La Nación
                     Sección Opinión
                     Fecha de publicación 14.07.1999
 

El capitalismo en la cuerda floja
Por Mario Vargas Llosa

                     LONDRES (El País).- Nick Leeson, que regresaba a Inglaterra después de
                     pasar cuatro años en una cárcel de Singapur por fraude y estafa (su condena,
                     de seis años, fue rebajada por buena conducta), ha tenido un recibimiento de
                     estrella, con cientos de periodistas y curiosos que colapsaron el aeropuerto de
                     Londres para verle la cara. No era para menos: este muchacho se hizo
                     famoso a los veintiocho años por provocar la bancarrota del Banco Barings, el
                     más antiguo y prestigioso banco de inversiones británico, al que confiaba la
                     gestión de su patrimonio la reina Isabel, y que, a causa de la catástrofe,
                     terminó adquirido por un conglomerado holandés (ING) por la humillante
                     suma de una libra esterlina.

                     La historia de Nick Leeson ha sido desperdiciada en una autobiografía
                     sensacionalista titulada Rogue Trader ("El pícaro operador") y una película
                     todavía más mala, pero merecería ser contada con lujo de detalles y
                     analizada a fondo, pues ella saca a la luz pública secretos recónditos del
                     sistema capitalista y nos ilustra con un ejemplo singular sobre la precariedad
                     en que se sustentan sus arrolladores éxitos, el caos que subyace su orden.
                     Que ella ocurriera en la ciudad Estado de Singapur, flor de la corona del
                     sistema capitalista en el Asia, y que remeciera las bases del Simex, la Bolsa
                     de Singapur, célebre por su solidez y tradición de honestidad y escrúpulo de
                     sus operadores, es algo que conviene tener presente en todo momento.

                     Nick Leeson ingresó en el Banco Barings apenas salido de la adolescencia, e
                     hizo una carrera veloz como agente de bolsa. Las audaces inversiones del
                     flamante yuppy reportaron buenas ganancias a la institución, y, a él,
                     espléndidas primas. En premio de ello, fue enviado a las oficinas del Barings
                     en Singapur, con autorización para operar en la Bolsa local y en la de Osaka
                     bajo la vigilancia (teórica, pues en la práctica nunca se ejerció) de los
                     ejecutivos del Banco en Tokio. Nick tenía una amplia libertad para sus
                     operaciones financieras porque, al principio, ellas dieron excelentes
                     resultados, como prueba el que, además de su salario de 80 mil dólares
                     anuales, recibiera varios años consecutivos primas de más de 300 mil
                     dólares. Con estos ingresos, él y su rubia esposa, Lisa, vivían como reyes.

                     El principio del fin

                     El 17 de julio de 1992 parece haber comenzado el principio del fin de la ilustre
                     institución fundada en 1762 por sir Francis Baring, cuyo último descendiente,
                     Peter Baring, se consuela ahora de la quiebra y el ridículo escuchando óperas
                     en su espaciosa mansión campestre de Wiltshire. Ese día, para ocultar la
                     pérdida de 20.000 libras esterlinas en una mala inversión efectuada por una
                     de sus empleadas, Nick Leeson abrió una cuenta secreta (la bautizaría "de los
                     errores"), a la que numeró con cinco ochos, porque el 8 es el número de la
                     suerte para los chinos.

                     Las grandes líneas de lo que ocurría son clarísimas: para ocultar sus pérdidas,
                     que registraba en la cuenta 88888, Leeson amañaba los informes a sus jefes,
                     a la vez que incrementaba las inversiones (a valores futuros) con la
                     expectativa de una alza que lo resarciera de las pérdidas y dejara beneficios.
                     Era una apuesta peligrosa: al cabo de tres años, en los que hubo leves
                     subidas y caídas en picada de las acciones, Nick Leeson había perdido unos
                     1500 millones de dólares. El agujero financiero estalló a la luz el 27 de
                     febrero de 1995, y arruinó al banco y volatilizó los ahorros de millares de
                     profesores, maestros, militares y jubilados que habían comprado bonos del
                     Barings confiados en la solvencia e imagen conservadora del banco.

