El País, Miércoles  8 marzo de 2000 - Nº 1404

MARIO VARGAS LLOSA / ESCRITOR

"No podemos renunciar a los instintos. La violencia es humana"


Texto: Sol Alameda

La fiesta del Chivo trata de los días finales de Leónidas Trujillo, el dictador dominicano que fue asesinado en 1961, a los 70 años, por un grupo de militares de su confianza ayudados por la CIA. Para escribir esta ficción, Vargas Llosa ha utilizado materiales históricos. Detrás de él hay una labor de investigación enorme, la lectura de todo lo que se ha escrito, y ha caído en sus manos, sobre el personaje. 

No ha querido escribir un libro fiel a la historia. Ésa, dice, no es la función de la novela, sino mentir con conocimiento de causa, para poder elaborar y fantasear a partir de una realidad. Ha respetado los hechos capitales de la dictadura de Trujillo, los episodios relativos a su muerte, a la violencia y al caos que continuó después, pero ha inventado personajes, y a algunos de los reales les ha dado un tratamiento novelesco. Vargas Llosa es generoso con los periodistas, concede entrevistas a menudo y no parece cansarse de responder preguntas. Ahora que aparece su nuevo libro le esperan unos meses de realizar esa tarea. Es la ineludible promoción. 

"Sí, es pesado. Tal vez debí hacer como García Márquez, que se negó desde el primer momento, y ya es sabido por todo el mundo que no concede entrevistas ni hace presentaciones, así que le dejan tranquilo. Pero yo no lo hice, y aquí estoy, dispuesto". 

Muchas de sus respuestas acaban con una risa, como si en parte las quisiera desmentir o añadir un nuevo matiz a sus opiniones. Esa risa, llena de dientes como teclas de un piano, también sugiere que en el fondo no le gusta tomarse demasiado en serio muchas cosas, con la excepción de la literatura y la política, de la que no parece poder prescindir. Ése es su lado más antipático: sus opiniones, siempre defendiendo las posturas de la derecha y el liberalismo económico, en artículos de prensa o en cuanto alguien le pregunta. Una actitud que, vista desde fuera, parece innecesaria para un escritor de su talla, y que le convierte en un cruzado de sus ideas; alguien dispuesto a cambiar el mundo, de hacerlo a su medida. Tal vez nada de esto sea tan chocante, ni sea tan contradictorio que sienta esa pasión que confiesa por la literatura y, al mismo tiempo, quisiera ser presidente de su país, Perú, intento que supuso un fracaso. 

Vargas Llosa es un hombre de largo entendimiento, con quien es un placer hablar de sus libros y autores preferidos; es alguien que sabe disfrutar de la vida, pero a quien, como él mismo dice en esta entrevista, le gustan los escritores deicidas, los que se atreven a competir con Dios en sus libros, los que son capaces de crear un mundo. 

Los que mataron a Trujillo eran personas ligadas a él. 

Sí, y cómplices del trujillismo decepcionados, resentidos. 

Llama la atención que no traten de cambiar las cosas; no les mueven razones políticas, sino personales.

Es la parte humana de la historia. La interpretación siempre atribuye motivos ideológicos, pero la realidad es que, cuando uno baja al nivel individual, lo que uno descubre es algo mucho más subjetivo; es la dictadura vivida como un sufrimiento, como un rencor, como una necesidad de desquite. 

No hay buenos en su historia.

Ni malos absolutos, sino esas situaciones en las que uno puede llegar a ser muy malo y otras en las que de pronto puede surgir la generosidad y el heroísmo.Trujillo ¿por qué llega a esos extremos de crueldad vertiginosa? Porque acumulaba un poder vertiginoso. Le ocurre lo que le ocurrió a Nerón, a todos los que han sido grandes dictadores, que pueden convertirse en monstruos. Y llegan a acumular ese poder porque hay una abdicación de su pueblo a la resistencia, a frenar esos excesos. 

El personaje de Urania, con la que empieza y acaba el libro, y que es un contrapunto de la historia, ¿es inventado? 

Es un personaje basado en muchas experiencias concretas. De La fiesta del Chivo, lo que más me fascinó es la relación subjetiva que llega a establecerse entre el dictador y su pueblo. Esa especie de vasallaje espiritual, que va más allá de la simple servidumbre, por culpa de la coacción o el temor. Es el mundo de los caudillos militares, quizá lo que más se parece a una dictadura totalitaria. Llegan a controlar no sólo la esfera cívica, sino la familiar, la profesional. 

