Clarín, 13 de marzo de 2001

TRIBUNA ABIERTA
Los zapatistas, ante el espejo

Más allá de cómo siga la lucha indígena, la marcha que encabezó el subcomandante Marcos demostró que, a diferencia de otras épocas, las voces y los rostros de un México atávico y oculto han sabido reconocerse

JUAN VILLORO. Escritor y ensayista mexicano.

  Como suele ocurrir en nuestros días históricos, el domingo comenzó en absoluta confusión. Nadie sabía a qué hora los zapatistas viajarían de su refugio en Xochimilco, al sur de la ciudad de México, rumbo a la Plaza de la Constitución, conocida como El Zócalo. En dos canales de televisión escuché que el mítin sería a las 4:30 de la tarde. Entonces habló un amigo que tiene la ubicuidad de Zellig y se presenta en calidad de "colado" a cualquier acontecimiento: "Hay que estar en alerta máxima", el Hombre de la Ocasión habló en tono de comandante repentino. Diversas organizaciones civiles invitaron a que la población diera la bienvenida a sus hermanos indígenas desde las 9 de la mañana.

Guiados por el principio de incertidumbre, salimos a las calles de una ciudad donde los campanarios, los balcones y los puentes se habían vuelto puestos de mira. Los zapatistas de ánimo rampante habían subido a los árboles; sus pasamontañas negros se destacaban entre las ramas como la legendaria cabeza que escupe la semilla del origen en el Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas. El aire olía a tamales y otras variantes del maíz cocido. Un helicóptero trazaba espirales en el cielo. La caravana zapatista estaba cerca.

Después de dos semanas extenuantes, los insurgentes entraban a la capital, siguiendo la ruta de Emiliano Zapata. El 3 de marzo, en su discurso en el Congreso Nacional Indígena, el subcomandante Marcos dijo que los suyos estaban acostumbrados a afilar la palabra y el machete. La "Marcha por la dignidad indígena" los había obligado a dejar las armas en las húmedas cañadas del sudeste para valerse en exclusiva de la palabra y de la imagen. Curiosamente, el desarme aumentó la beligerancia verbal del líder zapatista. Por cada bastón de mando recibido en la comunidades indígenas, lanzó una encendida arenga contra el presidente Vicente Fox, "el que mucho habla y poco escucha". Bajo una inaudita tormenta en el desierto de Ixmiquilpan, junto a la estatua del general Lázaro Cárdenas en Pátzcuaro, en la abarrotada plaza de la muy católica Puebla de los Angeles, Marcos acusó a Fox de continuar la política económica de los gobiernos priístas y simular la paz.



En campaña

El presidente de México tiene la rara tendencia de gobernar como si aún estuviera en campaña. Hace chistes en su programa de radio, se dirige a los pueblos indios sosteniendo un bastón de mando oaxaqueño, departe con cantantes y encuentra salidas populacheras para evaluar la estrategia militar en Chiapas: "el ejército está de pelos" (muy bien). Ninguna foto de Fox es inusual: luce contento a bordo de un monociclo o de un cebo. Ningún sombrero perjudica su carisma. Las contradicciones no lo tocan porque su credibilidad no depende de lo que dice, y mucho menos de lo que hace: es un impulso sostenido, un gesto de cambio para todos lados al mismo tiempo. Sus botas de piel de avestruz simbolizan su bravura, rústica y globalizada. Como Fantomas, el ex gerente de la Coca-Cola se disfraza a conveniencia. Después de décadas de burócratas vestidos con trajes color vientre de pescado, México está absorto ante un mandatario capaz de corretear niños en el kindergarten y ponerse salvavidas con brío de canotaje para conducir a la nación por rápidos imprevisibles.

En su gira rumbo al Distrito Federal, el subcomandante Marcos, consciente de ser el mexicano más famoso del mundo, abrió un ring mediático para medirse con Fox. Con lujo de adjetivos y metáforas, insistió en que la silla presidencial no está ocupada por un estadista sino por un locutor ávido de rating. Fox, el Hombre de los Mil Rostros enfrenta al Vengador Anónimo, sin otra identidad que la sombra, el eco, la máscara, el ser que es todos y ninguno. En esta lucha de titanes televisivos, Fox ha extendido una mano cordial para cumplir las demandas zapatistas (mientras ejecuta una política económica altamente impopular y grava las medicinas con 15% de impuestos, incluye empresarios en el consejo de administración de Petróleos Mexicanos, privatiza parcialmente la electricidad). Para el EZLN, una paz rápida e indiscrimida significa una capitulación; de ahí el endurecimiento de su discurso. Sin embargo, hay signos preocupantes. El EZLN nombró como su enlace ante el poder Legislativo al arquitecto Fernando Yáñez, conocido como el comandante Germán, antiguo superior de Marcos en las Fuerzas de Liberación Nacional, presunto proveedor de armas de los zapatistas y posible responsable de ajusticiamientos internos en la guerrilla. La elección de un combatiente de viejo cuño, representante del foquismo guevarista y de quienes piensan que los únicos errores de Lenin fueron de prudencia, llevó a pensar que la paz quedaría enterrada en las cañadas de Chiapas.

