Domingo 09 de abril de 2000

MARIO VARGAS LLOSA

El imperio del miedo


En París, en la tranquilidad de su departamento, Vargas Llosa habla de su nueva novela, "La fiesta del chivo". Allí, el escritor vuelve a sus viejas obsesiones: el poder, la violencia y el sexo. Y logra un fresco estremecedor que abarca la vida política de las últimas décadas en la República Dominicana.

SOL ALAMEDA

La Fiesta del Chivo trata de los días finales de Leónidas Trujillo, el dictador dominicano que fue asesinado en 1961, a los 70 años, por un grupo de militares de su confianza ayudados por la CIA. Para escribir esta ficción, Mario Vargas Llosa ha utilizado materiales históricos. Detrás de él hay una labor de investigación enorme, la lectura de todo lo que se ha escrito, y ha caído en sus manos, sobre el personaje. No ha querido escribir un libro fiel a la historia. Esa, dice, no es la función de la novela, sino mentir con conocimiento de causa, para poder elaborar y fantasear a partir de una realidad. Ha respetado los hechos capitales de la dictadura de Trujillo, los episodios relativos a su muerte, a la violencia y al caos que continuó después, pero ha inventado personajes, y a algunos de los reales les ha dado un tratamiento novelesco. Vargas Llosa es generoso con los periodistas, concede entrevistas a menudo y no parece cansarse de responder preguntas. Ahora que aparece su nuevo libro le esperan unos meses de realizar esa tarea. Es la ineludible promoción. "Sí, es pesado. Tal vez debí hacer como García Márquez, que se negó desde el primer momento, y ya es sabido por todo el mundo que no concede entrevistas ni hace presentaciones, así que le dejan tranquilo. Pero yo no lo hice, y aquí estoy, dispuesto." Muchas de sus respuestas acaban con una risa, como si en parte las quisiera desmentir o añadir un nuevo matiz a sus opiniones. Esa risa, llena de dientes como teclas de un piano, también sugiere que en el fondo no le gusta tomarse demasiado en serio muchas cosas, con la excepción de la literatura y la política, de la que no parece poder prescindir.

-Los que mataron a Trujillo eran personas ligadas a él.
-Sí, y cómplices del trujillismo decepcionados, resentidos.

-Llama la atención que no traten de cambiar las cosas; no les mueven razones políticas, sino personales.
-Es la parte humana de la historia. La interpretación siempre atribuye motivos ideológicos, pero la realidad es que, cuando uno baja al nivel individual, lo que uno descubre es algo mucho más subjetivo; es la dictadura vivida como un sufrimiento, como un rencor, como una necesidad de desquite.

-No hay buenos en su historia.
-Ni malos absolutos, sino esas situaciones en las que uno puede llegar a ser muy malo y otras en las que de pronto pueden surgir la generosidad y el heroísmo. Trujillo ¿por qué llega a esos extremos de crueldad vertiginosa? Porque acumulaba un poder vertiginoso. Le ocurre lo que le ocurrió a Nerón, a todos los que han sido grandes dictadores, que pueden convertirse en monstruos. Y llegan a acumular ese poder porque hay una abdicación de su pueblo a la resistencia, a frenar esos excesos.

-El personaje de Urania, con la que empieza y acaba el libro, y que es un contrapunto de la historia, ¿es inventado?
-Es un personaje basado en muchas experiencias concretas. De La Fiesta del Chivo, lo que más me fascinó es la relación subjetiva que llega a establecerse entre el dictador y su pueblo. Esa especie de vasallaje espiritual, que va más allá de la simple servidumbre, por culpa de la coacción o el temor. Es el mundo de los caudillos militares, quizá lo que más se parece a una dictadura totalitaria. Llegan a controlar no sólo la esfera cívica, sino la familiar, la profesional. Esa es una de las hazañas de Trujillo: lograr tener ese control tan absoluto no sólo sobre las conductas, sino sobre las conciencias y hasta los sueños. Los padres llevaban a Trujillo a sus hijas, está completamente documentado. El secretario de Trujillo, que, dicho sea de paso, es una persona muy simpática, me contó que era un problema por la cantidad de padres que llevaban al generalísimo sus hijas. Era una manera de expresarle su admiración, y eso ocurría en los años cincuenta, no en la Edad Media. Es una de las cosas que me precipitó a tratar de entender ese fenómeno. Ni una sola de esas víctimas, y eso es interesante, de las que está comprobado que fueron sacrificadas, digamos, ha querido contarlo.