Ésa es una de las hazañas de Trujillo: lograr tener ese control tan absoluto no sólo sobre las conductas, sino sobre las conciencias y hasta los sueños. Los padres llevaban a Trujillo a sus hijas, está completamente documentado. El secretario de Trujillo, que, dicho sea de paso, es una persona muy simpática, me contó que era un problema por la cantidad de padres que llevaban al generalísimo sus hijas. Era una manera de expresarle su admiración, y eso ocurría en los años cincuenta, no en la Edad Media. Es una de las cosas que me precipitó a tratar de entender ese fenómeno. Ni una sola de esas víctimas, y eso es interesante, de las que está comprobado que fueron sacrificadas, digamos, ha querido contarlo. 

Igual que muchas mujeres violadas. ¿Por la misma razón? 

Uno se pregunta si es por ese pudor de la víctima o si de alguna manera viven esa aberración que era el haber estado en contacto con la divinidad. 

¿Quiere decir que les gustó?

¿No tenemos casos en nuestros días de gente que les gusta la esclavitud, que lamen las manos de aquellos que los azotan? Eso está tan generalizado… Y entre nosotros, no en países pobres y atrasados. Es un fenómeno que me horroriza y que por eso vuelve tanto a mis libros. 

Usted ha dicho que si en una novela no hay violencia y sexo, no le interesa.

La novela es una representación de la vida, no de una parcela. Es la vida en su inmensa diversidad, complejidad. Y, para desgracia y fortuna nuestra, la vida esta hecha de violencia y de sexo de una manera primordial. No podemos renunciar a los instintos, que son un aspecto central de nuestra existencia. Uno de los aspectos es el sexo que conduce al placer, una cosa maravillosa de la comunicación entre los humanos, pero que también puede conducir a la violencia, y que es una de las caras que adopta la violencia. La violencia, que es uno de los temas centrales de esta novela, es un fenómeno humano, no es un fenómeno inhumano. Entre los animales no hay violencia; matan por comer, no matan porque haya un instinto de destrucción como hay en los seres humanos. Eso, dentro de un contexto político determinado, puede provocar, ya sabemos, los genocidios, que no son cosas del pasado. Si una novela es una representación de la vida no puede soslayar esos dos aspectos centrales de lo que es la condición humana. No digo que hay que complacerse en ellos, aunque hay algunos autores que a través de la novela encontraron una salida… Es lo que ocurre con el marqués de Sade. 

¿Y cuál era su sentimiento al escribir esas páginas?

Pues un sentimiento curioso, de fascinación, de repulsión, y al mismo tiempo sentía la atracción que tiene eso; como dicen los franceses, la fascinación del barro. Hay una fascinación…, digamos que por esos seres humanos que de pronto se convierten en seres demoniacos, por saber cómo llegaron allí. Es el mecanismo que está detrás de todo esto. Fue la escena más difícil del libro, la que más veces escribí; la hice y la deshice, porque me costaba verdadero esfuerzo hacerla verosímil. Ha sido el tour de force del libro. 

¿Ha sentido el horror de Uranita y también lo que sentía Trujillo? 

Cuando uno escribe una novela, y eso es lo maravilloso, uno es el torturador y el torturado. El violador y la violada. Uno es el testigo y la protagonista. La escena está contada desde Uranita, y el esfuerzo era el de tratar de prefigurar las imágenes y los sentimientos de esa niña joven. 

Sobre los afanes sexuales de dictadores hemos tenido más noticia. Se ha comentado de Castro, de Torrijos. ¿Es una marca especial de los dictadores del trópico? 

Yo le hice una entrevista a Torrijos, y la impresión que tengo de esa visita no es de él. Lo que queda en mi imaginación es una rubia de formas abundantes, una belleza tropical; una de sus amantes, aparentemente. Estaba en la casa como un objeto más del mobiliario, y a la que nunca me presentó, a pesar de que pasamos delante de ella, que estaba echada viendo una revista. Nunca se refirió a ella. Exactamente como si hubiera sido un perro, un gato, una lámpara. Era lo más fascinante, ver la relación de él con ese objeto sexual. 

¿Esos excesos los provoca el poder?

Yo creo que es el ser humano… 

¿Muchos hombres con ese poder hubieran hecho lo mismo?

