El País, Jueves 9 marzo  de 2000 - Nº 1404

MARIO VARGAS LLOSA / ESCRITOR

"El erotismo requiere una cultura muy decantada"

Viene de la página 1

En algún país de la zona, las grandes cifras económicas son estupendas y el Banco Mundial les felicita, pero no hay más que mirar alrededor para ver que ese cambio económico no ha llegado a la gente común.

Ha habido mejoras que no se ven desde un país avanzado, pero son reales desde la perspectiva de quien ha vivido el horror. Son avances pequeños, pero no reconocerlos es caer en la caricatura. Ésa es una visión tremendista y artificial de lo que es la realidad del Tercer Mundo, que por desgracia está muy extendida en Europa. 

No quiero hablar de política con usted, me lo había prometido a mí misma. Ya sabemos lo que piensa a través de sus artículos. Así que, dígame, ¿escribir sigue siendo una orgía perpetua?

Sí. El placer de los placeres. 

¿Sigue siendo lo que le salva de la vida?

Sí. La literatura es lo que me da equilibrio, un orden psíquico y mental. 

Si no escribiera, ¿dónde estaría? 

En un sanatorio mental, o me habría volado la tapa de los sesos. La literatura me da el orden, escribir me organiza el mundo. Escribir y leer, que son el anverso y el reverso de una misma cosa. Y cada vez me convenzo más de que la literatura no sólo es un entretenimiento y un placer supremo, sino una actividad imprescindible para que tengamos una rica vida interior, para desarrollar un espíritu crítico, para que no mantengamos un asentimiento frente a la realidad, para que estemos conscientes de que el mundo está lleno de deficiencias, que aquello que vivimos no puede colmar nuestras expectativas. Por eso, una de mis batallas es tratar de convencer al mayor número posible de gente de que hay que defender la literatura, porque de ello depende que el mundo del futuro sea un mundo rico en sensibilidad, y todavía libre. La literatura es una garantía de libertad porque no puede ser manipulada como puede serlo toda la actividad de los medios. 

Ése es uno de los peligros de la globalización, que usted tanto defiende…

La literatura es fundamental para mantener viva una actitud crítica frente a la realidad y el mundo, y para mantener un lenguaje renovado, riguroso. 

¿Piensa que la libertad de información es cada vez menor en la prensa o la televisión? 

La gente habla cada vez peor, porque lee poco y ve mucho la televisión, y su lenguaje es mínimo. 

¿La literatura se puede manipular menos? 

Sí. Por eso hay que defenderla; también por eso. Gracias a la literatura podemos disponer de cosas tan importantes como el espíritu crítico y la libertad humana. 

¿La literatura vista como un contrapoder?

Sin duda, es un contrapoder. 

¿Algo parecido a una ONG? 

Así es. Pero hay estadísticas terribles. En una de la Sociedad de Autores de España se dice que la mitad de los españoles, de un país moderno, no compra ni lee nunca un libro. Eso es para ponerse nervioso. Son las mujeres quienes están salvando la literatura, los hombres cada vez leen menos. 

Creo que usted ha amado a muchas mujeres.

Bueno, imaginariamente sí. Las mujeres siempre me han gustado mucho; tanto como la literatura no sé, pero sí, me han gustado mucho. Pero tengo una vida tan ocupada que son placeres imaginarios, más que reales ya. Me gustan las mujeres y no tengo ninguna vergüenza en decirlo, pero mi mujer no tiene ningún espíritu deportivo, así que estoy obligado a mantener una gran prudencia verbal al hablar de mi vida sentimental. ¡Ja, ja, ja! 

Enamorado ¿se escribe mejor?

El amor enriquece el mundo, justifica todo, incluso las penalidades, los sufrimientos. Todo se justifica cuando uno está enamorado. 

¿Y distrae para escribir?

