La Jornada Semanal, 17 de octubre de 1999



Juan Villoro

DOMINGO BREVE

El Huevo Kinder

El Huevo Kinder llegó a las dulcerías para extraviar a los hombres. El invento es administrado por una multinacional pero se ampara en un nombre alemán, quizá porque la patria de los hermanos Grimm ha tenido una fascinante y perturbadora relación con los caramelos. El Huevo Sorpresa ofrece una versión en serie de la casa de golosinas que Hansel y Gretel encontraron en mitad del bosque.

El huevo tiene algo de reloj; mide lo que se incuba en su interior. Dejemos que el óvalo de chocolate madure sus asombros y saltemos con capricho a los efectos de los dulces en la nación donde el romanticismo invitó a tomar arsénico.

Alemania regula sus impulsos con golosa disciplina; de la Selva Negra a las marismas del norte, las recompensas fáciles -que se obtienen con dos marcos y un mordisco- significan un arriesgado relajamiento de los nervios. Por caer en excesos de galletería, algunos espíritus de la Ilustración germana no dejaron otra herencia que migajas.

Los párvulos del kindergarten aprenden el dominio de sí mismos en un mundo sonsacador que les ofrece exquisita azúcar glass. Su primera tarea de héroes consiste en superar la tentación de lo dulce. Lichtenberg, quien supo entregarse a los castigos del hipocondriaco y los excesos del sibarita, consideraba más fácil ser abstemio que moderado, pues la moderación presupone el placer. La educación comienza cuando se suprimen las ganas de morder otra manzana al horno.

Aunque hablar de rasgos nacionales sea reductor, arriesguemos una hipótesis: en la menta alemana, Mefisto propone peligros confitados. No es casual que en ese ambiente el chocolate Sport se anuncie como ``Práctico y cuadrado''. El pecado de gula se mitiga con méritos de ingeniería.

La envoltura del Sport puede ser partida exactamente a la mitad, y cada mitad puede ser seccionada en cómodos cuadritos. Para quienes vivimos en sociedades donde los envases tetra-pak se abren a cuchillazos, el chocolate cuadriculable parece un inútil triunfo de la razón práctica. Pero las cosas se ven de otro modo en un país cuyo mayor poeta escribió: ``Prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden.'' Lo cual significa que lo práctico y cuadrado es sabroso.

Los postres concebidos en alemán tienen un propósito edificante: retan al hombre sensual a mostrar su carácter negándose a comerlos. Este rigor se aplica a las propias golosinas. En Viena, el canciller Metternich convirtió al pastel Sacher en asunto de Estado: visitó con persecutoria regularidad el hotel donde se producía hasta que los reposteros fueron los más consistentes súbditos de su paladar.

El Huevo Kinder atesora un relleno desconocido, un juguete para armar. En Alemania ha dado lugar a una extraña costumbre. Los coleccionistas de alta escuela agitan los chocolates muy cerca de su mejor oído para detectar el regalo por su murmullo. Las vibraciones de los huevos bien temperados son tan significativas que ciertos virtuosos han logrado completar su colección sin estrellar un huevo en vano.

La esbelta superficie del Huevo Sorpresa tiene el tranquilizador atractivo de lo apenas existente. La voracidad que provoca no es gastronómica sino de posesión. Con un casto mordisco, los clientes del huevo encuentran mercancías. Aunque sería demasiado enfático decir que se mueven por usura, es obvio que no se mueven por apetito. El chocolate extra ligero involucra muy poco a las papilas gustativas: es el estuche de un regalo. Surge ahora la incómoda pregunta: ¿no convendría más ir a la juguetería? En modo alguno: encontrar algo es mejor que escogerlo; el hallazgo tiene al destino por aliado: uno merece lo que obtiene.

En las remotas páginas de los cuentos de hadas, las casitas de harina y mazapán son habitadas por ogros que hornean niños. El Kinder revierte estas tentadoras crueldades; lleva sin riesgo a los placeres de lo dulce y no produce mayor decepción que un juguete repetido.

Todo huevo, y en especial el translúcido de la serpiente, es una alegoría del futuro. ¿Qué porvenir augura a quienes acercan sus oídos a los oráculos de chocolate?

Para concluir el análisis de la elocuente golosina, conviene volver a la inagotable pregunta de Shakespeare: ``¿Qué hay en un nombre?'' La lengua alemana fue concebida con suficiente rigor para confundir a sus usuarios. Entre sus muchas precisiones, se cuentan los vocablos dispares que se ocupan de nuestra proteica voz ``infantil''. Kindisch significa ``malo como un niño'' y kindlich ``bueno como un niño?. ¿Qué futuro promete el Huevo Kinder a sus catadores? ¿Un berrinche pueril o un candoroso ensueño?

En su ``Metafísica del huevo'' (incluida en Disertación sobre las telarañas), Hugo Hiriart afirma que el huevo ``pertenece a lo real sin estar plenamente realizado''. En la limitada naturaleza, el ser en potencia que encierra el cascarón resulta mejor que su desarrollo: ``es indiscutible la superioridad de la pureza y sencillez del huevo sobre la confusión, exceso y arbitrariedad de la gallina''.

El Huevo Kinder, artificio de la mente milenarista, sólo existe con entereza una vez roto. Frágil símbolo de la era, invita a morder el tiempo para conocer a dentelladas la forma de las cosas que vendrán.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/oct99/991017/sem-villoro.html