La Nación
                    Sección Opinión
                    Fecha de publicación  15.12.1999
 

La ronda de los aguafiestas
Por Mario Vargas Llosa El País

                     WASHINGTON.- El fracaso de la Ronda del Milenio, la conferencia de la
                     Organización Mundial del Comercio (OMC) que, desde Seattle, debía dar la
                     bendición de 135 gobiernos de los cinco continentes a la globalización de la
                     economía, ha dejado perplejos a los lectores y creyentes de las estadísticas.
                     ¿Cómo es posible, se preguntan, que en la ciudad de Microsoft y Boeing se
                     reunieran cuarenta mil manifestantes para dar mueras al capitalismo y exigir
                     que se cierren las fronteras? ¿Tiene sentido que se movilicen las masas
                     contra el comercio internacional en los Estados Unidos, un país que, gracias a
                     la mundialización de la economía, experimenta una prosperidad sin
                     precedente? ¿Qué locura se apoderó de la húmeda Seattle?

                     Las estadísticas nunca cuentan toda la historia. En Seattle coincidieron para
                     protestar grupos e intereses incompatibles entre sí, pero aliados en la
                     desconfianza y el temor hacia un mundo en trance de transformación veloz y
                     un futuro todavía preñado de incertidumbre.

                     La protesta más desconcertante, por obtusa y reaccionaria, fue la de los
                     sindicatos AFL-CIO, convocada con el estentóreo eslogan de "proteger los
                     puestos de trabajo" de los obreros nativos, como si, gracias a la
                     internacionalización de su economía, los Estados Unidos no tuvieran hoy más
                     empleo que nunca en todo el siglo y como si, gracias a la nueva realidad
                     económica, los niveles de ingreso de sus obreros no crecieran de manera
                     sistemática. Con su demagógica defensa del proteccionismo y su rechazo a
                     que las empresas de los Estados Unidos abran fábricas en el extranjero, esos
                     anacrónicos dirigentes luchan, en verdad, contra el progreso de sus hermanos
                     de clase de los países pobres, y revelan una visión mezquina y nacionalista
                     del desarrollo.

                     Más idealismo y generosidad motivaron la presencia, entre los manifestantes
                     de Seattle, de los movimientos ecologistas que acusan a las multinacionales
                     de depredar el medio ambiente y mantener una doble política frente a los
                   recursos naturales, según operen en países avanzados o atrasados. Ésta es
                     una reivindicación perfectamente respetable, pero que concierne
                     fundamentalmente a los gobiernos y a las Naciones Unidas, no a la OMC, una
                     organización creada hace cinco años con el objetivo específico y único de
                     trabajar por la eliminación paulatina de las barreras comerciales. Los grupos
                     enfurecidos porque las redes de los barcos camaroneros y atuneros están
                     diezmando las tortugas y los delfines en los mares del mundo merecen toda
                     la simpatía de las gentes sensibles. Pero, ¿de qué forma podía la OMC, una
                     institución técnica, remediar aquel daño?

                     Razones del fracaso

                     El más violento de los grupos inconformes de Seattle venía de Eugene,
                     Oregón, y sus afiliados se llaman a sí mismos anarquistas y se declaran
                     discípulos de John Zerzan, un ensayista y pensador ácrata, cuyas razonadas
                     diatribas contra la tecnología, la sociedad de consumo y las grandes
                     corporaciones deshumanizadas han encontrado una audiencia creciente entre
                     los jóvenes de los Estados Unidos. Zerzan predica el anarquismo intelectual,
                     no la acción violenta, pero no ha querido desautorizar a sus supuestos
                     discípulos, que pulverizaron las elegantes tiendas de Pike Street, y es
                     probablemente el único beneficiario de la fallida reunión de la OMC, pues sus
                     libros han alcanzado gracias al escándalo callejero de Seattle una
                     considerable demanda.

                     Como los incidentes y choques de los manifestantes con la policía fueron lo
                     más vistoso de lo ocurrido en Seattle, casi no se ha dicho que el fracaso de la
                     conferencia de la OMC se debió, probablemente, más a lo que ocurrió dentro
                     que fuera de ella. Porque lo cierto es que los 135 gobiernos representados
                     fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre un solo punto importante.