-Igual que muchas mujeres violadas. ¿Por la misma razón?
-Uno se pregunta si es por ese pudor de la víctima o si de alguna manera viven esa aberración que era el haber estado en contacto con la divinidad.

-¿Quiere decir que les gustó?
-¿No tenemos casos en nuestros días de gente que les gusta la esclavitud, que lamen las manos de aquellos que los azotan? Eso está tan generalizado... Y entre nosotros, no en países pobres y atrasados. Es un fenómeno que me horroriza y que por eso vuelve tanto a mis libros.

-Usted ha dicho que si en una novela no hay violencia y sexo, no le interesa.
-La novela es una representación de la vida, no de una parcela. Es la vida en su inmensa diversidad, complejidad. Y, para desgracia y fortuna nuestra, la vida está hecha de violencia y de sexo de una manera primordial. No podemos renunciar a los instintos, que son un aspecto central de nuestra existencia. Uno de los aspectos es el sexo que conduce al placer, una cosa maravillosa de la comunicación entre los humanos, pero que también puede conducir a la violencia. La violencia, que es uno de los temas centrales de esta novela, es un fenómeno humano, no es un fenómeno inhumano. Entre los animales no hay violencia; matan por comer, no matan porque haya un instinto de destrucción como hay en los seres humanos. Eso, dentro de un contexto político determinado, puede provocar, ya sabemos, los genocidios, que no son cosas del pasado. Si una novela es una representación de la vida no puede soslayar esos dos aspectos centrales de lo que es la condición humana. No digo que hay que complacerse en ellos, aunque hay algunos autores que a través de la novela encontraron una salida... Es lo que ocurre con el marqués de Sade.

-¿Y cuál era su sentimiento al escribir esas páginas?
-Pues un sentimiento curioso, de fascinación, de repulsión, y al mismo tiempo sentía la atracción que tiene eso; como dicen los franceses, la fascinación del barro. Hay una fascinación por esos seres humanos que de pronto se convierten en seres demoníacos, por saber cómo llegaron allí. Es el mecanismo que está detrás de todo esto. Fue la escena más difícil del libro, la que más veces escribí; la hice y la deshice, porque me costaba verdadero esfuerzo hacerla verosímil. Ha sido el tour de force del libro.

-¿Ha sentido el horror de Uranita y también lo que sentía Trujillo?
-Cuando uno escribe una novela, y eso es lo maravilloso, uno es el torturador y el torturado. El violador y la violada. Uno es el testigo y la protagonista. La escena está contada desde Uranita, y el esfuerzo era el de tratar de prefigurar las imágenes y los sentimientos de esa niña joven.

-Sobre los afanes sexuales de dictadores hemos tenido más noticia. ¿Es una marca especial de los dictadores del trópico?
-La vida sexual de los dictadores es muy rica en pormenores. Dictadores austeros sexualmente son pocos: Franco, Salazar y Hitler, quien da la impresión de que la pasión carnicera no le dejaba tiempo para la pasión sexual. Pero la mayor parte de los dictadores latinoamericanos, por efecto del machismo, han tenido un prontuario sexual muy abundante. No sólo era la búsqueda del placer, sino la afirmación de la virilidad. Coleccionar mujeres era una manera de afirmar su hombría, su poder, y de mantener el mito. El dictador no sólo es el fuerte; es el chivo, el gran fornicador. Es el macho cabrón. A Trujillo le decían el Chivo por eso. Ha sucedido con muchos dictadores.

-Creo que de los personajes de su novela, salvando la crueldad de Trujillo, Balaguer es el que me cae más antipático.
-Unos amigos dominicanos dicen que el personaje principal de la novela es Balaguer, no Trujillo.

-Acabó triunfando, lleva más años en el poder de los que estuvo Trujillo.
-Tiene 91 años, está ciego y en cierto modo sigue siendo el factótum de la política en su país. Hay un movimiento para que sea otra vez candidato a la presidencia de la república.