Sí distrae, sí. La pasión es exclusivista, no admite ser compartida. Cuando se vive el punto neurálgico de la pasión no creo que uno esté en buena disposición para crear. Hay una frase que es un poco grosera de una carta de Flaubert a un amigo suyo, cuando escribía Madame Bovary. Su amigo le pide consejo, y le dice: oye, cuidado con las mujeres, con el sexo; tienes que concentrar toda tu pasión en lo que haces; en todo caso, tírate a tu tintero. Porque la literatura es una pasión. No sólo resulta del conocimiento del dominio de una técnica; sale del vientre, sale de la interioridad de los instintos. Es como el amor. Detrás de una creación hay esa pasión vivida a todos los niveles. Es como una pasión amorosa. 

¿Cree que la pasión es cosa de gente joven? 

Ésa es una infame calumnia. Ahora que estoy llegando a la edad de no tan joven, mis pasiones son tan ricas, tan estimulantes como cuando era un adolescente. Además están enriquecidas por la experiencia. Creo que hay ciertas actividades, y una de ellas es la novela -no la poesía, que puede ser precoz-, que exige una experiencia acumulada. Y el erotismo también lo exige, requiere una cultura muy decantada. 

¿Recuerda alguna pasión amorosa que le impidiera escribir? 

Sí. No le puedo decir cuál, pero viví una pasión amorosa en la que llegué a sentir por única vez en mi vida que la vida no tenía sentido. Estuve dispuesto a hacer dos imbecilidades; una, suicidarme, y otra, enrolarme en la Legión Extranjera. 

¿Era entonces cuando leía sin tino Mamade Bovary para encontrar consuelo?

Sí. ¿Cómo se acuerda? Es verdad. Pasé incluso por delante de la oficina de la inscripción de la Legión. 

¿Y por qué la única salida era el suicidio?

No le puedo decir, eso no. Pero es la única vez en mi vida en que consideré que la vida no merecía la pena de ser vivida, algo completamente estúpido. La vida es lo más maravilloso que existe. 

¿Y cómo era aquella dama?

No, no. ¡Ja, ja, ja! Es un tema que me reservo para mi vejez, para cuando ya no tenga tanta imaginación y tenga que vivir de mis recuerdos. Ésa es la ventaja de los escritores, que cuando la imaginación se apaga, queda la memoria, que es un arca llena de tesoros a los que uno puede recurrir en un momento dado. 

Almodóvar decía el otro día: "A veces pienso que hago ciertas cosas para luego poder contarlas en las películas". ¿Le ha sucedido algo así?

Lo que sí me pasa es que a veces pienso: esto puede serme valioso. Y es también una manera de defenderse contra la experiencia. Un escritor tiene esa ventaja, de que, por más dolorosa que sea una experiencia, tiene esa defensa secreta del dolor, porque piensa que ése es un material, un barro que le sirve para crear una ficción. Me acuerdo de una carta de Flaubert a un amigo cuya madre se había muerto. Flaubert le da el pésame y dice: "Por otra parte, te envidio, porque esa experiencia que estás viviendo, de dolor, qué rico material para escribir". Parece una cosa muy fría, pero es muy real, porque la materia de un escritor es lo que ha vivido. Hay escritores que provocan experiencias, que viajan para ver; a mí no me sucede. Lo que me maravilla de la literatura es que la experiencia vivida, en un momento dado, sin quererlo y sin saberlo, le impone a uno ciertos temas de un modo muy misterioso. Todo lo que yo he escrito ha nacido de una forma involuntaria y ha partido siempre de una experiencia vivida, con la que he comenzado a fantasear. 

Cuando, como usted, uno es un autor consagrado, ¿resulta difícil elegir un tema?

Resulta difícil escribir. Llevar tantos años haciéndolo no me ha dado una seguridad. Me ha dado un convencimiento de que si persevero termino la historia, pero la inseguridad que vivo cuando tomo los primeros apuntes y escribo el primer borrador es igual a la que sentía cuando comencé a escribir. No tengo la mínima seguridad, me siento desvalido. 

¿Por las mismas razones que al principio o por otras diferentes?