                     Gacetilleros acuartelados en el lugar común (y más despistados que los
                     valedores de tortugas y delfines) han sostenido que muchos delegados
                     tercermundistas aprovecharon las sesiones para atacar la globalización,
                     alegando que ella sólo sirve para legitimar el expolio que las transnacionales
                     cometen contra los países pobres. Ocurrió exactamente al revés, y es una de
                     las pocas conclusiones positivas que deja la lastimada reunión de Seattle.
                     Que fueron sobre todo los delegados de países en vías de desarrollo, de
                     Nigeria a Ecuador y de Sudáfrica a Tailandia, los que defendieron una agenda
                     genuinamente liberal, exigiendo que los países europeos, los Estados Unidos
                     y Japón reduzcan sus barreras proteccionistas contra las exportaciones
                     procedentes del Tercer Mundo, y que, en cambio, los países desarrollados, en
                     flagrante contradicción con sus prédicas retóricas aperturistas, se mostraron
                     inflexibles, incapaces de hacer una sola concesión. Ni siquiera aceptaron
                     discutir la eliminación, por ejemplo, de los injustos sistemas de cuotas y de
                     subsidios a sus exportadores.

                     Ricos y proteccionistas

                     Nadie que quiera enterarse puede ignorarlo: el crecimiento del comercio
                     mundial ha sido enormemente positivo para todos los países, y, como afirma
                     Fareed Zakaria, en Newsweek, "en los últimos cuarenta años, gracias a la
                     masiva reducción de las fronteras comerciales, el mundo ha conocido el más
                     profundo y el más largo progreso económico en toda la historia".
                     Lógicamente, los que más necesitan el desarrollo, los países más pobres, son
                     los que deberían aplicar y defender más la calumniada globalización, pues
                     son los que más ventajas pueden sacar de ella. Y, acaso, la mayor sorpresa
                     de Seattle fue advertir que, en efecto, y por primera vez en un foro económico
                     de esa magnitud, en términos prácticos, los que demostraron ser los más
                     animosos promotores de la eliminación de las barreras comerciales no fueron
                     los países más ricos, sino los países que el nacionalismo económico -las
                     teorías de la sustitución de importaciones, el rechazo del capital extranjero y
                     el desarrollo hacia adentro- contribuyó en buena parte hasta hace muy poco a
                     mantener marginados y empobrecidos. Porque ésta es una verdad que, en
                     medio de los tumultos de Seattle, comenzó a asomar la cabeza: hoy en día,
                     el proteccionismo está más enraizado en el Primer Mundo que en el Tercero.

                     Ésa hubiera sido la buena batalla de los jóvenes que salieron a manifestar en
                     las calles de Seattle: no contra MacDonald's y Starbucks, sino contra esos
                     muros levantados en las grandes ciudadelas del Occidente desarrollado contra
                     los productos agrícolas y manufacturados del Asia, África y América Latina,
                     una manera fácil y rápida de favorecer, al mismo tiempo, a los consumidores
                     occidentales con bienes a mejores precios que los producidos localmente, y a
                     los países que luchan por salir del atraso y abren sus puertas de sus
                    economías al mundo pero encuentran cerradas las del mundo para sus
                     productos.

                     Pero, para dar esa batalla, esos jóvenes idealistas tendrían que resignarse a
                     aceptar que el desarrollo es incompatible con la utopía, una marcha lenta y
                     llena de tropiezos en pos de victorias siempre parciales contra la ignorancia,
                     la desocupación, la brutalidad, la explotación, y a favor de más
                     oportunidades, más amparo legal y más libertad. Y en favor de un mundo
                     nada exaltante, siempre a años luz de la perfección, lleno de desigualdades y
                     frustraciones en lo individual. Sin embargo, en este mundo que tanto
                     decepciona a los seguidores de John Zerzan, el tranquilo apocalíptico de
                     Oregón, la señora colombiana que viene una vez por semana -al volante de
                     su auto- a ayudarnos con la limpieza de la casa en Washington gana veinte
                     dólares por hora, es decir, bastante más de lo que ganan, como promedio,
                     los ingenieros, funcionarios, empleados y profesores universitarios de
                     cualquier país tercermundista. Ya sé que estos pedestres fines carecen de sex
                     appeal, que nunca excitarán la ternura y la pasión de los idealistas, como
                     pueden hacerlo las amenazas que se ciernen, en los océanos, sobre los
                     esbeltos delfines y las lentas tortugas.
 

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