La Nación
Sección Opinión
Fecha de publicación 07.01.2000
La madre de los males
Por Mario Vargas Llosa
WASHINGTON.- AUNQUE el régimen soviético se desplomó por descomposición interna hace algunos años, pasará todavía mucho tiempo antes de que la cultura democrática eche allí raíces y el país pueda llamarse moderno. Cierto, tiene cohetes y bombas atómicas, como recordó al mundo Boris Yeltsin en su reciente visita a Pekín, pero los resortes psicológicos y las costumbres políticas que movilizan a inmensos sectores de su población responden todavía a la antigua tradición de despotismo y pasiones irracionales -dogmatismo, nacionalismo- que ha documentado tan bien su riquísima literatura.
No de otro modo se explica el notable éxito del partido político Unidad, fabricado hace apenas tres meses por el primer ministro -y, ahora, presidente interino, desde la renuncia de Yeltsin- Vladimir Putin, que se presentó sin programa, sin idea ni propuesta alguna, salvo la, tácita, de defender los intereses del clan Yeltsin contra los severísimos cargos de corrupción, y que obtuvo unos 78 escaños en la Duma (cámara baja del Parlamento ruso).
Los Estados Unidos y algunos países europeos recibieron con débil optimismo ese resultado electoral, argumentando que, tal vez, como sucesor de Yeltsin, Vladimir Putin, contando con una mayoría parlamentaria estable, podrá hacer por fin las indispensables reformas que saquen a Rusia de la anarquía, el desbarajuste económico, la corrupción y la violencia social en que se halla inmersa, y establecer una colaboración fecunda con el Occidente.
Creo que ésta es una ilusión, porque el que triunfó de veras en esas elecciones no es el ex espía de la KGB y cinturón negro de judo Vladimir Putin (no se sabe mucho más de él), sino el chauvinismo y el espíritu de revancha de un pueblo humillado y desconcertado por las catástrofes económicas y sociales que se abaten sobre él -caída brutal de los niveles de vida, desempleo, reinado de las mafias y los gángsters, y conciencia de una progresiva desintegración del país-, al que el avance a sangre y fuego del ejército ruso sobre las poblaciones de Chechenia ha dado una suerte de transitorio desagravio.
Ahora resulta clarísimo que la guerra de Chechenia fue, pura y simplemente, una estrategia electoral, destinada a subir los bonos políticos del desconocido elegido por Boris Yeltsin para sucederlo y guardarle las espaldas. Ha funcionado a la perfección. Putin es ahora una figura popular, aureolada por la mitología de un duro, un hombre de acción capaz de enfrentarse a los enemigos y arrasarlos. Con excepción de uno solo, todos los partidos y bloques políticos que participaron en las elecciones legislativas rusas han apoyado -y con verdadero frenesí patriotero- la acción armada contra Chechenia, lo cual, si los números electorales hablan con claridad, significa que por lo menos cuatro quintas partes del electorado participan de lo que sólo cabe llamar un desvarío colectivo nacionalista.
En efecto, la acción militar rusa contra Chechenia, no importa cuánto cueste y dure, está condenada a mediano plazo al fracaso. El Ejército ruso puede tomar Grozny y ocupar el país, pero mantener a Chechenia dentro de Rusia está fuera de sus posibilidades logísticas. Ni económica ni militarmente puede Rusia, en medio de la debacle de su sistema productivo -que la invasión va a agravar, qué duda cabe-, pagar el altísimo costo que significaría eternizarse, a manera de potencia colonizadora de ocupación, en un país hostil, y donde, sobre todo a partir de los últimos sucesos, no debe de quedarle ya un solo partidario. Chechenia es un país pobre y atrasado, pero, paradójicamente, la pobreza y el atraso, como lo demostró Afganistán y, más recientemente, Timor Oriental, pueden ser un potente combustible de la resistencia independentista. La acción militar pro Vladimir Putin no va a acabar con las aspiraciones hacia la independencia de los chechenos, pero, en cambio, sí puede fortalecer al extremismo fundamentalista islámico, con las gravísinas consecuencias que ello tendrá, no sólo para Chechenia, sino para toda la región.
La verdad castigada
El único partido que analizó con sensatez esta realidad y trató de alertar a la opinión pública contra estos riesgos, y pidió un alto de la invasión y una negociación política con el gobierno checheno, fue Yábloko, del liberal Grigori Yavlinski. Su lucidez y valentía para ir contra la corriente demagógica fueron penalizadas con un miserable 6 por ciento de los votos (unos 22 escaños). De esa pequeña minoría de genuinos demócratas y modernizadores depende ahora, en el seno de la Duma, la voz de la razón en la desamparada Rusia. No será mucho lo que podrán hacer, desde luego, ni para poner fin a los infinitos sufrimientos que causa la guerra de Chechenia, ni para convencer a la opinión pública rusa de que sus desgracias económicas, el embrollo de su vida política, la ineficiencia de sus servicios y la cancerosa criminalidad, no son resultado de una conspiración del odiado Occidente contra la Madre Rusia, sino una consecuencia directa de setenta y cuatro años de totalitarismo, que, como una aplanadora mortífera, aniquiló de raíz la modernidad, instituyendo el oscurantismo intelectual, acabando con la propiedad y la empresa privada, con la iniciativa individual y el mercado, y sometiendo a la sociedad civil a una tutoría estatista aletargadora, de la que aún no acaba de sacudirse.
Que haya elecciones libres y libertad de prensa, como ocurre en Rusia, es un buen comienzo, pero nada más, en el camino de la democracia. En verdad, ésta existe de veras cuando pasa de las leyes y los reglamentos oficiales a las costumbres de la gente común, a los reflejos naturales de los ciudadanos a la hora de actuar en el espacio cívico. La confianza es lo esencial: en las autoridades, en la moneda, en las leyes, en las instituciones. ¿Cómo confiarían los ciudadanos rusos en alguna de estas cosas? Ellos, que han visto a los antiguos comisarios y apparatchiks apoderarse de las empresas públicas y saquearlas, para luego cerrarlas o malvenderlas; que asocian la idea de empresa privada a los formidables monopolios erigidos por las mafias en complicidad con el poder político, cuyos dueños compran escaños para inmunizarse contra toda acción penal; que ven a su alrededor, como en un sistema de vasos comunicantes, crecer la pobreza de los más y la riqueza de los menos, ¿por qué creerían que los países occidentales tratan de ayudar a Rusia a salir adelante si se enteran de que millones, acaso billones, de esos dólares que vienen a ayudarlos sólo hacen una escala en Moscú, para desviarse luego a las cuentas que tienen en Suiza los jerarcas que los gobiernan?
Se entiende que para tantos rusos la política y la economía sean algo tan sucio, inservible e incomprensible, que, en vez de esforzarse por entenderlas y cambiarlas por las vías racionales y pacíficas de la acción cívica, se refugien en los viejos ídolos familiares: la Patria con mayúscula, los enemigos exteriores, el hombre fuerte, la religión y las acciones armadas. No es que carezcan de intelectuales y políticos lúcidos y respetables. Una de las más inteligentes explicaciones de la tragedia rusa se la escuché en Berlín, hace un año, a Grigori Yavlinski, precisamente. El problema es que los llamados a la razón y al sentido común son desoídos y, en cambio, en la situación de behetría que se encuentra Rusia, prevalecen los atizadores del resentimiento y la pasión. ¡Pobre Madre Rusia! Para entenderla, antes que a los analistas y expertos, hay que seguir leyendo a Fiodor Dostoievski: Los demonios es una novela de absoluta actualidad. © La Nación
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