La inseguridad consiste en que no sabes si eso va a funcionar, si se va a levantar, si va a empezar a tener vida propia. El comienzo de toda novela es una lucha contra la inseguridad, en busca de una confianza que sólo llego a tener cuando he terminado el primer borrador. Entonces ya sí me siento más seguro y trabajo con mucho más entusiasmo. 

¿Y eso le sucede a pesar de que, seguramente, y usted lo sabe, ese libro que está escribiendo va a tener éxito?

Es que el éxito, lo que uno quiere es encontrarlo cuando está sentado ante la mesa. El éxito es que, en un momento dado, uno diga: ahí está, ahí apareció. Ése es un placer incomunicable, yo no puedo describir esa sensación de sentirse colmado, justificado en la existencia; es un placer único, espiritual y físico a la vez. Y si la crítica es buena, uno está mucho más contento que si es mala, y si se venden muchos ejemplares; pero eso ya es la literatura en sociedad, y yo estoy hablando de otra cosa. De ese placer privado y raro, muy difícil de describir. Hay un verso muy bonito de Kavafis dedicado a Ítaca. Él dice: emprende el viaje a Ítaca, pero demórate lo más que puedas, haz muchas escalas, teniendo siempre presente tu isla, la que estás buscando. Al final, dice, llegas a Ítaca, y ¿qué vas a descubrir? Que la verdadera Ítaca era el viaje. Es un poema maravilloso para describir lo que es escribir. Al final, cuando el libro esta ahí, lo maravilloso han sido esos meses, años, construyéndolo, sacando esa historia de la nada, modelando esos personajes. Ése es el gran premio, siempre lo es. Es como el amor, que uno ama a una mujer, vive una pasión y, en un momento dado, eso se consuma. Eso es muy difícil de comunicar, se vuelve como ridículo cuando se expone a la luz pública. Lo mismo pasa con la literatura. 

Ustedes, entre escritores ¿hablan de esto?

Entre los escritores hay como una prudencia para no herir susceptibilidades. En general, es una relación bastante difícil, salvo entre los amigos estrechos. Los escritores, cuando se reúnen, suelen hablar de política y de dinero. 

A estas alturas ¿sigue siendo Flaubert el espejo donde se mira?

Le debo muchísimo a Flaubert. Me deslumbró como escritor y me ayudó a ser el escritor que soy. La disciplina me la enseñó él, ciertas ideas básicas sobre lo que es una historia, sobre cómo construir una novela, y la manera de dar soberanía a un mundo de ficción. 

¿Qué le enseñó Faulkner?

Me enseñó cómo todas las historias pueden ser las mejores y las peores del mundo, según las palabras en que se encarnan, según la manera como organiza un autor los tiempos, los efectos y las causas; la perspectiva desde la cual se cuenta una historia. Cómo la forma puede dar profundidad, ambigüedad, sutileza o, al contrario, banalizar, idiotizar los temas, a los personajes. La importancia de la forma es algo que descubrí leyendo a Faulkner. Y también el aliento épico, que yo descubrí en sus novelas y que me permitió reconocer una predisposición mía. Es un autor que admiro, y cada vez me convenzo más de que es, en el siglo XX, el equivalente de los maestros del XIX, de un Balzac, o de un Dickens, o de un Flaubert, que son a su vez los grandes equivalentes de los maestros clásicos, como Cervantes. Ésos son los que compitieron con la realidad de igual a igual. Hoy los escritores tienen miedo de competir con la realidad de igual a igual, les parece una cosa muy pretenciosa, prefieren la obra perfecta de tono menor. Es la literatura light, de la que no soy muy partidario. 

Y Hemingway, ¿qué le parece?

Fui entusiasta de él, pero ha envejecido, y ahora creo que su obra más importante es ese relato pequeño del final, que es El viejo y el mar. Las novelas que nos parecieron tan importantes son muy difíciles de releer. Lo he intentado con Por quién doblan las campanas y se me cayó de las manos. Es artificial, caricaturizada, es muy difícil creer en ella. 

¿Fitzgerald sigue gustándole?

