La Nación
                      Sección Opinión
                      Fecha de publicación 01.12.1999
 

El gigante y los enanos
Por Mario Vargas Llosa

                     NUEVA YORK.- Quienes están interesados en conocer las grandezas y miserias
                     del periodismo en una sociedad industrial moderna deben precipitarse a ver
                     The Insider, una formidable película dirigida por Michael Mann, e interpretada
                     por Al Pacino y Russell Crowe, que acaba de estrenarse en los Estados Unidos.
                     El guión, escrito por el propio realizador y Eric Roth, está basado en un artículo
                     aparecido en Vanity Fair, que revela la historia del doctor Jeffrey Wigand, un
                     científico y director de investigaciones de una importante empresa fabricante
                     de cigarrillos que fue despedido cuando sus escrúpulos morales hicieron
                     temer a sus empleadores que Wigand hubiera dejado de ser un colaborador
                     confiable.

                     No se equivocaban. Pese a estar legalmente maniatado por un contrato
                     severísimo, que le prohibía revelar un solo dato de lo que había conocido en
                     el seno de la empresa, so pena de multas y procesos criminales, y luego de
                     una verdadera odisea para sobrevivir a las amenazas y presiones de todo
                     orden con que los siete grandes conglomerados (conocidos como Los Siete
                     Enanos) trataron de silenciarlo, el doctor Wigand testificó ante los tribunales
                     que aquellas compañías habían aumentado las dosis de nicotina en los
                     cigarrillos, a sabiendas de que esta sustancia era adictiva, y su testimonio fue
                     objeto de uno de los más sonados escándalos periodísticos que haya vivido
                     Estados Unidos. The Insider describe, con hipnótica eficacia, todas las
                     interioridades de este asunto, que trasciende largamente el problema del
                     tabaco e incide sobre el tema, aún más grave, de las posibilidades de la
                     supervivencia de un periodismo independiente y crítico en la era de las
                     todopoderosas corporaciones multinacionales.

                     El héroe de The Insider no es Jeffrey Wigand, a pesar de que la película
                     revela el ilimitado coraje y la resistencia a la adversidad de que hizo gala
                     durante todo este proceso, que destruyó su familia y casi lo lleva a la cárcel,
                     sino Lowell Bergman, un productor de 60 Minutes, programa periodístico de la
                    CBS, que fue el factor determinante, gracias a su equipo de investigación,
                     para que el científico se animara a emprender la quijotesca batalla contra Los
                     Siete Enanos.

                     En busca de la verdad

                     60 Minutes no es un programa de informaciones entre otros. Desde que
                     apareció, en 1968, bajo la dirección de su creador, Don Hewitt, que todavía
                     sigue dirigiéndolo, ha batido todos los récords de audiencia de los
                     informativos, y todavía ahora, treinta y un años después, sigue figurando
                     entre los más populares e influyentes de la televisión norteamericana. Desde
                     la primera vez que lo vi, a fines de los años 60, quedé impresionado con su
                     rigor documental, penetración crítica y excelencia visual, y cada vez que he
                     venido, de paso o por temporadas, a los Estados Unidos, me las he arreglado
                     para reservar los domingos, de 7 a 8 de la noche, a fin de no perderme el
                     programa. Y nunca, en todos estos años, me he sentido defraudado por uno
                     solo de ellos (no exagero).

                     Lo verdaderamente notable del programa no es tanto la maquinaria de
                     investigación, que le permite hacer cada semana sorprendentes revelaciones,
                     desbaratar poderosas operaciones políticas o financieras, documentar
                     gravísimas acusaciones, sino que sea capaz de desarrollar cada uno de sus
                     temas en el reducidísimo espacio de apenas trece minutos y medio, en el
                     curso de los cuales el espectador tiene la impresión de haber sido informado
                     de lo esencial del asunto tratado.

                     De la enfermiza, enloquecedora verificación a que someten los temas que
                     tratan puedo dar testimonio personal, pues yo fui uno de sus entrevistados
                     (iba a decir de sus víctimas). Nunca imaginé, cuando accedí a aparecer en 60
                     Minutes, en 1989, lo que me esperaba. Una productora, rodeada de un
                     equipo de investigadores, desembarcó en Lima, y durante dos semanas
                     sometió a mis familiares, amigos y enemigos, y toda clase de gente capaz de
                     dar informes sobre mi persona, a una verdadera inquisición sobre mi pasado,
                     presente y futuro, y filmó no sé cuántos rollos de películas sobre todos los
                     lugares relacionados con mi vida, de modo que cuando el periodista Ed
                     Bradley me entrevistó, un mes más tarde, en mi biblioteca, estaba mejor
                     informado sobre mi persona que yo mismo.