-A usted, ¿cuál es el personaje que menos le gusta?
-Tengo la obligación moral de querer a todos mis personajes. Y a todos les doy el tratamiento más objetivo posible. Es muy importante para no caer en la caricatura, en la literatura de propaganda. En eso soy flaubertiano. El escritor debe ser en una novela como Dios en el universo: estar en todas partes y no ser visible en ninguna. Para que una novela convenza al lector, éste no debe sentir que los personajes están movidos por unos hilos, que un autor los manipula para promover determinadas ideas.

-Lo que acaba siendo el tema de su novela es que la dictadura lo pudre todo, incluso después de la muerte del dictador.
-Eso es muy exacto. La dictadura no es sólo la violencia que se ejerce contra una población inerme, no es tampoco la mentira; es, sobre todo, la corrupción generalizada, donde es imposible mantener una dignidad, una honra personal, porque uno está obligado a entrar en los mecanismos de impostura. Y ése es el legado peor para las futuras generaciones. Los dictadores mueren, pero la herencia sigue.

-Por ejemplo, ahí sigue Balaguer.
-Bueno, hay progreso. Me dio gusto leer unas declaraciones del presidente del Banco Mundial, que decía que, comparativamente, la República Dominicana era el país que ha progresado más en los últimos años.

-Y los ricos siguen siendo los mismos que en tiempos de Trujillo. No hay una dictadura, es verdad, pero...
-Lo que hay es una democracia imperfecta, como en toda América latina, en los países que hay democracia. Ha habido mejoras que no se ven desde un país avanzado, pero son reales desde la perspectiva de quien ha vivido el horror. Son avances pequeños, pero no reconocerlos es caer en la caricatura. Esa es una visión tremendista y artificial de lo que es la realidad del Tercer Mundo, que por desgracia está muy extendida en Europa.

-No quiero hablar de política con usted, me lo había prometido a mí misma. Ya sabemos lo que piensa a través de sus artículos. Así que, dígame, ¿escribir sigue siendo una orgía perpetua?
-Sí. El placer de los placeres.

-¿Sigue siendo lo que le salva de la vida?
-Sí. La literatura es lo que me da equilibrio, un orden psíquico y mental.

-Creo que usted ha amado a muchas mujeres.
-Bueno, imaginariamente sí. Las mujeres siempre me han gustado mucho; tanto como la literatura no sé, pero sí, me han gustado mucho. Pero tengo una vida ocupada más por los placeres imaginarios que por los reales. Me gustan las mujeres y no tengo ninguna vergüenza en decirlo, pero mi mujer no tiene ningún espíritu deportivo, así que estoy obligado a mantener una gran prudencia verbal al hablar de mi vida sentimental. -Enamorado, ¿se escribe mejor?
-El amor enriquece el mundo, justifica todo, incluso las penalidades, los sufrimientos. Todo se justifica cuando uno está enamorado.

-¿Cree que la pasión es cosa de gente joven?
-Esa es una infame calumnia. Ahora que estoy llegando a la edad de no tan joven, mis pasiones son tan ricas, tan estimulantes como cuando era un adolescente. Además están enriquecidas por la experiencia. Creo que hay ciertas actividades, y una de ellas es la novela -no la poesía, que puede ser precoz-, que exige una experiencia acumulada. Y el erotismo también lo exige, requiere una cultura muy decantada.

-¿Recuerda alguna pasión amorosa que le impidiera escribir?
-Sí. No le puedo decir cuál, pero viví una pasión amorosa en la que llegué a sentir por única vez en mi vida que la vida no tenía sentido. Estuve dispuesto a hacer dos imbecilidades; una, suicidarme, y otra, enrolarme en la Legión Extranjera.

-¿Era entonces cuando leía Madame Bovary para encontrar consuelo?
-Sí. ¿Cómo se acuerda? Es verdad. Pasé incluso por delante de la oficina de la inscripción de la Legión.

-¿Y por qué la única salida era el suicidio?
-No le puedo decir, eso no. Pero es la única vez en mi vida en que consideré que la vida no merecía la pena de ser vivida, algo completamente estúpido. La vida es lo más maravilloso que existe.