La mayor parte lo han hecho. La vida sexual de los dictadores es muy rica en pormenores. Dictadores austeros sexualmente son pocos: Franco, Salazar y Hitler, quien da la impresión de que la pasión carnicera no le dejaba tiempo para la pasión sexual. Pero la mayor parte de los dictadores latinoamericanos, por efecto del machismo, han tenido un prontuario sexual muy abundante. No sólo era la búsqueda del placer, sino la afirmación de la virilidad. Coleccionar mujeres era una manera de afirmar su hombría, su poder, y de mantener el mito. El dictador no sólo es el fuerte; es el chivo, el gran fornicador. Es el macho cabrón. A Trujillo le decían El Chivo por eso. Ha sucedido con muchos dictadores. A Stalin le gustaba más el alcohol que las mujeres, pero digamos que le gustaba mucho fornicar. Y Mao: ahora se ha revelado cuánto le gustaban las niñas, que practicaba la ninfomanía de manera colectivista. Por eso es que el poder hay que limitarlo, reducirlo al mínimo, porque cuando a un ser humano se le da todo el poder aparece la crueldad. 

Creo que de los personajes de su novela, salvando la crueldad de Trujillo, Balaguer es el que me cae más antipático.

Unos amigos dominicanos dicen que el personaje principal de la novela es Balaguer, no Trujillo. 

Acabó triunfando, lleva más años en el poder de los que estuvo Trujillo.

Tiene 91 años, está ciego y en cierto modo sigue siendo el factótum de la política en su país. Hay un movimiento para que sea otra vez candidato a la presidencia de la república. 

A usted, ¿cuál es el personaje que menos le gusta?

Tengo la obligación moral de querer a todos mis personajes. Y a todos les doy el tratamiento más objetivo posible. Es muy importante para no caer en la caricatura, en la literatura de propaganda. En eso soy flaubertiano. El escritor debe ser en una novela como Dios en el universo: estar en todas partes y no ser visible en ninguna. Para que una novela convenza al lector, éste no debe sentir que los personajes están movidos por unos hilos, que un autor los manipula para promover determinadas ideas. Yo tengo mis ideas, las defiendo en mis artículos, pero al escribir una novela hago un esfuerzo de despersonalización de la historia, porque depende de eso que una novela tenga vida propia. Los personajes tienen que parecer libres para que el lector crea en ellos. 

Hugh Thomas me decía, hablando de Franco, que no había escrito un libro sobre él porque no le apetecía la idea de pasarse años con un personaje que no le gustaba y por quien acabaría sintiendo, después de un trato prolongado con su biografía, cierta empatía que ese trato hace inevitable.

La historia tiene la obligación moral de decir la verdad, pero la literatura tiene su verdad, que depende de su poder de convicción. Uno trabaja con mucha más libertad sin esa limitación que es el respeto a la verdad histórica. La verdad de la literatura es de otra índole. Tolstói escribió esa obra maestra absoluta que es Guerra y paz, y fue irrespetuoso con la verdad sobre las guerras napoleónicas, sobre la personalidad de los generales, y escribió una obra maestra absoluta, que nos dice más sobre la guerra y el poder, sobre cómo reverbera en la mujer y en el hombre la atrocidad de las conquistas. Ése es el poder de la literatura, y su anécdota es un pretexto para hablar de la condición humana. 

Lo que acaba siendo el tema de su novela es que la dictadura lo pudre todo, incluso después de la muerte del dictador.

Eso es muy exacto. La dictadura no es sólo la violencia que se ejerce contra una población inerme, no es tampoco la mentira; es, sobre todo, la corrupción generalizada, donde es imposible mantener una dignidad, una honra personal, porque uno está obligado a entrar en los mecanismos de impostura. Y ése es el legado peor para las futuras generaciones. Los dictadores mueren, pero la herencia sigue. 

Por ejemplo, ahí sigue Balaguer.

Bueno, hay progreso. Me dio gusto leer unas declaraciones del presidente del Banco Mundial, que decía que, comparativamente, la República Dominicana era el país que ha progresado más en los últimos años. 

Yo estuve allí hace unos años, y en cuanto sales de Puerto Plata, la Romana, del centro, y vas por las calles, la pobreza es enorme, supongo que similar a la que hubo con Trujillo.

Es mucha pobreza, sigue siendo terrible, pero se ha reducido algo. Hay una industria turística, hay progreso y una apertura. La sociedad es más abierta, existe una diversidad política e intelectual. Claro que si uno mira esos progresos desde el ideal, está muy lejos todavía. 

Y los ricos siguen siendo los mismos que en tiempos de Trujillo. No hay una dictadura, es verdad, pero…

Lo que hay es una democracia imperfecta, como en toda América Latina, en los países que hay democracia. No puede haber una democracia perfecta en países donde los que tienen poco son la inmensa mayoría, los que tienen mucho son la inmensa minoría y en medio no hay casi nada. Eso crea una dificultad terrible para que surjan instituciones democráticas. Pero hay un progreso en el contexto latinoamericano bastante importante. 

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