Me parece muy buen escritor, pero nunca pensé que fuera un genio. Las novelas son muy bonitas, y era un hombre que tenía un gran oficio. Pero su horizonte, en comparación con Faulkner o con Dos Passos, el mundo de Fitzgerald es mucho más limitado. Digamos que es delicado, fino, pero sin ese gran vuelco visionario. Es un mundo de formato menor. 

A veces se teme volver a leer un libro que te gustó mucho porque quizá ya no te guste tanto. 

Sí, me pasó con Hemingway. Y nunca me he atrevido a releer Los tres mosqueteros, que leí de niño con tanto deslumbramiento; tengo terror de volver a leerlo. Hay dos cosas que no me he atrevido a hacer: leer Los tres mosqueteros y volver a ver la película Sangre y arena. Esa película llenó mi infancia. 

Con Joyce ¿qué relación tiene, lo admira tanto como a Faulkner?

Creo que Faulkner no hubiera sido posible sin Joyce. Jamás hubiera hecho lo que hizo con la forma narrativa sin Joyce, que es el padre de la novela del siglo XX. Si hay que nombrar una novela que haya revolucionado enteramente la técnica de narrar, de construir una historia, Joyce es el maestro absoluto. Su novela es ante todo para novelistas. Un novelista de nuestra época no puede escribir una novela sin haber leído a Joyce, sin haber recibido directa o indirectamente su lección. Es como Cervantes en su tiempo, o como Tolstói; creó un instrumental para poder representar la realidad a través de la ficción. Todos somos sus deudores. Hay muy buenos escritores que no han sido renovadores del género, que son deudores más bien. Por ejemplo, un escritor extraordinario para mí es Leopoldo Alas, autor de La Regenta, pero el revolucionario fue Flaubert, y él lo aprovechó de una manera muy creativa. 

¿La Regenta no hubiera existido sin Madame Bovary

No hubiera podido. La Regenta es una Madame Bovary española. Es una gran novela, la mejor, para mí, del siglo XIX español, pero esa novela es posible gracias a Flaubert. Exactamente del mismo modo que las novelas de Faulkner son posibles gracias a Joyce, y no hay duda sobre eso. Me gusta mucho La Regenta, es ambiciosa y convincente, pero Madame Bovary es una novela insuperable. También me gusta mucho Fortunata y Jacinta, donde hay esa creación del mundo a través del cual un escritor comete deicidio, se atreve a competir con la realidad como un dios; para rehacerla, modificarla, transformarla. No hay muchos novelistas que hayan sido eso, y son los que yo admiro más. 

¿Le ha sucedido que al leer a otro escritor que le gustara mucho se haya quedado paralizado por creerse incapaz de escribir como él?

Eso lo entiendo muy bien. Por ejemplo, me sucedió con Moby Dick, que cuando terminé de leerla sentía una sensación de terror. Era avasalladora, me dejó aplastado, diciendo: ya no, para qué, cómo me atrevo a coger una pluma. Pero creo que al final, cuando uno lee una gran novela, uno siente una especie de desasosiego, hormigueo, que acaba siendo muy estimulante. 

¿Qué libro le hubiera gustado escribir?

Muchos, el Tirant lo Blanc, que admiro desde joven. A todo escritor, sobre todo de nuestra lengua, le hubiera gustado escribir el Quijote. Y también Madame Bovary y Guerra y paz. Y admiro enormemente La condición humana, de Malraux. Me hubiera gustado escribir todas las novelas que me han gustado. 

¿Cómo se lleva con la posteridad, con la idea de imaginar qué sucederá con los libros que ha escrito?

Creo que al final, si uno trata de rastrear cuáles son las razones secretas de su vocación, supongo que la posteridad importa. Un afán de supervivencia, de dejar algo que lo sobreviva a uno. Algo de eso hay en una vocación. Pero hacerse preguntas que no tienen respuestas siempre me ha dado la sensación de que es perder el tiempo. Así que hay que evitarlo. 

Página 1