Perú ante la posibilidad de otra reelección de Fujimori
Oro y esclavos
Por Mario Vargas Llosa
WASHINGTON.- El 27 de diciembre, Alberto Fujimori anunció que, en
vista de
que la oposición no presentaba una alternativa política convincente,
se
resignaba a lanzar su candidatura para un tercer mandato consecutivo en
las
elecciones del próximo abril. De inmediato, el Colegio de Abogados,
diversos
partidos políticos y organizaciones cívicas y de derechos
humanos impugnaron
este "nuevo golpe de Estado" contra la Constitución -que prohíbe
la
reelección-, pero el Jurado Nacional de Elecciones se apresuró
a rechazar
estas tachas y a olear y sacramentar aquella candidatura que garantiza
la
longevidad del régimen autoritario hasta 2005, cuando menos. De
este modo,
aquél establecerá dos récords: será la más
larga dictadura sufrida por los
peruanos en el siglo XX y la inaugural del siglo XXI.
Así concluía un acto más de la operación política
iniciada años atrás por el
gobierno con el objetivo de perpetuarse en el poder, mientras, en vista
del
escaso apetito de la comunidad internacional por las dictaduras, disfrazaba
este acto de fuerza con formalismos legales encaminados a revestirlo de
legitimidad. Al mismo tiempo, el régimen perfeccionaba su sistema
de control
y manipulación del sistema informativo y continuaba, con notable
eficacia, la
domesticación de la opinión pública. Para ello, todos
los principales órganos
de comunicación escrita fueron convertidos, mediante la intimidación
o el
soborno, en voceros o instrumentos del gobierno, como Expreso, o puestos
en atemorizada sordina, como El Comercio, con la excepción del diario
de
centroizquierda La República, el semanario Caretas y algún
cotidiano de
restringida circulación, a fin de mostrar que el gobierno respeta
la libertad de
prensa.
En el campo televisivo, el de mayor impacto propagandístico, el
avasallamiento ha sido total: en él sólo se admite el servilismo
abyecto. El
caso más sonado internacionalmente ha sido el del canal 2, Frecuencia
Latina,
que, por haber sacado a la luz algunos hechos luctuosos cometidos por el
Servicio de Inteligencia del hombre fuerte del régimen -Vladimiro
Montesinos-, fue arrebatado a su dueño, Baruch Ivcher, mediante
triquiñuelas
legales (lo privaron de la nacionalidad peruana, enjuiciaron a su mujer
y a sus
hijas y al abogado que las defendía, persiguieron y chantajearon
a sus
colaboradores -por lo menos a una la torturaron- para que declararan contra
él, y lo enfangaron en una campaña vertiginosa de calumnias).
Indiferente a
las protestas múltiples que este atropello motivó en el mundo
entero, el canal
2 es ahora uno de los desaguaderos informáticos de Montesinos.
Cómplices pasivos
Para evitar una segura condena por el caso Ivcher, el gobierno peruano
se
retiró, pese a estar legalmente impedido de hacerlo, de la jurisdicción
de la
Corte Interamericana de Derechos Humanos, con un pretexto mentiroso: que
este tribunal exigía la liberación de unos terroristas chilenos
juzgados y
condenados por un tribunal militar peruano. La maquinaria propagandística
del régimen incrustó en la opinión pública
la idea de que el arbitrario retiro del
Perú de la Corte se justifica porque este tribunal es ¡cómplice
de los
terroristas de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru!
Parejamente con el cerrojo echado sobre los medios existentes, el habilidoso
Montesinos propició la aparición de una miríada de
pasquines malolientes,
que se venden a precio ínfimo y cuyos escandalosos titulares a colorines
destellan en los muros y quioscos. Su función es, por un lado, la
deificación
de la dictadura y sus sirvientes, y, por otro, la descalificación
y el linchamiento
moral y político de sus opositores. Amparados en la impunidad legal
de que
gozan (el Poder Judicial fue puesto de rodillas e instrumentalizado por
el
régimen desde los primeros días del golpe), esas hojas, cuyos
titulares llegan
a un vasto público popular, insultan, falsean, satanizan, arruinan
la reputación
de todo lo que queda de limpio y de decente en la política peruana
y, por
supuesto, de este modo silencian preventivamente a los pusilánimes
y los
convierten en cómplices pasivos del régimen.
En este contexto, lo sorprendente no es que Fujimori se disponga a pasar
por
el alegre trámite de una pantomima electoral para continuar en el
poder. Lo
es, más bien, que tantos peruanos no corrompidos ni asustados por
el
sistema de control de la sociedad instaurado a sangre, terror y dinero
por
Vladimiro Montesinos y su testaferro presidencial, Fujimori, estén
dispuestos a
participar en la mojiganga electoral que se avecina, y que, en la medida
de
sus limitadísimas posibilidades, se movilicen detrás de las
candidaturas de la
oposición. Su gesto es nobilísimo, desde luego, y también
temerario, pues
saben a qué se exponen: a ser investigados y esquilmados por la
Sunat (el
servicio de contribuciones), a ser objeto de abominables operaciones de
vilipendio, a perder sus trabajos o sus bienes o, más expeditivamente,
a ser
golpeados o asesinados por los escuadrones de la muerte, que arma y
teledirige, desde los sótanos siniestros de Las Palmas y el Pentagonito
(cuartel general de las fuerzas armadas), el celebérrimo capitán
Vladimiro
Montesinos, que, luego de ser expulsado del Ejército y encarcelado
por traidor
y de ejercer como abogado de narcotraficantes, ha pasado a presidir, en
los
hechos, por persona interpósita, los destinos del Perú.