                     ¿Cómo pudo un operador de segundo nivel, a lo largo de tres años, realizar
                     un embuste tan descomunal sin ser detectado por sus superiores? ¿O los
                     jefes inmediatos de Leeson sospechaban lo que pasaba y hacían la vista
                     gorda para no verse arrastrados ellos también a la ruina profesional? Por otro
                     lado, ¿fueron también las bolsas de Singapur y de Osaka incapaces de
                     advertir algo anormal en las desatinadas inversiones de Leeson, o lo
                     advirtieron y siguieron consintiendo los créditos a sabiendas de que el
                     resultado podía ser una catástrofe financiera que empañaría su prestigio?

                     El capitalismo es el sistema más perfecto surgido hasta ahora en la historia
                     para la creación de riqueza. Enraizado en un instinto poderoso, la ambición de
                     poseer moviliza la energía y la inventiva humanas en la creación de bienes y
                     servicios de una manera ilimitada, y por eso ha sido la locomotora del
                     progreso tecnológico y científico, el instrumento de la civilización moderna que
                     ha derrotado a sus competidores.

                     Este es un sistema frío, amoral, que premia la eficacia y castiga la ineficacia
                     sin contemplaciones. Se humaniza gracias a la democracia, con un Estado de
                     derecho, donde haya jueces independientes ante los que puedan acudir los
                     ciudadanos cuando son atropellados, leyes que garanticen el respeto de los
                     contratos, la igualdad de oportunidades para todos e impidan los monopolios
                     y los privilegios.

                     Cachorro voraz

                     De todos los países que conozco, probablemente Gran Bretaña sea el que ha
                     hecho congeniar más estrechamente la democracia y el capitalismo. Sin
                     embargo, ni la desarrollada democracia albiónica ha podido impedir que
                     tenga lugar en su seno un caso tan devastador como el de Nick Leeson,
                     cachorro ambicioso del sistema capitalista cuyas dentelladas acabaron con un
                     banco que parecía inexpugnable y con los ahorros de miles de modestas
                     familias. ¿Por qué la justicia y las instituciones financieras británicas no
                     aprovecharon estas circunstancias para hacer un escarmiento ejemplar? No
                     podían hacer más de lo que hicieron -un simulacro de castigo- sin poner en
                     peligro los fundamentos mismos del sistema al cual Gran Bretaña debe su
                     prosperidad y modernidad.

                     Porque Nick Leeson no es una anomalía, sino una manifestación desorbitada
                     del sistema capitalista, una encarnación de los excesos a que conduce el
                     apetito y la ambición, gracias a los cuales funciona y alcanza logros
                     extraordinarios. Recordemos que Leeson no robaba, ni empastelaba las
                     cuentas para beneficiarse él. Lo hacía para que el banco en el que trabajaba
                     aumentara sus ganancias y obtuviera puntos contra sus competidores. Se
                     apartó de los procedimientos lícitos, creyendo que lo hacía temporalmente, y
                     que al final la subida de la Bolsa de Tokio, a la que él apostaba, borraría la
                     falta. Se equivocó y pagó. Pero el sistema, un sistema que siempre estuvo y
                     estará en la cuerda floja, sigue intacto.

                     Como Gran Bretaña es una democracia, los maltratados tenedores del Barings
                     han logado un desagravio simbólico. El ex yuppy no podrá aprovecharse de
                     las oportunidades que el sistema ha abierto a su popularidad. Los 800.000
                     dólares que ganó por su autobiografía y los 160.000 que le ha pagado el
                     Daily Mail para que cuente intimidades le han sido congelados por el Tribunal
                     Supremo. Su mujer no lo esperó a la puerta de la prisión: lo ha dejado para
                     casarse con otro broker. Y, además, en la cárcel de Tanah Merah contrajo un
                     cáncer en el colon, de incierto futuro.

                     ¿Deberíamos apiadarnos de él? No todavía. Respondiendo a un periódico
                     sensacionalista que ofrecía premios a quien revelara secretos sobre la vida de
                     Nick Leeson, un traficante de drogas que fue su compañero de celda en
                     Singapur jura que Nick le confesó que, de los 1500 millones de dólares
                     perdidos, sustrajo un par, que tiene escondidos para gastárselos cuando se
                     olviden de él.
 

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