El asesinato simbólico de la realidad en Mario Vargas Llosa
Jorge Oviedo Rueda
Escritor pródigo, multifacético, tiene a su haber una inmensa obra que se reparte entre la narrativa, la critica, el teatro, el periodismo y el ensayo. Igual que el mexicano Carlos Fuentes, a más de novelista, es un teórico del arte de novelar.
Siendo estudiante secundario leí una de sus primeras novelas: "La ciudad y los perros" (1963). Desde entonces, la obra de Vargas Llosa ha sido motivo de constante interés de mi parte. Encontraba en él mucho de lo que la literatura ecuatoriana carecía. Cuando a comienzos de la década de los setenta leí "Conversación en la Catedral" (1969), supe que lo que era válido para el Perú lo era también para el Ecuador.
Los oscuros entretelones del poder, la corrupción de la clase política, la frustración pequeño burguesa en el Perú eran iguales en el Ecuador. Entonces creía que Vargas Llosa era un escritor realista, intérprete testimonial de su realidad. Andando el tiempo comprendí que su realismo no era fotográfico, ni mero reflejo del medio novelado, sino de otro tipo. Un realismo personal, pasado por el tamiz de su intrepretación, capaz de refundar la realidad que le sirve de modelo.
El mismo dice: "Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Este es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales, porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida: cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad." (Véase: García Márquez: Historia de un deicidio, 1971, p. 85). Cada novela, dice, es un "asesinato simbólico de la realidad". En estilos mágicos, como los de García Márquez, esto se comprende mejor, no así en estilos realistas como los de Vargas Llosa. Su obra no está escrita para lectores inocentes. Uno corre el riesgo de confundir la realidad ficticia con la "realidad real". Vargas Llosa es el Dios creador de su mundo, un Dios subalterno, que se ve obligado a partir del mundo real, ya creado, para insuflarle vida a su mundo de ficción, con los seres humanos y sus pasiones incluidos. Como Dios, está en toda la creación, pero permanece oculto.
Narrativa vargasllosiana
Otra clave de la narrativa vargasllosiana es el espíritu de aventura y totalidad que satura lo mejor de su obra. No es extraño que sus críticos más atentos hayan visto en La casa Verde (1966), por ejemplo, también una novela de aventuras. Es, de las novelas de Vargas Llosa, la que más cerca está de la "novela total", no solo por su intrincada urdimbre formal,sino porque pretende ser una representación total de la vida.
"En Pantaleón y las visitadoras" (1973), al igual que en "La tía Julia y el escribidor" (1977), Vargas Llosa echa mano del humor para patentizar la farsa de la vida militar, en el primer caso, y del amor desigual y la ramplonería literaria, en el segundo. Fiel a sus demonios internos, el novelista peruano alimenta su narrativa con el repertorio inagotable de sus propias experiencias. De su vena narrativa saldrán después de estos dos, muchos más libros, de los que merece destacarse "La guerra del fin del mundo" (1980), "Kathi y el hipopótamo" (Teatro, 1983) y "Contra viento y marea" (crítica). He leído en este último período sus novelas "Los cuadernos de Don Rigoberto" (1997) en la que incursiona en el erotismo, sin que logre algo trascendente y "La fiesta del Chivo" (2000), en la que vuelve por los viejos cauces del realismo crítico, tan caro a lo mejor de su sensibilidad creadora. Su hiper actividad intelectual le lleva a publicar una especie de manual de la creación novelística (Cartas a un joven novelista, 1997), en el que vuelca, sin duda, toda su experiencia de escritor.
No se lo debe juzgar
Vargas Llosa estuvo a punto de ser presidente del Perú. El pueblo le negó la posibilidad de demostrar si dirigiendo los destinos de esa nación hermana iba a ser tan bueno como creando realidades literarias. Este episodio de su vida, a estas alturas, ya es historia, así como su polémica con la revolución cubana. Otro de sus demonios internos le ha llevado a cerrar los ojos ante la evidente realidad de una revolución que se sigue negando a poner su rodilla en tierra. Nada se puede hacer, pero un autor de ficciones como Mario Vargas Llosa no debe ser juzgado por su credo político, sino por su capacidad para inventar la realidad. Su credo estético, su indudable capacidad para crear la realidad con la mentira literaria, es lo que hará que las futuras generaciones lo recuerden. No el error de no haber comprendido que la más hermosa realidad futura, será el socialismo. ¿O si?
Encontrado en: http://www.lahora.com.ec/cultural/24020321/paginas/cultura11.htm