                     No son sólo los vastos recursos económicos, ni el talento profesional de sus
                     reporteros, presentadores y productores los que garantizan el éxito de un
                     programa así. Es, ante todo, la libertad de que goza; el poder permitirse, en
                     su trabajo informativo, enfrentarse a grandes intereses sin ser mediatizado ni
                     silenciado. Esto no es nada fácil, desde luego, ni siempre ha sido así, como
                     muestra The Insider. Cuando el productor Lowell Bergman descubrió el caso
                     del científico Jeffrey Wigand, y diseñó una estrategia para que éste pudiese
                     dar ante las cámaras su testimonio sobre el cinismo y la hipocresía
                     delincuenciales de los ejecutivos de Los Siete Enanos, que habían jurado ante
                     una comisión del Congreso, en Washington, que ignoraban por completo que
                     la nicotina era adictiva, tuvo el apoyo entusiasta de todo el equipo de 60
                     Minutes, incluido el de Don Hewitt y de Mike Wallace. La explosiva entrevista
                     se grabó, a la vez que Wigand, pese a las amenazas legales de los abogados
                     de las compañías afectadas (los mejores del país, qué duda cabe) testificaba,
                     de manera privada, ante un juez de Mississippi, lo que lo liberó de la
                     obligación de "confidencialidad" de su contrato.

                     Entonces, las presiones de Los Siete Enanos arremetieron contra 60 Minutes,
                     a través de la compañía madre, CBS, para impedir que la entrevista al doctor
                     Wigand se difundiera. Los abogados de la casa aseguraron a los ejecutivos
                     que si el programa pasaba como estaba editado por Lowell Bergman y Mike
                     Wallace, los fabricantes de cigarrillos entablarían un juicio que podría costar
                     billones de dólares, y que, como consecuencia, CBS podía terminar siendo
                     absorbida por Los Siete Enanos. Los directivos de CBS entonces ordenaron
                     que la entrevista al científico fuera recortada a fin de evitar el riesgo legal.
                     Sus órdenes fueron acatadas, aunque a regañadientes, por Don Hewitt y Mike
                     Wallace. Mientras tanto, Los Siete Enanos preparaban la descalificación moral
                     de Wigand, filtrando a los medios de prensa un expediente preparado por
                     investigadores profesionales, que sacaba a la luz una vida familiar
                     traumática, crisis psicológicas, un matrimonio fracasado y menudas sordideces
                     que apuntaban a una personalidad tornadiza e insolvente.

                     Gigante moral

                     El que salvó a Wigand de morir aplastado por el descrédito, y a 60 Minutes
                     del deshonor y de ser cómplice de una flagrante conspiración contra la libertad
                     de expresión fue el oscuro periodista y productor del programa Lowell
                     Bergman. ¿Cómo lo hizo? Aprovechando esa maravillosa herramienta de una
                     sociedad democrática que es la competencia. Filtró la información sobre lo
                     que ocurría a dos grandes diarios neoyorquinos, The New York Times y The
                     Wall Street Journal, los cuales, después de hacer sus propias verificaciones,
                     revelaron el testimonio de Jeffrey Wigand, la campaña de desprestigio contra
                     éste financiada por los fabricantes de cigarrillos y las presiones a las que 60
                     Minutes se había rendido. Hecho público el escándalo, la CBS no tuvo más
                     remedio que dar marcha atrás, y pasar, de nuevo, pero ahora completo, el
                     programa sobre Wigand y los fabricantes de cigarrillos.

                     Convertido por un día en un verdadero gigante moral, Lowell Bergman derrotó
                     a los poderosísimos Siete Enanos, a los cuales, además, como consecuencia
                     del testimonio devastador del doctor Wigand, la acción judical en su contra les
                     costó la astronómica suma de 246 mil millones de dólares. (Pero ahí están
                     todavía, en pie, y ganando siempre mucho dinero.) Sin embargo, la decepción
                     con el programa en el que había trabajado catorce años lo llevó a apartarse
                     de 60 Minutes y a desaparecer en un oscuro programa de la televisión pública
                     donde ahora trabaja. El doctor Wigand regresó también a la oscuridad: es un
                     empeñoso profesor de química en un colegio secundario de una remota
                     provincia del Medio Oeste.

                     El final de esta historia, aunque a simple vista es feliz, nos deja un sabor
                     agridulce en la boca. La pregunta es: ¿y si un periodista de la calidad ética de
                     Bergman no hubiera estado allí, qué? Los Siete Enanos se hubieran salido con
                     la suya. Y la siguiente pregunta es: ¿en cuántos casos que nunca sabremos
                     ocurrió así? Y todavía esta otra: ¿hasta cuándo podrá haber un periodismo
                     independiente y crítico en este mundo en el que los grandes conglomerados
                     económicos acumulan a veces más poder que muchos Estados reunidos?

                     ¿Llegarán en el futuro próximo los intereses de las grandes empresas a
                     conseguir aquello que los formidables Estados totalitarios se propusieron y
                     fueron incapaces de lograr, un mundo enteramente robotizado e imbecilizado
                     por la desinformación? No tengo respuesta para esta pregunta, sólo la
                     angustiosa sospecha de que ella planeará, siniestra, cada vez más cerca de
                     nuestras cabezas, en los años venideros.
 

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