-¿Y cómo era aquella dama?
-No, no. Es un tema que me reservo para mi vejez, para cuando ya no tenga tanta imaginación y tenga que vivir de mis recuerdos. Esa es la ventaja de los escritores, que cuando la imaginación se apaga, queda la memoria, que es un arca llena de tesoros a los que uno puede recurrir en un momento dado.

-Cuando, como usted, uno es un autor consagrado, ¿resulta difícil elegir un tema?
-Resulta difícil escribir. Llevar tantos años haciéndolo no me ha dado una seguridad. Me ha dado un convencimiento de que si persevero termino la historia, pero la inseguridad que vivo cuando tomo los primeros apuntes y escribo el primer borrador es igual a la que sentía cuando comencé a escribir. No tengo la mínima seguridad, me siento desvalido.

-¿Por las mismas razones que al principio o por otras diferentes?
-La inseguridad consiste en que no sabes si eso va a funcionar, si se va a levantar, si va a empezar a tener vida propia. El comienzo de toda novela es una lucha contra la inseguridad, en busca de una confianza que sólo llego a tener cuando he terminado el primer borrador. Entonces ya sí me siento más seguro y trabajo con mucho más entusiasmo.

-¿Y eso le sucede a pesar de que, seguramente, y usted lo sabe, ese libro que está escribiendo va a tener éxito?
-Es que el éxito uno quiere encontrarlo cuando está sentado ante la mesa. El éxito es que, en un momento dado, uno diga: ahí está, ahí apareció. Ese es un placer incomunicable, yo no puedo describir esa sensación de sentirse colmado, justificado en la existencia; es un placer único, espiritual y físico a la vez. Y si la crítica es buena, uno está mucho más contento que si es mala y que si se venden muchos ejemplares; pero eso ya es la literatura en sociedad, y yo estoy hablando de otra cosa. De ese placer privado y raro, muy difícil de describir. Hay un verso muy bonito de Kavafis dedicado a Itaca. El dice: emprende el viaje a Itaca, pero demórate lo más que puedas, haz muchas escalas, teniendo siempre presente tu isla, la que estás buscando. Al final, dice, llegas a Itaca, y ¿qué vas a descubrir? Que la verdadera Itaca era el viaje. Es un poema maravilloso para describir lo que es escribir. Al final, cuando el libro esta ahí, lo maravilloso han sido esos meses, años, construyéndolo, sacando esa historia de la nada, modelando esos personajes. Ese es el gran premio, siempre lo es. Es como el amor, que uno ama a una mujer, vive una pasión y, en un momento dado, eso se consuma. Eso es muy difícil de comunicar, se vuelve como ridículo cuando se expone a la luz pública. Lo mismo pasa con la literatura.

-A estas alturas, ¿sigue siendo Flaubert el espejo donde se mira?
-Le debo muchísimo a Flaubert. Me deslumbró como escritor y me ayudó a ser el escritor que soy. La disciplina me la enseñó él, ciertas ideas básicas sobre lo que es una historia, sobre cómo construir una novela, y la manera de dar soberanía a un mundo de ficción.

-¿Qué le enseñó Faulkner?
-La importancia de la forma es algo que descubrí leyendo a Faulkner. Y también el aliento épico, que yo descubrí en sus novelas y que me permitió reconocer una predisposición mía. Es un autor que admiro, y cada vez me convenzo más de que es, en el siglo XX, el equivalente de los maestros del XIX, de un Balzac, o de un Dickens, o de un Flaubert, que son a su vez los grandes equivalentes de los maestros clásicos, como Cervantes. Esos son los que compitieron con la realidad de igual a igual. Hoy los escritores tienen miedo de competir con la realidad de igual a igual, les parece una cosa muy pretenciosa, prefieren la obra perfecta de tono menor. Es la literatura light, de la que no soy muy partidario.

