El Mundo. Martes, 7 de marzo de 2000

Mario Vargas Llosa: «No estamos vacunados contra la peste del autoritarismo»

Publica «La fiesta del chivo», una historia sobre la dictadura del general dominicano Trujillo

 
EMMA RODRIGUEZ
 
MADRID.- Más de tres años llevaba inmerso Mario Vargas Llosa en La Fiesta del Chivo (Alfaguara). Una novela que fabula sobre la cruel dictadura que sostuvo el general Trujillo en la República Dominicana, que reflexiona sobre los resortes del poder e indaga en la huella de un regimen autoritario «capaz de penetrar en las conciencias, y hasta en los sueños, de los ciudadanos», en palabras del autor.

Aunque han transcurrido 40 años desde Los jefes, Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) parecía ayer, durante la presentación de la obra, el joven escritor de entonces, por su derroche de energía y de entusiasmo, como si el proceso de creación de cada novela fuese para él su particular pacto con el diablo. Reconoció, de hecho, que el reto de recrear unos acontecimientos «tan increíbles que superan cualquier ficción» le había rejuvenecido y se lanzó a desvelar algunos de los entresijos de esta novela que es, sin duda, uno de los mayores acontecimientos literarios del año.

Vargas Llosa retoma un tema que ya había abordado en Conversación en La Catedral y sigue los pasos de otros grandes novelistas latinoamericanos (Miguel Angel Asturias, Roa Bastos, García Márquez...), constructores de inolvidables universos literarios montados sobre la figura de dictadores omnipotentes, pero asegura que ese peso de la tradición no fue un obstáculo en su camino, porque «los temas literarios están ahí y nunca se agotan, lo importante es la forma de contarlos, su tratamiento».

Contrastes artísticos

Y prosigue: «Desgraciadamente, la dictadura es un fenómeno que no es del pasado. Todavía es una realidad muy presente en América Latina y no sólo porque queden dictaduras sino porque incluso en los países que ahora son democráticos aún existen resabios de la herencia autoritaria que tantos estragos ha provocado; de ahí que ese tema siga todavía tan presente en la literatura».

Fue en 1975, durante una estancia de ocho meses en la República Dominicana, cuando Vargas Llosa se sintió tocado por ese capítulo del pasado que aún seguía vivo. «Entonces -explica- quedé tan fascinado e intrigado con las cosas que escuché, con los contrastes tan increíbles y extremos que presentaba la figura de Trujillo, que me decidí a leer y a documentarme todo lo que pude hasta que la novela fue tomando cuerpo».

El autor de La casa verde empezó a vislumbrar aspectos ocultos, a preocuparse por factores que tenían más que ver con la naturaleza humana que con el discurrir de los hechos históricos, por ejemplo, la relación entre los ciudadanos y el poder en una circunstancia dada. Buscó en la vida íntima del dictador y descubrió al hombre de carne y hueso, «un hombre del que ninguna de sus amantes ha hablado mal, capaz de mantener la conversación más interesante con sus invitados y poco después mandar que se tirase a alguien a los tiburones». («Lo terrible de los dictadores es que no son demonios, sino seres humanos», dice).

Se sorprendió al indagar en el episodio de la conjura, del grupo de conspiradores que acabaron con la vida del dictador en 1961, pero más áun con lo que pasó después. «El asesinato tuvo éxito», explica, «pero no el golpe de Estado, la toma de poder posterior, porque los conspiradores, entre los que había altos mandos del Ejército, quedaron paralizados por un terror sagrado, por haber transgredido una prohibición de índole religiosa. Y esto demuestra hasta qué punto la dictadura había manipulado sus espíritus».

La atención a este episodio concreto, así como el punto de vista de Urania Cabral, la protagonista, quien regresa a la isla muchos años después para reencontrarse con los fantasmas del pasado, aportando la visión de los dominicanos actuales, aportan originalidad a esta novela respecto a otras del autor, más atentas a abordar la realidad desde dentro.

Reminiscencias

«La República Dominicana ha evolucionado hacia una democracia imperfecta, como son todas las latinoamericanas, pero todavía quedan allí muchas reminiscencias de lo que fue el trujillismo,empezando por Joaquín Balaguer, importante figura del regimen, que sigue siendo un factor central en la vida política».

Vargas Llosa mantuvo dos largas conversaciones con Balaguer. «No creo que me dijera todas las cosas que sabía», comenta jocosamente, «pero me gustó conocerlo porque desde el punto de vista psicológico es un personaje muy interesante». Balaguer aparece en la novela pasado por el filtro de la fabulación. El autor se vale de los datos, de las charlas mantenidas con tanta gente, de las anécdotas escuchadas, para mantener la verosimilitud del relato, «para poder mentir con conocimiento de causa», y confiesa haber atenuado la realidad para hacerla creíble, dado el exceso y desmesura de los actos de un hombre que llegó a acumular un poder excesivo.

La fiesta del chivo se sitúa en un momento concreto en la República Dominicana, pero logra trascender esas circunstancias. «Las toxinas de la dictadura siguen ahí, socavando el funcionamiento de las instituciones democráticas en Latinoamérica», señala. Y va más allá: «Contra la peste del autoritarismo no estamos vacunados, ni siquiera las democracias más avanzadas».

Vargas Llosa recurre al ejemplo de la Alemania de Hitler para sostener: «Siempre hay que estar alerta para no dar pasos atrás. Las democracias son un fenómeno muy reciente mientras que el autoritarismo es la gran tradición de la Humanidad», sostiene.

 


La brecha abierta con Pinochet

Inevitable que ayer, en la presentación a los medios de comunicación de La fiesta del chivo, saliesen a relucir los nombres de otros dictadores actuales. Al regimen de Alberto Fujimori en Perú, Vargas Llosa lo tildó de dictadura encubierta; de Fidel Castro destacó ese carisma que, en su opinión, lo emparenta con Trujillo («no es que los dictadores sean carismáticos, es el poder el que les da carisma», dijo).

Y no pudo faltar Pinochet. «Hasta el último momento tuve la esperanza de que el Gobierno inglés lo entregase a las instituciones españolas para que lo juzgasen», dijo el escritor, valorando positivamente que se haya abierto una brecha que posibilite en un futuro juzgar a los dictadores, hacerles ver que no son impunes.

El reciente recibimiento del Ejército chileno, con todos los honores, a su dictador, saltándose los principios democráticos, confirma al autor en la convicción de que la dictadura permanece viva en Latinoamérica y sigue marcando sus destinos. «Y contra eso sólo podemos defendernos con tiempo y cultura democrática», sostiene.

Quizás también con cierta dosis de literatura, porque «ésta muestra aquello que la Historia no puede mostrar, esos mecanismos secretos que motivan a las personas a actuar de determinada manera, esa historia íntima que está incluso detrás de los sueños».

De ahí que, como tantos otros escritores, Vargas Llosa, quien ha conocido personalmente las armas de la política, se haya sentido tentado a indagar en los resortes del poder. «Una dictadura como la de Trujillo muestra hasta qué punto es importante limitar el poder, cómo cuando éste carece de frenos saca lo peor que hay en el ser humano, cómo cuando el poder no tiene límites, cuando no está fiscalizado, puede convertir a los hombres en una especie de monstruos de crueldad y exceso», sostiene.

«De ahí que cuando no hay contrapesos», continúa, «es inevitable que la corrupción cunda y se multiplique. Es una ley que parece no tener excepciones».

Encontrado en: http://www.el-mundo.es/2000/03/07/cultura/07N0128.html