El escribidor

Iban Campo


La novela de su vida comenzó hace 64 años en Arequipa, un localidad del Perú al que promete regresar cuando se acabe la que él proclama dictadura de Alberto Fujimori. Y en sus novelas está su vida. ''Son los peores momentos de ésta los que han resultado más fértiles para mi imaginación''.

Una mujer, Sol Alameda, ha dicho que su risa está llena de teclas de piano. Otra, Rosa Montero, que es tímido, amabilísimo e incluso afectuoso, ''pero todo eso, la cortesía, la atención, el afecto, queda siempre en suspensión, a cierta distancia, como si entre Mario Vargas Llosa y su entorno se emboscara un pequeño e invisible precipicio que él se esfuerza en saltar una y otra vez''.

Como viajero, su transcurrir por la vida le ha llevado por Europa. Ahora tiene su residencia en Barcelona, pero también ha pasado por París, Londres y Berlín. Como hombre, reconoce que las mujeres siempre le han gustado mucho. ''pero tengo una vida tan ocupada que son placeres imaginarios más que reales ya''.

Estuvo dispuesto a cometer dos ''imbecilidades''. Una, suicidarse. Ahora dice que la vida es lo más maravilloso que existe. Otra, enrolarse en la Legión Extranjera. Ambas por una pasión amorosa que guarda para sí. Realmente, a tenor de los comentarios leídos de su persona, a ella, a la pasión, le da una gran importancia, personal y profesional. ''Ahora que estoy llegando a la edad de no tan joven, mis pasiones son tan ricas, tan estimulantes como cuando era adolescente'', ha dicho.
En la escuela, se rieron de su manera de hablar cuando desde Bolivia, donde pasó gran parte de su niñez, regresó a Perú. Hasta que cumplió diez años pensó que su madre, Dora Llosa, era padre a la vez. Luego, Ernesto Vargas salió de algún lugar, de sopetón, para fastidiarle la vida. Cree que nunca había sentido miedo hasta que comenzó una relación traumática que le causó terror y a la que, sin embargo, le debe su vocación. ''Creo que no hubiera tenido esa perseverancia para seguir si yo no hubiera sentido que era una manera de resistir a mi padre, de frustrarlo, de hacerle daño''.

Nunca ha escrito sobre este trauma. Le resulta un material lacerante. Seguro que el día que lo haga sacará el rencor que lleva dentro. Cuando vuelca su historias reales en sus novelas, se libera de los demonios y situaciones que le afectan para luego recuperar la tranquilidad.

Para él, escribir es el placer de los placeres, ''lo que me da equilibrio, orden psíquico. Si no escribiera, estaría en un sanatorio mental o me habría volado la tapa de los sesos''. Por eso quizá no soporte al escritor que se aisla, ya que quien lo hace se aparta de la realidad y ''esa ruptura es lo que llamamos locura''.

La experiencia y consagración no le ayudan a perder la inseguridad que siente al enfrentarse a una hoja en blanco. Le cuesta tomar el ritmo en un inicio que es además pesimista. Ese estado de negatividad lo supera con su disciplina.

Liberal autodeclarado, acusado de derechista y fiel seguidor de la democracia, su optimismo con respecto a América Latina sufre vaivenes. Su paso por la política no le condujo a la presidencia de Perú. Tampoco quiso acceder al Ministerio de Cultura español durante el primer gobierno de José María Aznar. Una vida marcada por el autoritarismo no le permite tener otro discurso que no sea el de detestar tal sistema de gobierno, ''sea éste conservador o de izquierda''.

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