: Los hijos infinitos o Las uvas del tiempo. A pesar de ello, a Andrés Eloy Blanco hay que reconocerle dos aportes fundamentales a nuestra literatura. En primer lugar su éxito comunicacional, aspecto que ha trabajado muy bien Gustavo Luis Carrera, y que ahora vamos a retomar; y en segundo término la publicación de su libro Baedeker 2000, poemario que rompe de alguna manera con su tradicional discurso.
Escribe Gustavo Luis Carrera: “Nada podría proporcionar mayor satisfacción al creador poético que proyectarse de tal manera directa, natural y activa. Vivir en la voz del pueblo: he allí la insuperable aspiración de trascendencia”. Y no ha habido un caso de mayor logro comunicacional dentro del campo poético que el de Andrés Eloy Blanco. Por su puesto, tenemos casos de marcada presencia en las regiones, por ejemplo, Udón Pérez en el Zulia; pero a nivel nacional ninguno como el del cumanés. Blanco construyó un discurso poético compartiendo su lenguaje con todos. Es una poesía para ser entendida, si se me permite esta afirmación.
Su vocación política, su prestancia para comunicarse con grandes masas definió su carácter poético. Transformó a la poesía en un ente participativo cuyo eje principal era el colectivo popular. Transmitió de forma y precisa sus desmanes y las injusticias de las cuales se consideraban víctimas. Intentó con éxito matizar con palabras el quejido del pueblo:
Dijo
el hombre a la Hilandera
en
el patio de su casa:
-Hilandera
estoy cansado,
tengo
sed, la vida es mala;
ya
no me queda una senda
donde
no encuentre una zarza.
Hila
una venda, Hilandera,
hila
una venda tan larga
que
no te quede más lino;
ponme
la venda en la cara,
cúbreme
tanto los ojos
que
ya no pueda ver nada,
que
no se vea en la noche
ni
un rayo de vida mala.
Y
contestó la Hilandera:
-Aguarda.
La
Hilandera. Giraluna
Para el
poeta cumanés ejercer la poesía era una responsabilidad ciudadana, y no sólo
la poesía sino el arte en general. Ser militante del arte era la búsqueda de
Andrés Eloy Blanco, un arte fuertemente integrado con las fibras más íntimas
del pueblo. Podríamos hablar entonces de una poética política en donde, según
Carrera, “el pueblo y el poeta son alternativamente rostro y espejo el uno del
otro”.
Esto no
era nuevo a Latinoamérica, hemos dicho en otras oportunidades que en Venezuela
causó agrado la teoría del arte creada por el pensador argentino Manuel
Ugarte. Ella se centraba en crear un arte en función social. Así lo
entendieron figuras prominentes de nuestras literatura como Mariano Picón
Salas, Mario Briceño-Iragorry, Jesús Enrique Lossada, Antonio Arráiz, todos
compañeros generacionales de Blanco. Escribe el poeta: “...encerradas las
letras nacionales en fórmulas egoístas; circunscritos los motivos a cómodos
desahogos de la facultad lírica, ya se sabía lo que traían las promociones
literarias: pequeños cónclaves de escogidos de tipo universitario o diletante
daban a la luz bellas cosas para el solaz de los aficionados... Al lado de
aquellas tertulias; al lado de aquellos cónclaves herméticos, al lado de
aquellos hombres desasidos, apuntados, isleños, pasaba diariamente el hombre
del pueblo” ¿Podríamos estar frente a las bases de una poética
de proletariado? Quizás un nuevo
estudio de la literatura latinoamericana, fundamentalmente de la época
modernista, pueda arrojar nuevas pistas sobre este fenómeno del arte pasado por
alto extrañamente. El otro aporte que brinda Andrés Eloy Blanco a nuestra
letras decíamos era la publicación de Baedeker
2000.
El
poema que abre el libro tiene mucha significación. Podríamos tomarlo como la
explicación poética de la transformación del poeta. En Autorretrato
queda expresada una biografía desde la poesía del autor, es decir, intenta
refundarse a través de la palabra, crearse para el mundo de las imágenes al
cual el común no está invitado. Aun así sigue evidenciándose una
responsabilidad social:
Estoy
de pie en los campos
que
mi calor maduró al fin para los hombres
.................................................................
De
la montaña ideológica
quedó
una frase de divinidad sustantiva:
el
Hombre es una fuerza que ama.
...............................................................
Amo
al Arte en el Poeta de Hoy,
bello
como atleta griego,
tallado
de deportes,
que
salta de la cama al estadio
y
va ala plaza pública, donde el pueblo lo usa
para
lanzarlo como un disco en la armonía de la mañana.
Autorretrato.
Baedeker 2000
Baedeker 2000, junto a otras obras publicadas entonces, figura entre las principales publicaciones que rompen con el canon romántico y modernista que seguían predominante las intenciones de nuestros poetas. Había que buscar nuevos caminos, un caminos propio que llevara a la poesía hacia sus raíces nacionales. Había que levantar una voz distinta que se proyectase desde las entrañas de la tierra. Era un reclamo generacional. Con Baedeker, Andrés Eloy Blanco apunta hacia esa nueva búsqueda. Ya no es el hombre de juegos florales, ya no es el hombre de una sensibilidad eminentemente lírica. Hay ahora una madura conciencia del arte que explotará a placer a partir de entonces:
Venía
una
guerrilla negra
con
un incendio en la mano.
El
pueblo
corrió
a los arsenales
y
apareció en la plaza con los hombros armados.
Todo
el pueblo,
hecho
policía,
hecho
guardia,
hecho
ejército,
llegó
ante la guerrilla
y
se dejó mirar.
El
fuego
huyó
por un desagüe de ceniza.
Volvieron
a los arsenales,
llegaron
a sus casas
y
los niños, montados en sus hombros
borraron
el regusto ácido de sus armas.
Ejército.
Baedeker 2000
En Baedeker 2000, Andrés Eloy Blanco le abre espacio a nuevas perspectivas literarias como el surrealismo que ya tejían en sus poemas príncipes Luis Fernando Álvarez, José Ramón Heredia, Vicente Gerbasi y Hesnor Rivera. Así tenemos a un poeta que no se cierra en torres de marfil, por el contrario sale a rozar el mundo, y más allá, sale a aceptar su existencia. Blanco se deja envolver por ese mundo, no le da la espalda. Se compromete desde sus fibras con él. Por ello encuentra la muerte, anhelo supremo del romántico, que en el fondo, nunca dejó de ser.