El gigante y los enanos
Por Mario Vargas Llosa
NUEVA YORK.- Quienes están interesados en conocer las grandezas
y miserias
del periodismo en una sociedad industrial moderna deben precipitarse a
ver
The Insider, una formidable película dirigida por Michael Mann,
e interpretada
por Al Pacino y Russell Crowe, que acaba de estrenarse en los Estados Unidos.
El guión, escrito por el propio realizador y Eric Roth, está
basado en un artículo
aparecido en Vanity Fair, que revela la historia del doctor Jeffrey Wigand,
un
científico y director de investigaciones de una importante empresa
fabricante
de cigarrillos que fue despedido cuando sus escrúpulos morales hicieron
temer a sus empleadores que Wigand hubiera dejado de ser un colaborador
confiable.
No se equivocaban. Pese a estar legalmente maniatado por un contrato
severísimo, que le prohibía revelar un solo dato de lo que
había conocido en
el seno de la empresa, so pena de multas y procesos criminales, y luego
de
una verdadera odisea para sobrevivir a las amenazas y presiones de todo
orden con que los siete grandes conglomerados (conocidos como Los Siete
Enanos) trataron de silenciarlo, el doctor Wigand testificó ante
los tribunales
que aquellas compañías habían aumentado las dosis
de nicotina en los
cigarrillos, a sabiendas de que esta sustancia era adictiva, y su testimonio
fue
objeto de uno de los más sonados escándalos periodísticos
que haya vivido
Estados Unidos. The Insider describe, con hipnótica eficacia, todas
las
interioridades de este asunto, que trasciende largamente el problema del
tabaco e incide sobre el tema, aún más grave, de las posibilidades
de la
supervivencia de un periodismo independiente y crítico en la era
de las
todopoderosas corporaciones multinacionales.
El héroe de The Insider no es Jeffrey Wigand, a pesar de que la
película
revela el ilimitado coraje y la resistencia a la adversidad de que hizo
gala
durante todo este proceso, que destruyó su familia y casi lo lleva
a la cárcel,
sino Lowell Bergman, un productor de 60 Minutes, programa periodístico
de la
CBS, que fue el factor determinante, gracias a su equipo de investigación,
para que el científico se animara a emprender la quijotesca batalla
contra Los
Siete Enanos.
En busca de la verdad
60 Minutes no es un programa de informaciones entre otros. Desde que
apareció, en 1968, bajo la dirección de su creador, Don Hewitt,
que todavía
sigue dirigiéndolo, ha batido todos los récords de audiencia
de los
informativos, y todavía ahora, treinta y un años después,
sigue figurando
entre los más populares e influyentes de la televisión norteamericana.
Desde
la primera vez que lo vi, a fines de los años 60, quedé impresionado
con su
rigor documental, penetración crítica y excelencia visual,
y cada vez que he
venido, de paso o por temporadas, a los Estados Unidos, me las he arreglado
para reservar los domingos, de 7 a 8 de la noche, a fin de no perderme
el
programa. Y nunca, en todos estos años, me he sentido defraudado
por uno
solo de ellos (no exagero).
Lo verdaderamente notable del programa no es tanto la maquinaria de
investigación, que le permite hacer cada semana sorprendentes revelaciones,
desbaratar poderosas operaciones políticas o financieras, documentar
gravísimas acusaciones, sino que sea capaz de desarrollar cada uno
de sus
temas en el reducidísimo espacio de apenas trece minutos y medio,
en el
curso de los cuales el espectador tiene la impresión de haber sido
informado
de lo esencial del asunto tratado.
De la enfermiza, enloquecedora verificación a que someten los temas
que
tratan puedo dar testimonio personal, pues yo fui uno de sus entrevistados
(iba a decir de sus víctimas). Nunca imaginé, cuando accedí
a aparecer en 60
Minutes, en 1989, lo que me esperaba. Una productora, rodeada de un
equipo de investigadores, desembarcó en Lima, y durante dos semanas
sometió a mis familiares, amigos y enemigos, y toda clase de gente
capaz de
dar informes sobre mi persona, a una verdadera inquisición sobre
mi pasado,
presente y futuro, y filmó no sé cuántos rollos de
películas sobre todos los
lugares relacionados con mi vida, de modo que cuando el periodista Ed
Bradley me entrevistó, un mes más tarde, en mi biblioteca,
estaba mejor
informado sobre mi persona que yo mismo.