(c)El País y Clarín, 2000

 


La Fiesta del Chivo

FRAGMENTO

NOVELA
La fiesta del chivo
De Mario Vargas Llosa
El dictador Trujillo y otros personajes históricos se entrecruzan en la vida de Urania, protagonista del relato.
Alfaguara, 2000. 518 páginas.
$ 21
 
 

Urania. No le habían hecho un favor sus padres; su nombre daba la idea de un planeta, de un mineral, de todo, salvo de la mujer espigada y de rasgos finos, tez bruñida y grandes ojos oscuros. Felizmente ya nadie la llamaba así, sino Uri, Miss Cabral, Mrs. Cabral o Doctor Cabral. Que ella recordara, desde que salió de Santo Domingo ("Mejor dicho, de Ciudad Trujillo", cuando partió aún no habían devuelto su nombre a la ciudad capital), ni en Adrian, ni en Boston, ni en Washington D.C., ni en New York, nadie había vuelto a llamarla Urania, como antes en su casa y en el Colegio Santo Domingo, donde las sisters y sus compañeras pronunciaban correctísimamente el disparatado nombre que le infligieron al nacer. ¿Se le ocurriría a él, a ella? Tarde para averiguarlo, muchacha; tu madre estaba en el cielo y tu padre muerto en vida. Nunca lo sabrás. íUrania! Tan absurdo como afrentar a la antigua Santo Domingo de Guzmán llamándola Ciudad Trujillo. ¿Sería también su padre el de la idea? Está esperando que asome el mar por la ventana de su cuarto, en el noveno piso del Hotel Jaragua, y por fin lo ve. La oscuridad cede en pocos segundos y el resplandor azulado del horizonte, creciendo deprisa, inicia el espectáculo que aguarda desde que despertó, a las cuatro, pese a la pastilla que había tomado rompiendo sus prevenciones contra los somníferos. La superficie azul oscura del mar, sobrecogida por manchas de espuma, va a encontrarse con un cielo plomizo en la remota línea del horizonte, y, aquí, en la costa, rompe en olas sonoras y espumosas contra el Malecón, del que divisa pedazos de calzada entre las palmeras y almendros que lo bordean. Entonces, el Hotel Jaragua miraba al Malecón de frente. Ahora, de costado. La memoria le devuelve aquella imagen -¿de ese día?- de la niña tomada de la mano por su padre, entrando en el restaurante del hotel, para almorzar los dos solos. Les dieron una mesa junto a la ventana y, a través de los visillos, Uranita divisaba el amplio jardín y la piscina con trampolines y bañistas. Una orquesta tocaba merengues en el Patio Español, rodeado de azulejos y tiestos con claveles. ¿Fue aquel día? "No", dice en voz alta. Al Jaragua de entonces lo habían demolido y reemplazado por este voluminoso edificio color pantera rosa que la sorprendió tanto al llegar a Santo Domingo tres días atrás.

¿Has hecho bien en volver? Te arrepentirás, Urania. Desperdiciar una semana de vacaciones, tú que nunca tenías tiempo para conocer tantas ciudades, regiones, países que te hubiera gustado ver -las cordilleras y los lagos nevados de Alaska, por ejemplo- retornando a la islita que juraste no volver a pisar. ¿Síntoma de decadencia? ¿Sentimentalismo otoñal? Curiosidad, nada más. Probarte que puedes caminar por las calles de esta ciudad que ya no es tuya, recorrer este país ajeno, sin que ello te provoque tristeza, nostalgia, odio, amargura, rabia. ¿O has venido a enfrentar a la ruina que es tu padre? A averiguar qué impresión te hace verlo, después de tantos años. Un escalofrío le corre de la cabeza a los pies. íUrania, Urania! Mira que si, después de todos estos años, descubres que, debajo de tu cabecita voluntariosa, ordenada, impermeable al desaliento, detrás de esa fortaleza que te admiran y envidian, tienes un corazoncito tierno, asustadizo, lacerado, sentimental. Se echa a reír. Basta de boberías, muchacha.

Se pone las zapatillas, el pantalón, la blusa de deportes, sujeta sus cabellos con una redecilla. Bebe un vaso de agua fría y está a punto de encender la televisión para ver la CNN pero se arrepiente. Permanece junto a la ventana, mirando el mar, el Malecón, y luego, volviendo la cabeza, el bosque de techos, torres, cúpulas, campanarios y copas de árboles de la ciudad. íCuánto ha crecido! Cuando la dejaste, en 1961, albergaba trescientas mil almas. Ahora, más de un millón. Se ha llenado de barrios, avenidas, parques y hoteles. La víspera, se sintió una extraña dando vueltas en un auto alquilado por los elegantes condominios de Bella Vista y el inmenso parque El Mirador donde había tantos joggers como en Central Park.
 