Desde hace siete años, la principal fuerza del EZLN dimana de su rechazo de toda forma del poder: "para nosotros nada". En este discurso incluyente ("un mundo en el que quepan muchos mundos"), los zapatistas se presentan como una fuerza moral, que tuvo que levantarse en armas para ser oída, pero que repudia la violencia como método. Su objetivo es volverse inútiles, disiparse en la bruma en cuanto sean innecesarios: "ayúdenos a perder", ha dicho Marcos. En 1996, los zapatistas firmaron los Acuerdos de San Andrés con los representantes del presidente Ernesto Zedillo. Sin embargo, el Gobierno actuó como si hubiera suscrito un convenio en copto y aquí no hubiera traductores. Cinco años después, los zapatistas piden el cumplimiento de los Acuerdos y su transformación en ley para dejar las armas. Si así ocurre, regresarán a la oscuridad de la leyenda. Es lo que han prometido.

El nombramiento del comandante Germán como "negociador" y los ríspidos alegatos de Marcos contra el gobierno y la figura de Fox son una táctica para llegar con fuerza a la negociación en el Congreso o una señal de que la paz está muy lejos. Da la impresión de que se trata de una estrategia, pero toda estrategia, a fuerza de repetirse, se convierte en política. Estamos ante la posiblididad de sellar un nuevo pacto nacional, que integre cabalmente a diez millones de indígenas (10% de la población); tal vez, al nombrar a Germán, Marcos pretenda incluir en ese nuevo contrato social a los grupos armados para permitirles transitar de la clandestinidad a la vida pública.

Con estas dudas y esperanzas llegamos a El Zócalo. Ya sabemos que la democracia es un abuso de la estadística. Los simpatizantes del EZLN contaron 250 mil feligreses; la prensa conservadora 100 mil.

Un hecho singular de la concentración fue que no hubo contingentes. Cada quien llegó por su cuenta. Había punks de estilo mohicano, sílfides de narices multiperforadas, obreros con camisetas azulgrana del club Atlante, amas de casa subidas a un banquito, campesinos de camisa blanquísima, desinformados que preguntaban a qué hora tocaba Maná, damas con un mozo que les sostenía una sombrilla, turistas bronceados por quince días de zapatour y, sobre todo, miles de mujeres de 1.50 de estatura que usaban periscopios de cartón para mirar ese domingo que se incribiría en la leyenda.



El color de la tierra

Las voces de los pueblos indios, rebautizados por Marcos como "el color de la tierra", se escucharon por primera vez en la Plaza de la Constitución, entre gritos de "Zapata vive, la lucha sigue". A las tres de la tarde, sonaron las campanas de la Catedral. Poco después, dijo Marcos: "Un espejo somos, aquí estamos para vernos y mostrarnos, para que tu nos mires, para que te mires, para que el otro se mire en la mirada de nosotros". La caravana y la retórica guerrera encontraban un nuevo cauce. Marcos volvió al tono poético que lo ha convertido en el más eficaz proselitista de nuestra arena política. "¡Qué pacíficos son ustedes!", me dijo una periodista colombiana al término del acto. En verdad, costaba trabajo creer que ese acto multitudinario, sin otra seguridad que la prestada por unos cuantos voluntarios, estuviera enmarcado en una contienda que comenzó con una declaración de guerra.

El viento se detuvo en la plaza mayor hasta que recordó su ocupación, agitando la inmensa bandera en la plancha de El Zócalo. Nuestros rostros se cubrieron de sombras rápidas. Marcos recibió una llave de cartón de tamaño perfecto para un cíclope. "Con esto abriremos la séptima puerta", dijo, perfeccionando la leyenda zapatista.

Fernando Benítez, autor de Los indios en México, solía contar que de niño vio a los zapatistas llegar a una hacienda de su familia. Corrían tiempos de revolución; aquellos hombres ataviados con carabinas y bigotes emblemáticos entraron al salón y descubrieron un objeto insólito: un espejo de pared los reflejaba de cuerpo entero. Nunca antes se habían visto así. Dispuestos a luchar sin miramientos, palidecieron ante su reflejo. Un débil artificio confrontaba a los zapatistas consigo mismos. En cierta forma, aquel ejército fue derrotado al descubrir su propia identidad, la fuerza y la vehemencia que no encontraría acomodo en el país.

Ignoramos el desenlace de la gesta indígena del México contemporáneo. Pero es innegable, las voces y los rostros de un país atávico han sabido reconocerse. Los nuevos zapatistas son los dueños del espejo.