No son sólo los vastos recursos económicos, ni el talento
profesional de sus
reporteros, presentadores y productores los que garantizan el éxito
de un
programa así. Es, ante todo, la libertad de que goza; el poder permitirse,
en
su trabajo informativo, enfrentarse a grandes intereses sin ser mediatizado
ni
silenciado. Esto no es nada fácil, desde luego, ni siempre ha sido
así, como
muestra The Insider. Cuando el productor Lowell Bergman descubrió
el caso
del científico Jeffrey Wigand, y diseñó una estrategia
para que éste pudiese
dar ante las cámaras su testimonio sobre el cinismo y la hipocresía
delincuenciales de los ejecutivos de Los Siete Enanos, que habían
jurado ante
una comisión del Congreso, en Washington, que ignoraban por completo
que
la nicotina era adictiva, tuvo el apoyo entusiasta de todo el equipo de
60
Minutes, incluido el de Don Hewitt y de Mike Wallace. La explosiva entrevista
se grabó, a la vez que Wigand, pese a las amenazas legales de los
abogados
de las compañías afectadas (los mejores del país,
qué duda cabe) testificaba,
de manera privada, ante un juez de Mississippi, lo que lo liberó
de la
obligación de "confidencialidad" de su contrato.
Entonces, las presiones de Los Siete Enanos arremetieron contra 60 Minutes,
a través de la compañía madre, CBS, para impedir que
la entrevista al doctor
Wigand se difundiera. Los abogados de la casa aseguraron a los ejecutivos
que si el programa pasaba como estaba editado por Lowell Bergman y Mike
Wallace, los fabricantes de cigarrillos entablarían un juicio que
podría costar
billones de dólares, y que, como consecuencia, CBS podía
terminar siendo
absorbida por Los Siete Enanos. Los directivos de CBS entonces ordenaron
que la entrevista al científico fuera recortada a fin de evitar
el riesgo legal.
Sus órdenes fueron acatadas, aunque a regañadientes, por
Don Hewitt y Mike
Wallace. Mientras tanto, Los Siete Enanos preparaban la descalificación
moral
de Wigand, filtrando a los medios de prensa un expediente preparado por
investigadores profesionales, que sacaba a la luz una vida familiar
traumática, crisis psicológicas, un matrimonio fracasado
y menudas sordideces
que apuntaban a una personalidad tornadiza e insolvente.
Gigante moral
El que salvó a Wigand de morir aplastado por el descrédito,
y a 60 Minutes
del deshonor y de ser cómplice de una flagrante conspiración
contra la libertad
de expresión fue el oscuro periodista y productor del programa Lowell
Bergman. ¿Cómo lo hizo? Aprovechando esa maravillosa herramienta
de una
sociedad democrática que es la competencia. Filtró la información
sobre lo
que ocurría a dos grandes diarios neoyorquinos, The New York Times
y The
Wall Street Journal, los cuales, después de hacer sus propias verificaciones,
revelaron el testimonio de Jeffrey Wigand, la campaña de desprestigio
contra
éste financiada por los fabricantes de cigarrillos y las presiones
a las que 60
Minutes se había rendido. Hecho público el escándalo,
la CBS no tuvo más
remedio que dar marcha atrás, y pasar, de nuevo, pero ahora completo,
el
programa sobre Wigand y los fabricantes de cigarrillos.
Convertido por un día en un verdadero gigante moral, Lowell Bergman
derrotó
a los poderosísimos Siete Enanos, a los cuales, además, como
consecuencia
del testimonio devastador del doctor Wigand, la acción judical en
su contra les
costó la astronómica suma de 246 mil millones de dólares.
(Pero ahí están
todavía, en pie, y ganando siempre mucho dinero.) Sin embargo, la
decepción
con el programa en el que había trabajado catorce años lo
llevó a apartarse
de 60 Minutes y a desaparecer en un oscuro programa de la televisión
pública
donde ahora trabaja. El doctor Wigand regresó también a la
oscuridad: es un
empeñoso profesor de química en un colegio secundario de
una remota
provincia del Medio Oeste.
El final de esta historia, aunque a simple vista es feliz, nos deja un
sabor
agridulce en la boca. La pregunta es: ¿y si un periodista de la
calidad ética de
Bergman no hubiera estado allí, qué? Los Siete Enanos se
hubieran salido con
la suya. Y la siguiente pregunta es: ¿en cuántos casos que
nunca sabremos
ocurrió así? Y todavía esta otra: ¿hasta cuándo
podrá haber un periodismo
independiente y crítico en este mundo en el que los grandes conglomerados
económicos acumulan a veces más poder que muchos Estados
reunidos?
¿Llegarán en el futuro próximo los intereses de las
grandes empresas a
conseguir aquello que los formidables Estados totalitarios se propusieron
y
fueron incapaces de lograr, un mundo enteramente robotizado e imbecilizado
por la desinformación? No tengo respuesta para esta pregunta, sólo
la
angustiosa sospecha de que ella planeará, siniestra, cada vez más
cerca de
nuestras cabezas, en los años venideros.
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