 



Domingo 09 de abril de 2000

El tiempo de los dictadores

SUSANA CELLA
 
 

Si las denuncias a la tiranía tienen una larga tradición en las letras del continente americano, a mediados del siglo veinte, aproximadamente, asumen, en la literatura una forma particular en las llamadas novelas de dictadores. Con el antecedente de Tirano Banderas, de Valle Inclán, y el fundacional El señor presidente, de Miguel Angel Asturias (1946), esta serie alcanza, en los años setenta, la plenitud con obras de la calidad de El recurso del método de Alejo Carpentier, Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos o El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. Centradas en las peculiares y dispares figuras de quienes ejercieron, a veces durante décadas, un poder a la vez paternalista y despótico, no se trata de una diatriba externa ni tampoco de la mera puesta en escena de una psicología particular (aunque esto también esté presente), sino de un intento de comprensión de la realidad histórica y el imaginario social que las hizo posibles. Enigmáticos e imprevisibles, los dictadores poseen un saber del poder proveniente de su conocimiento del medio en que están insertos (muchas veces por su propio origen popular), que les permite efectuar los manejos necesarios, valiéndose de sus condiciones de caudillo y de sus certeras intuiciones, para alcanzar un poder absoluto. Indagar ese saber a través de la mostración de los actos caprichosos, inverosímiles, crueles, magnánimos y hasta errados de los tiranos, exponiendo al mismo tiempo las circunstancias que enfrentan y las actitudes de quienes los rodean o se les oponen, son características esenciales de estos relatos capaces de presentar, según los estilos de sus autores, la diversidad de los autócratas.

Mario Vargas Llosa, en una de sus mejores novelas, Conversación en la Catedral, había tratado el tema, en ese caso referido a su país y a la dictadura de Odría, pero es La fiesta del Chivo la que presenta los rasgos típicos de la novela de dictador. A diferencia de Asturias, Carpentier o García Márquez, que difuminan la referencia a un dictador en particular -pese a que muchas alusiones son reconocibles- Vargas Llosa, como hizo Roa Bastos con Gaspar Rodríguez de Francia, se centra en uno en particular: Rafael Leónidas Trujillo, "el Chivo", que rigió la República Dominicana entre 1930 y 1961.

Con el excelente manejo de los diálogos, los saltos temporales, los cambios de escenarios, cortes y uso de diversas perspectivas narrativas, que caracterizan lo mejor de la vasta obra del autor de La casa verde, la escena de la muerte del tirano es una especie de núcleo en torno del cual proliferan muchas historias, fragmentadas y mezcladas, desplegando así un conjunto diverso de personajes, tan hábilmente presentados como el mismo dictador. Sobre todo en la decadencia, cuando el todopoderoso se vuelve impotente y junto con la virilidad pierde la comprensión de esa realidad que hasta entonces tan sutilmente había captado. Como el mismo Perón le dice, la enemistad con la Iglesia es fatal, pero más todavía, las demandas democráticas de los Estados Unidos en el momento en que los métodos ultrarrepresivos y las políticas conservadoras ya no les sirven y prefieren la habilidad política del literato demócrata Joaquín Balaguer, el que nunca pierde la calma ni se ensucia las manos de sangre y es capaz de amoldarse a los cambios con prodigiosa versatilidad. Más de treinta años de la historia dominicana se condensan en la trama, y si Balaguer alcanza una creciente importancia según se suceden los hechos, hay otra voz que recorre la novela aportando cierta dosis de suspenso y el testimonio de los efectos perdurables de la humillación y el terror. Es a Urania, desdoblada en una segunda y tercera persona narrativa, a quien cabe contar la esterilidad, el silencio y el desarraigo.

Finalmente, queda flotando una pregunta: ¿por qué Vargas Llosa escribió esta novela? ¿Quiso cumplir con el legendario proyecto de los tiempos del "boom" de que cada uno de sus protagonistas hiciera una novela de dictadores? O, quizá, volver sobre el pasado, como lo hizo en más de un sentido en Lituma en los Andes, y, más fiel a la verdad de la literatura que a su manifiesta ideología, demostrar que puede desnudar, a través de la figura de Balaguer, las hipócritas maniobras para que, como dice el hijo del tirano muerto, "la gente se trague la pendejada de los tiempos nuevos".