¿Hay, acaso, la menor posibilidad de que esas elecciones sean libres,
de que
en ellas se exprese la voluntad popular de los peruanos? Nada quisiera
tanto
como equivocarme, pero estoy seguro de que no la hay, que los resultados
electorales de aquella mascarada ya están decididos por el verdadero
poder,
que es el Servicio de Inteligencia (SIN), ni más ni menos que en
1950,
cuando el dictador Odría, para "legitimarse", compitió en
unas elecciones en
las que, hombre precavido, hizo encarcelar previamente a su único
competidor.
El precio de la integridad
La democracia volverá al Perú cuando el disgusto y el hartazgo
de la sociedad
peruana con el sistema autoritario que se ha instalado allí sean
irresistibles, y
el rechazo de la mentira, los atropellos, los robos y los crímenes
que comete
el poder precipiten una movilización tan poderosa, que haga desplomarse
todos los aparatos de control e intimidación actualmente vigentes.
Entonces
comenzará la previsible carrera de las ratas, la dictadura perderá
su base de
sustentación -el dinero y las armas- y se abrirá una nueva
oportunidad para
la libertad y la legalidad en el Perú.
Que nada de ello está próximo lo demuestra el formidable
despliegue de
cómplices y reclutados entre la "elite" que el régimen se
ufana en exhibir, con
la ingenua pretensión de mejorar su imagen. Para acompañarlo
en la plancha
presidencial, Fujimori ha elegido a Francisco Tudela, un diplomático
y víctima
del secuestro colectivo perpetrado en la embajada del Japón por
el MRTA, que
tenía fama de honesto. Si lo fue, ya no lo es, ya encontró
el precio de su
integridad política, como el canciller Trazegnies o el premier Bustamante
y un
puñado de otros que, en nuestro módico mercado intelectual,
académico o
profesional, parecieron en algún momento respetables. Pero, es un
grave
error del régimen creer que alquilando estos falsos prestigios se
prestigia: en
verdad, revela la pobre estofa de que está embutida buena parte
de la clase
intelectual peruana, y lo barata que es.
Herencia autoritaria
En una de las más feroces diatribas que salieron de su pluma, Simón
Bolívar
dijo que la sociedad peruana estaba hecha de "oro y esclavos". Resumía
así
el asco que le dieron el servilismo y los halagos con que lo abrumaron
las
ricas familias limeñas, que se echaron a besarle los pies, con la
misma unción
con que lo habían hecho antes con San Martín, y antes con
los virreyes
españoles, y la tristeza que le causó esa masa popular casi
anulada por la
brutalidad de la explotación y los extremos de misera en que vivía.
Desde
luego que en la historia republicana del Perú hay muchos ejemplos
admirables de peruanos que con sus ideas y sus acciones, o con ambas
conjugadas, han tratado de hacer desaparecer esa atroz tradición
de
sometimiento servil o pasividad resignada que es el caldo de cultivo que
ha
hecho florecer a nuestras incontables dictaduras. Pero todos ellos -un
Bustamante y Rivero, un Belaúnde Terry, para citar a dos entre los
últimos-
fracasaron en su empeño de arraigar la democracia (la civilización)
en suelo
peruano y terminaron derrotados por regímenes que restablecían
aquella
antiquísima herencia autoritaria.
La dictadura actual es el último engendro de aquel linaje. No es
menos brutal
que otras, pues tiene muchos muertos, torturados y desaparecidos en su
haber. Pero, ha refinado sus métodos y, además de la violencia
física,
emplea el "oro" de los ricos y de los que enriquece en turbios negocios,
a
manos llenas, para autopromocionarse y mantener anestesiada y sumisa
(esclava) a una gran parte de la población. Nunca en la historia
del Perú la
clase empresarial se ha consustanciado tanto con una dictadura como con
ésta, por miedo a Montesinos, sí, pero también porque
ese contubernio es el
camino más corto -en verdad, el único- hacia el éxito
económico. Y
probablemente, nunca antes, pese a la gravísima crisis económica,
a la
recesión, al desempleo, a las quiebras, a los abusos sistemáticos
contra los
derechos humanos y a la falta total de garantías, ha habido tantos
peruanos
resignados al oscurantismo político.
Los lúcidos y limpios, los que resisten, los que no se han dejado
engañar ni
comprar ni asustar por el régimen, ¿deben aceptar participar
en unas
elecciones fraguadas de principio a fin y en las que se les ha asignado
el
papel de comparsas? Yo pienso que no, que deberían recusarlas en
bloque, y
dejar a Montesinos, Fujimori y la canalla a su servicio la exclusividad
del
aquelarre.
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